Durante la undécima versión del Festival Internacional de poesía en  Pereira, el poeta colombiano José Luis Diaz-Granados compartió sus apreciaciones sobre el oficio de escribir y su formación. Un hombre que afirma: “Yo no quise ser profesional porque no tenía una razón”.

 

Por: Elbert Coes

Mucho antes de que Gabriel García Márquez fuera famoso, por allá en 1950, ya en el marco de su misma parentela tenía un admirador declarado, un chico de apenas doce años de edad. Empezaba a gestarse el mundo literario en el país. No es que hubiera consciencia de que hacia el futuro la literatura iba a tener un papel fundamental en la cultura y construcción del pueblo colombiano. En cierto modo nuestro panorama literario traza una línea en el Nobel, dividiéndose en pasional y profesional, el antes y el después. Esto agrega valor a escritores de la época, cuya pasión no estaba determinada por el prestigio que ello pudiera otorgar, sino como la única manera de vivir, lo cual a su vez resulta meritorio en una nación de tantos trasegares como la nuestra.

 

De la palabra al poema

A lo largo de 50 años de vida exclusivamente literaria, José Luis Díaz_Granados ha tratado de desentramar el porqué de haber elegido el oficio de escribir —si acaso no fue lo contrario—. Oficio que él mismo reconoce le ha dado tantas satisfacciones como tormentos. Y concluye que desde que tiene uso de razón ha sido un adicto a las letras, a todo cuanto se puede hacer de una palabra: trabalenguas, palíndromos, anagramas, retahílas, charadas. Era muy niño cuando la madre le comenzó a leer poemas de Federico García Lorca y de Rubén Darío, entonces lo que antes fue solo una curiosidad se trasformó en afinidad por la belleza que podía surgir de la escritura. Mientras recita un verso de José Santos, Díaz Granados reafirma que su devoción por la literatura parte del amor a la palabra.

Luego entran otras razones no menos relevantes y tan fundamentales como la más para que el poeta se mantenga en el mismo camino: “Por el mundo que había en la casa. A mi mamá le gustaba leernos poesía, mi papá era periodista y abogado. Entonces, claro, todo eso influyó. Mi hermano mayor y yo hacíamos periódicos en papel carbón. Hacíamos versos. Leíamos comics de Supermán, del pato Donald, de Tarzán, de El Fantasma. Todavía guardo algunos de esos dibujos. Esas fueron mis primeras lecturas. Además, en la familia había veinte tomos de El tesoro de la juventud, y hoy cuando leo cantidades de declaraciones de otros escritores más o menos de mi edad, todos leyeron El tesoro de la juventud. Fue una influencia simultánea. Lo mismo que las revistas literarias para niños Billiken y Peneca, de Chile y Argentina.

 

Prisma

Se dice —si acaso no estoy parafraseándome a mí mismo— que un hombre no necesita ir a la academia ni tomar decisiones si tiene claro lo que quiere hacer con su vida. En el acto de escribir, esta premisa puede fácilmente ser un argumento falaz. No obstante, en el caso de Díaz Granados se cumple al pie de la letra. Es auto didacta, nunca fue a la universidad, es más, ni siquiera hizo el bachillerato. ¿Por qué? No lo necesitaba y, pese al choque que tuvo con la realidad tiempo después de racionalizarlo, así se lo consentía el mismo: “Yo no quise ser profesional porque no tenía una razón”. Sin embargo, el escritor reconoce que tardó en aceptar que vivimos en una sociedad mercantilista asquerosa, que para subsistir, en ocasiones, se termina siendo subalterno de personas muchas veces ineptas que ostentan un título universitario.

Explica que las facultades de literatura se fundaron en los años ochenta, y no porque los rectores universitarios fueran humanistas, sino porque con García Márquez, con Vargas Llosa, con Pablo Neruda, la academia descubrió que los escritores no se morían de hambre y, sobre todo, que la literatura daba plata. Así se comenzaron a fundar las facultades de literatura. Todo está siempre alrededor de la sociedad mercantilista, repite Díaz Granados para exponer que por no tener un absurdo título se le cerraron muchas puertas. Sin embargo, añade con hidalguía: “Yo no podía hacer más que seguir adelante, porque no iba a cambiar de profesión; nunca lo intenté, nunca lo quise. No veo mi vida por ningún otro prisma que no sea la literatura”.

