“En cuanto convoco al chico que en otro tiempo fui, a los trece años, lo interrogo severamente y siento la tentación de juzgarlo, de condenarlo quizá como a un extraño cuyos apuros me dejan frío, veo a un granujilla de pantalones cortos y calcetines largos que hace muecas sin cesar. Me evita, no quiere ser enjuiciado, condenado. Se refugia en el regazo de su madre. Dice: “Pero si era sólo un niño, un niño solo…”

Por: Kevin Marín
Günter Wilhelm Grass (1927), el escritor azotado y laureado con el Premio Nobel de Literatura y el Príncipe de Asturias, no ha dejado de dar desde sus comienzos como escritor, material nuevo y fresco para los más severos críticos del campo de las letras y las artes.
Después de iniciarse como escritor, exactamente como poeta, con la invitación que le hicieron a través de las postales del Grupo 47 algunos de los más sobresalientes escritores alemanes de la época, inicio su período en el mundo de las rimas. El hecho, según yo lo veo, es que Grass se hizo escritor porque lo invitaron, ya que no tenía la confianza necesaria para mostrar los poemas que escribió durante su adolescencia y sólo después se decidió por mostrar sus mejores trabajos, es decir, los poemas que titulaba bajo el nombre de Aire berlinés. Sin embargo, Grass dejó los versos para dedicarse a la prosa, donde finalmente nacería, después de pasar unos años fuertes en París, El tambor de hojalata.
Todo lo dicho antes y mucho más se encuentran de manera conmovedora y sencilla en uno de sus tres libros autobiográficos, títulado como Pelando la cebolla. Libro en el que se revelan sus costumbres, hallazgos, estudios y conmociones familiares: su padre y la cocina, su madre y el negocio de conservas, su hermana y sus típicos intentos fratricidas, su sólida formación como escultor y dibujante después de haber pasado como picapedrero y minero hasta llegar a una academia de arte seria y sus románticas andanzas con diversas mujeres… Otra anécdota importante para recordar es que durante el tiempo que Grass estuvo detenido como prisionero de guerra por los vencedores, entabló amistad con un tal Joseph, que finalmente termina siendo, nada más y nada menos que Benedicto XVI.
Sin embargo, el asunto más importante de esta autobiografía es el oscuro pasado que cuelga de la conciencia de Grass: su indiscutible pertenencia a las Waffen SS (escuadras de protección), cuando aún era un caprichoso adolescente, cebado por el brillo de las balas, las inscripciones azabaches de fabricación alemana de los fusiles, el lento desplazamiento de los tanques y los aviones de guerra dando volteretas de héroe en el aire. Sin duda alguna, es el tema más preocupante que enmarca a todo el libro y deja, a pesar de la inconmesurable belleza de otros pasajes, al margen el resto de la obra.
Por esta razón, por escribir una autobiografía tan valiente, por pelar la cebolla – “El recuerdo se asemeja a una cebolla que quisiera ser pelada para dejar al descubierto lo que, letra por letra, puede leerse en ella”-, no debieron hacerle esas críticas tan terriblemente amenazadoras e inoportunas, como chantajearlo con quitarle el Nobel. Contar con el profundo dolor en el alma sus anécdotas como adolescente y retractarse de ellas y no poder, sin embargo, olvidar ese terrible error de muchacho:
“En cuanto convoco al chico que en otro tiempo fui, a los trece años, lo interrogo severamente y siento la tentación de juzgarlo, de condenarlo quizá como a un extraño cuyos apuros me dejan frío, veo a un granujilla de pantalones cortos y calcetines largos que hace muecas sin cesar. Me evita, no quiere ser enjuiciado, condenado. Se refugia en el regazo de su madre. Dice: “Pero si era sólo un niño, un niño solo…”
Ese simple acto de mantenerse en la verdad y de que nosotros seamos testigos de ese horrible error, es motivo suficiente para concederle perdón a un genio de la literatura contemporánea. No es un secreto para nadie saber que no es lo mismo lo que piensa un muchacho de dieciséis años, y lo que piensa el mismo muchacho, pero treinta años después. Además, toda esa propaganda patriótica que impulsaba a la juventud a tomar las armas y defender al Reich jugó un papel determinante. Lo peor de todo es que Grass no fue reclutado, fue voluntario y durante el período de guerra se sintió jubiloso y conmovido. Después, cuando le mostraron fotografías del holocausto judío, no pudo más que sentir repudio de sí mismo, como si fuera un espectador más de la guerra y no un verdadero partícipe (no como otro que ni mostrándole mil fotografías aceptaría esa terrible masacre). Bueno, era un vano y simplón muchacho, una cebolla podrida que tuvo que cambiar…


