El paisaje, en apariencia, es alentador y luminiscente, sin que se note el egoísmo con el que se direcciona la oferta cultural, el juego de espejos y nada. Respuesta a una carta.

 

Por / Alan González Salazar

La pregunta por la tradición literaria de la ciudad surge, creo, en un momento de especial vigor estético y de recepción de las obras que se publican ¿Qué es digno del recuerdo? ¿Qué se valora? ¿Cómo se formaron los autores que hoy dominan el panorama? ¿Se leen sus obras?, es decir, las editoriales, las revistas literarias, la apreciación del patrimonio bibliográfico y documental, los concursos… crean las condiciones o cómo se valoran los autores ¿Con cuántas librerías cuenta la ciudad, cuántas políticas públicas en lectura y escritura? ¿Qué técnicas y tecnologías se emplean y cuántos especialistas se disponen? ¿Qué objetivos se trazan los festivales literarios?

El paisaje, en apariencia, es alentador y luminiscente, sin que se note el egoísmo con el que se direcciona la oferta cultural, el juego de espejos y nada. Por ejemplo, la UTP cuenta con pregrado, maestría y doctorado en literatura y en ella solo destaca la mediocridad; los estudiantes de pregrado se plagian de forma impune –en la biblioteca Jorge Roa reposan cientas y cientas de secuencias didácticas en lengua castellana y literatura que son una vil copia unas de otras, con todos los errores ortográficos que se puedan esperar, todas comparten la misma bibliografía–, en fin, la hipocresía, y los profesores publican libros con retazos de otros libros sin decir nada –sobre todo a las autoridades, aquí nadie respeta los derechos de autor– y obligan a sus estudiantes a pagarlos a cuotas en las oficinas donde se dedican a hacer negocios, oficina de profesores y comerciantes del libro, hasta luchan vulgarmente entre sí por un salario de hambre sin lograr un consenso y una dignidad gremial que los destaque en el panorama nacional.

Urge entonces una industria editorial especializada en la región y la participación activa en las políticas públicas en literatura signadas por la corrupción –¿alguien habla sobre el Plan Municipal de Lectura?–; a su vez se debe buscar modernizar la biblioteca pública, aquí todos esperamos altura ética en los concursos, mayor presupuesto, mejores ediciones… ofende cómo se imprimen estos libros.

También a la Secretaría de Educación cabe hacerle el llamado a participar, de forma transparente –sin arreglos previos con las editoriales– en la formación y valoración del patrimonio literario y documental de la ciudad, ya que en Pereira no se lee… y sin embargo ¡Qué grato saber que ahora, como nunca, importa revisar de forma crítica la narrativa de los autores de la región!

Solo que a su vez habría que tener en cuenta la forma –igual al fondo– en que la crítica escoge metáforas y alegorías para ilustrar con suficiencia lo que se cree son sus propósitos, porque este primer texto escrito por Lord Violeta –¿es un apodo?– refleja en su pobreza –¿inocente?– los recursos estilísticos del lenguaje que se aprende en estas instituciones; aquí no hay formación retórica, los estudiantes y profesores no logran distinguir las figuras y los recursos discursivos de la comunicación en todos sus niveles.

¡Cómo se sirve este autor del fútbol para hablar de la crítica literaria, haga usted el favor, sin sonrojarse! Como si no hubiese suficientes ejemplos en el mundo de los escritores y sus relaciones cómicas y tormentosas, ante todo con ciertos lectores.

¡Qué textos los que se escriben hoy!, donde no es posible distinguir la inocencia de la mediocridad. ¡Cómo se confunde el falso entusiasmo de una masa que quiere apropiarse de una discusión poco grata, dado los índices de lectura, qué siglo de manos!