 

Parentela que motiva

Como entre finales de los cuarenta y principios de los cincuenta no había un mundo literario, tan siquiera en Bogotá, las referencias a seguir de un joven escritor eran limitadas. La más cercana para José Luis Díaz Granados era la de Gabriel García Márquez. No había escritores ni juventud preocupada por el lenguaje, al menos no con la apertura de hoy. El universo de la literatura parecía lejano y aislado. Razón por la que, con un deje característico de sencillez, Díaz Granados admite que su iniciación a la literatura la hizo imitando a Gabo. Cuando iba a visitar a una tía leía recortes de periódicos donde su primo había escrito. Así encontró a un García Márquez contando la experiencia de su primer cuento, La Tercera resignación, el cual había llevado al suplemento cultural de El Espectador en setiembre de 1947, y que posteriormente sería publicado por el entonces director Eduardo Zalamea Borda.

“Yo quería imitarlo en ese sentido. Gabo estaba preparando una novela que se iba a titular La casa, que después destruyó. Yo era un niño, y escribí un cuento llamado La casa, inspirado en mi abuelo, que era coronel, igual que el de él”. El abuelo de José Luis era hijo del coronel abuelo de Gabriel García Márquez, al que nombra en Vivir para contarla. “Hice el cuento y me fui para El Espectador, imitando a Gabo. En ese tiempo Bogotá era muy segura y yo recorría solo el centro a los trece años. No pasaba nada, no había escoltas en los periódicos. En el segundo piso vi a Eduardo Zalamea Borda, un señor de bigote y ceño fruncido, y le dije: Buenos días, vengo a traerle un cuento. Entonces él me dijo muy amablemente: No, yo ya no soy el director del suplemento. Es el señor que está en frente”. Se trataba de Gonzalo González, Gog. —Sentado en el escritorio estaba Jorge Gaitán Durán—. “Le entregué el cuento a Gog. Gog me miró muy serio, tachó y dijo: Uy, esto está mal redactado. De todas maneras tú eres un niño. Vamos a dejarlo así. Y el domingo salió publicado. Eso fue una alegría tremenda para mí”.

Hasta ese momento José Luis Díaz Granados conocía a García Márquez solo por referencias. Toda vez publicado el cuento La Casa, tuvo la fortuna de conocerlo en persona. Gabo vivía en la calle 59 con Cuarta de Bogotá, allí se hicieron amigos. “Él nunca me trató como un niño, sino como un tipo igual a él, incluso después de recibir el premio Nobel. Era un hombre de mucho respeto”.

Entre el pequeño José Luis y Gabo había una diferencia de más o menos veinte años cuando se conocieron. García Márquez era un hombre que a sus treinta reflejaba una singular ambición literaria, lo que producía en José Luis la admiración cercana a la que se tiene por un ídolo. Y como resultado de ello, Díaz Granados se convertiría más pronto que tarde en el primer hombre en escribir un cuento que no solo dialogaba con la obra del futuro premio Nobel sino también dedicado a este.

“Nunca tuve la intención de aprovecharme de esa familiaridad. Lo mío era muy sincero, ser literato. Además, yo me crié en Bogotá siendo nacido en Santa Marta, mi mundo era muy diferente. A pesar de que nuestros abuelos eran comunes, lo mantuve mucho en un discreto silencio, no me gustaba hablar de eso. Vine a revelarlo ya hace unos veinte años porque el mismo Gabo me decía: Es que a ti te da vergüenza decir que somos parientes”.

 

Poesía y narrativa

 “Tengo consciencia de que el poema debe tener muchas virtudes, y una de ellas es la condensación. Eso es lo más difícil para mí. Qué lindo poder escribir un poema como los de Ungaretti, Me ilumino de infinito. Lograr uno el milagro en la palabra, que el lector sienta un poco de asombro, de estremecimiento, tocarle algo en el corazón, en el alma, que lo conmueva. Como decía esta mañana un poeta: Así no entienda el poema en su primer momento, ya eso es prolongación del poema, parte del poema. Eso es muy lindo”.

En la obra poética de Díaz Granados hay construcciones leves, cósmicas y concisas. Reconozco que esa es la característica que tanto aprecio de T. S. Eliot, que esa similitud es una de las varias razones que me cautivaron para solicitarle que tuviera esta conversación conmigo.  

