EL VIAJERO DE LOS PIES DE ORO

 

“Ahora somos nada

Pero juntos escuchábamos al viento

rasgarse

como una fiesta cercana al paraíso”

Gerardo Rivera.

 

Escribe / Hugo Oquendo-Torres[1] – Ilustra / Stella Maris

 

El poeta Gerardo Rivera en su libro: El viajero de los pies de oro (Nuevo Hombre, 2003), presenta una forma de narrar el mundo en el que la memoria se torna en las ruinas de un pasado. En su lenguaje simbólico, sin dejar a un lado la musicalidad, apela a la construcción poética de imágenes, algunas de carácter contemplativo que recrean a un dios de sueños vencidos, acompañado por sus gatos; otras poseen un tinte urbano, donde es plasmado el drama del desahuciado que camina las noches y entona una canción de Jethro Tull. Es quizá por esto que, en la estética de Gerardo Rivera, todo aquello invocado en el presente ante el roce de las palabras se desmorona. Acaso, en dos de sus versos lo señala: “Mira/ allí sobre la banca/ ya te estás esperando/ Ese otro que/ fuiste tú/ hace tantos años/”. Mas, aunque en una primera lectura la búsqueda poética de Gerardo Rivera pareciera estar signada por la angustia; en una nueva mirada no puede negarse en ella la presencia del goce vital. Pues, tal vez al poeta, sosegado en la sombra de un samán o recorriendo las nocturnas calles, bajo el alba con olor a pan, las musas le han develado algo y por ello llega a una sencilla verdad, mínima, simple como un aro: “Mientras ahora/ nada es mejor/ a que caigan las hojas/”.

Breve selección de poemas

 

Arriba

Arriba

sacuden y limpian

la casa del cielo

 

Se abren

puertas y ventanas

 

Ángeles apresurados

barren las hojas

 

A baldados caen las estrellas

 

Se sacan las sillas,

las mesas, los cajones,

 

Se brillan las ollas, los sartenes,

 

A escobazos expulsan la lluvia

 

Huye el arco iris, escaleras abajo,

ruedan los relámpagos

 

Y ahora que todo ha pasado

que todo está limpio

Y ha llovido

 

En el fresco cielo

de la tarde

 

Lentamente

pasan las nubes

 

Como tranquilos gatos dormidos.

 

Para uno que se fue

Ya estás allá

me dicen

 

Como

si hubieras

abierto

todas esas puertas

de la nada

 

Con esas llaves

del ayer

 

Y el tiempo

se hubiera quebrado

en mil astillas

 

Pero

vuelve, regresa

déjate traer otra vez

por tus zapatos

a tus hermosas costumbres

 

Tráenos

un souvenir

un recuerdo

Algún regalo

aunque sea un pedazo

de eternidad

 

Alguna

tajada de música

Alguna fina

galleta de mármol.

 

Parque

Ahora

nada es mejor

 

A que caigan

las hojas

 

Sobre

este hermoso sendero

del parque

 

Donde ya antes

habías estado

 

Mira

allí sobre la banca

ya te estás esperando

 

Ese otro que

fuiste tu

hace tantos años

 

Pacientemente,

ardiendo en las llamas

te está esperando

 

Mientras ahora

nada es mejor

a que caigan las hojas.

 

Una canción de Jethro Tull

a Charlie Pineda

Éramos muchos,

tal vez miles, tal vez innumerables.

Caminábamos toda la noche

y nuestros cuerpos ardían,

 

vigilados por blancos halcones,

por gritos y lechuzas.

 

Veíamos arder las estrellas,

veíamos el derrumbarse de ramas eternas,

derramando sus lámparas ebrias.

 

Y caminábamos ciegos,

perdidos, sobre caballos de bronce,

 

como reyes rojos, como reyes ciegos,

caídos sobre el polvo, entre los relámpagos.

 

Extraños pájaros enjoyados

brotaban de nuestros pechos

y teníamos sed sobre caballos de hierro.

 

Veíamos ríos de música,

rojos los ojos de los lobos

y las espaldas perdidas

como resplandecientes enigmas

 

Y caminábamos toda la noche

y nuestros ojos eran blancos

como blancas las blancas lechuzas

 

Ardían los reinos y los signos,

los escudos, los caballos,

las constelaciones, los caminos

y las aguas del cielo.

 

Alas intemporales ardían

veíamos cómo giraban las ruedas del tiempo

hacia otros oros sin tiempo

 

y teníamos sed

y teníamos sed

 

Y entrábamos como guerreros perdidos

en los llameantes espejos.

 

Tú que fuiste el mar

 

Tú que fuiste el mar

coloca sobre tu mano

las tres piedras

 

La reina de la noche

la del viento y la reina de la lentitud

y creeré en ti

 

Yo colocaré para celebrar tu belleza

el agua que brilla en la noche

con un amor insensato

 

Y diré junto a tu fuego distante

junto a tu relámpago

 

Palabras hijas de la soledad

y del recuerdo

 

Ahora somos nada

Pero juntos escuchábamos al viento

rasgarse

como una fiesta cercana al paraíso

 

Al oro derrochado en el corazón

de la hoguera

Ahora el cielo es blanco y es eterno

Sobre nuestra eterna y blanca y muda

mirada

 

Los astros terminaron

terminó la roja y bella locura de la vida.

 

Budapest

 

El alba huele a pan

(o por lo menos ésta)

que los ojos traen

del reino de la gasa y de la lluvia

del mundo de los trenes

y del viaje indeseado

 

Cuando ya tu única maleta

sobre el andén de la estación

trae a tu recuerdo viejas montañas

y largas filas de pájaros

que huyen del frío, chillando,

 

mientras abajo el mar

escucha como un muerto inmenso

respirar tu soledad.

 

     Breve reseña biográfica

 

Gerardo Rivera, (Medellín, 1942-Cali, 2023). Estudió Derecho, pero “por amor a la justicia” nunca lo desempeñó. Como viajero excomulgado deambuló por Europa y el Norte de África durante dos décadas, al regresar a Colombia trabajó como publicista. Se radicó a las afueras de su amada Cali, donde vive en una cabaña de bambú cual ermitaño. Dentro de sus obras se encuentran: El viajero de los pies de oro (Medellín, 2003), A lo largo de las estatuas de Octubre (Cali, 2004), Una nada cubierta de hojas (Cali, Premio Jorge Isaacs 2005), Los vinos del desterrado (Bogotá, VII Premio Nacional de Poesía José Manuel Arango 2012), El lugar de la espera (Premio XVI del Concurso Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus, Cúcuta 2015) y su más reciente antología El libro de los senderos olvidados (Bogotá, 2018).

 

[1] Hugo Oquendo Torres. Teólogo, poeta y profesor catedrático de la Escuela de Español y Literatura, Universidad Tecnológica de Pereira. Correo: hugo.oquendo@utp.edu.co