“En narrativa lo que hago es tratar de recrear lo mejor posible la consciencia humana. Mi narrativa es sin punto y aparte, porque la vida cotidiana es sin punto y aparte. Uno sale de su casa y no sabe lo que va a pasar. Yo puedo escribir que salgo de mi casa y pongo un pie en el sardinel, y resulta que en ese momento siento un olor a café, y de pronto me encuentro en la esquina a un compañero de mi infancia que hace treinta años no veo. Saludo a Carlos, ese nombre me lleva a relacionarlo con Carlos mi tío. Todo es un desorden y así es la vida. Consiste en embellecer lo que no tiene belleza. No hablo de Sofía Vergara. Claro que esa es una mujer hermosa. Me refiero a que belleza no es la portada de Vanidades, de Jet-Set. La belleza puede estar en lo esperpéntico, eso me lo enseñó Baudelaire. Como el poema en el que ve las piernas del cadáver de una horrible judía, y dice: Porque yo hubiera con fervor besado tu noble cuerpo, Y desde tus pies frescos hasta tus negras trenzas. Trato de escudriñar cosas nuevas. Es decir, soy un inconforme con lo tradicional. Si me pongo a escribir lo tradicional no tiene mucha gracia. Se puede expresar lo mismo con nuevas dimensiones”.

“Hay una cosa que yo mismo no caí en cuenta sino que racionalicé tiempo después, y es que la poesía la hago a mano, porque la poesía es una orfebrería, palabra por palabra. La palabra hay que cuidarla mucho. Mientras que la narración la hago a máquina. Ahora en computador. Me fascina corregir. Imprimo y reviso con mucha calma. No tengo esa disciplina que tienen algunos novelistas que escriben de ocho a once de la mañana. Yo aspiro a ser un poeta, vivo como un bohemio. Aunque a veces suelo escribir mucho a media noche”.

A diferencia de Gabo, que por ejemplo escribía de seis a once, de Hemingway, que trabajaba de ocho a una de la tarde, del mismo Vargas Llosa, quien hacía uso de una disciplina espartana, en este sentido Díaz Granados dice ser más como Julio Cortázar, quien escribió Rayuela cuando le daba la gana, como los poetas, sin disciplina.

 

Las puertas del infierno

Escribir Las puertas del infierno fue un reto que José Luis Díaz Granados asumió tras leer Molloy, de Samuel Becket, la cual considera una obra maestra. Otro incentivo para él fue la irreverencia del irlandés en sus escritos. Cómo era posible que tras ganarse el premio Nobel de la literatura Becket lanzara expresiones como Puta del coño de la mierda cagada o sin saber quién se me estaba cagando encima. Posteriormente, como Irlanda es una nación en exceso católica, Becket hace una reflexión teológica donde afirma que Eva no salió de la costilla de Adán sino de un tumor donde la espalda pierde su nombre; es decir, en el culo.

“Y el tipo se gana el Nobel, entonces me digo que tengo libertad para decir lo que me dé la gana, en un flujo desordenado de la consciencia que no tiene limitaciones. Cuando estás pensando no tienes una brújula moral que te esté coartando”.

En Las puertas del infierno el lector atento puede notar las influencias de James Joyce, William Faulkner, e incluso de Jorge Luis Borges. Es una novela que si se examina con detenimiento, se halla a la altura de Cien años de soledad. Después de hacerle esta apreciación, Díaz Granados me agradece, y para reafirmar que estoy bastante cerca, cuenta que hace poco recibió un concepto similar de un estudiante en la Universidad de Antioquia, quien está haciendo una edición crítica de su novela. De hecho, el mismo García Márquez tuvo frases muy elogiosas sobre Las puertas del infierno. Palabras que José Luis prefiere guardarse para sí, a modo de complicidad.

De todos modos el poeta revela que su mayor influencia para escribir Las puertas del infierno fue Mario Vargas Llosa, por ser urbano. Es decir, Lima como Bogotá en su primera novela. “Gabo, sin embargo, me enseñó a tener una gran disciplina y un amor al oficio”.

 

Los exiliados

Calarcá, Quindío, había dado a luz al único poeta vanguardista que tuvo Colombia en los años veinte. Los jóvenes de la época lo admiraban, y para cuando Díaz Granados tenía iniciada su carrera literaria, Luis Vidales ya era un mito. “Tenía un libro muy audaz llamado Suenan timbres. Él desafió a la poesía tradicional de rima y métrica, su literatura era irreverente”. José Luis Díaz Granados le tenía mucho aprecio. Vidales publicó Suenan timbres en 1926, y para el 66 no había vuelto a publicar absolutamente nada más. “Era fundador del partido Comunista, había ido a París, había sido amigo de Picasso y de Chaplin. Para mí se convirtió en una leyenda. Alguien me dijo de él: Si es un hombrecito olvidado, trabaja aquí en la estadística nacional, muy modesto, está retirado de todo. Para mí era como Tristan Tzara, una figura mítica. Me hice amigo de él porque mi padre había trabajado en la estadística. Una vez en una reunión me le presenté y él fue muy cordial y nos hicimos muy amigos. Yo lo visitaba, su familia estaba en el exilio de Chile, consecuencia de las dictaduras civiles de Colombia, que fueron peores que la dictadura militar de Rojas”. Aquí José Luis Díaz Granados hace un paréntesis para contextualizar el momento histórico. Me cuenta que cuando el partido Liberal iba a acusarlo por el crimen de Jorge Eliécer Gaitán, el señor Ospina Pérez cerró el congreso esa misma tarde. A este nadie le ha dicho dictador aquí. Díaz Granados está convencido —ya somos dos— de que si un presidente en otro país cierra el congreso o la asamblea en un caso similar, de inmediato se convierte en un dictador. Pero en este país no funciona así. Ahí, por fraude eligen a Laureano Gómez, un dictador absoluto, como Rojas Pinilla. “Pero bueno, ese es otro asunto”, dice y continúa relatando: “Vidales estaba exiliado, Jorge Zalamea estaba exiliado, Gerardo Molina estaba exiliado. Miles de colombianos exiliados. Había guerrillas liberales. Al pueblo lo abandonaron. Lo que ya sabemos de la historia. De las tierras robadas que nunca se devolvieron, y mientras no se devuelven las tierras, vendrán más guerrillas. Todo el que habla así lo amenaza la democracia colombiana. Yo recibí amenazas a finales de los noventa. Me fui para Cuba porque fue el país que me advirtió. Cuba tiene el servicio de seguridad más poderoso del mundo, y la prueba de que es más poderoso que la CIA es que jamás permitió que esta asesinara a Fidel Castro. En 2007 la CIA desclasificó 650 planes para asesinar a Fidel Castro, sin lograr hacerle un arañazo. Desde Cuba me advirtieron que estaba amenazado de muerte acá en Colombia, entonces me fui para allá. Ellos me protegieron a mí y a mi familia. Viví cinco años y medio allá, que aproveché para escribir mucho. Fue un tiempo muy productivo, sobre todo porque en Cuba la cultura es primero. Aquí en cambio a la cultura se la llama ocio y entretenimiento”.

 

Recomendaciones

Ya es un lugar común decir que el mejor consejo que te puedo dar es que no sigas consejo. Ahora, yo sí daría consejos personales. A lo largo de cincuenta años de vida literaria, ya uno no tiene nada que perder. Para el escritor narrativo, es que lea, lea y lea mucho, escriba, escriba y escriba. No se preocupe por publicar, vaya tachando, manche tela como decía Picasso, y observe el comportamiento humano. No hay buenos ni malos. Uno puede decir: Hitler era un hombre perverso, pero entonces en una novela donde se construya a un monstruo como Hitler, uno tiene que ver que a veces él se fijaba en las uñas de la secretaria y le decía con cierta ternura: Oye, córtame las uñas, y ella le tomaba del pelo: Hay dos probabilidades, de que llueva o que no llueva, y Hitler soltaba la risa.

Otro consejo que doy, que es muy difícil de practicar en Colombia, es el consejo que más duele: Nunca le muestres lo que tú escribes a otro escritor. Durante cuarenta años me ha tocado ver: Reunámonos esta tarde que vamos a leer el capítulo de la novela de tal. De ahí, mira, no ha salido la primera obra maestra literaria. Yo puedo ser la persona más sincera contigo y te digo que le quites tal o cual personaje que habla mucho, algo que no me gusta. Y resulta que esa es la gracia de la novela.

En el caso de la tertulia traten de buscar cosas en común. A uno le gustará más el monólogo, a otro más la tercera persona… ser parco como Hemingway, otro más poético como Faulkner. Hay que leerlos a todos. Y claro, uno debe sacar sus demonios y que el lector se sienta bien con eso. Escribir bien no es solo desahogarse y tener una buena gramática. La gramática y la literatura tienen muy poco que ver. Huasipungo es una novela pésimamente escrita y es una obra maestra. Escriban lo que quieren con sinceridad y tengan consciencia de que la literatura no es desahogo. La literatura es hacer obra de arte.