Luis Vidales fue un escritor oriundo de Colombia, que vivió entre 1900 y 1990. Su carrera literaria comenzó con un gran éxito, cuando publicó su libro titulado Suenan timbres (1926). Se relacionó con muchos intelectuales del mundo de las letras y de la política a través de los encuentros de la agrupación denominada Los Nuevos, de cuya fundación había participado. La docencia fue otra disciplina que le interesó especialmente, y entre sus cargos se cuenta una cátedra de Historia del Arte y Estética. Además de su obra cumbre, mencionada anteriormente, Vidales fue autor de los títulos La insurrección desplomada, La obreriada y El libro de los fantasmas. Para conocer su poesía, presentamos una variada selección, donde por ejemplo se encuentra el poema “La música”.

   

Oración de los bostezadores

Dedicado a Leo Le Gris-Bostezador

Señor.

Estamos cansados de tus días

y tus noches.

Tu luz es demasiado barata

y se va con lamentable frecuencia.

Los mundos nocturnales

producen un pésimo alumbrado

y en nuestros pueblos

nos hemos visto precisados a sembrarle a la noche

un cosmos de globitas eléctricas.

Señor.

Nos aburren tus auroras

y nos tienen fastidiados

tus escandalosos crepúsculos.

¿Por qué un mismo espectáculo todos los días

desde que le diste cuerda al mundo?

Señor.

Deja que ahora

el mundo gire al revés

para que las tardes sean por la mañana

y las mañanas sean por la tarde.

O por lo menos

—Señor—

si no puedes complacemos

entonces

—Señor—

te suplicamos todos los bostezadores

que transfieras tus crepúsculos

para las 12 del día.

Amén.

 

 

El hueco

Mis versos dicen.

Hueco

único sitio habitable.

Casas.

Casas.

Casas.

Huecos interrumpidos por paredes y puertas.

Huecos divididos en cuadros.

 

Mi vida

mi vida transeúnte

está llena de las troneras

de las horribles cavernas

que las casas les hacen a los huecos.

 

Y ya no puedo

borrar en mí la sensación

de los huecos de la ciudad

encerrados en los cajones de los cuartos.

 

La música

En el rincón

oscuro del café

la orquesta

es un extraño surtidor.

La música se riega

sobre las cabelleras.

Pasa largamente

por la nuca

de los borrachos dormidos.

Recorre las aristas de los cuadros

ambula por las patas

de los asientos

y de las mesas

y gesticulante

y quebrada

va pasando a rachas

por el aire turbio.

En mi plato

sube por el pastel desamparado

y lo recorre

como lo recorrería

una mosca.

Intonsamente

da vueltas en un botón

de mi d’orsey.

Luego —desbordada—

se expande en el ambiente.

Entonces todo es más amplio

y como sin orillas…

Por fin

desciende la marea

y quedan

cada vez más lejanas

más lejanas

unas islas de temblor

en el aire.

 

 

Los fantasmas del aire

Veníamos a construir nuestro olvido

al más secreto rincón de la casa

sin saber que en nuestros brazos

teníamos aprisionado el fantasma

alguien dijo no hay aparecidos

aparecidos tú y tu amiga

y supimos que un desconocido nos abriga

y guarda la reserva

¿quién pues dejó caer el corazón del universo

en la ola que pasa?

el trueno abre los granos en la era

y el girasol orienta

su campo electromagnético

¿y quién pues lo ha visto?

¿quién pues lo palpa?

así tú y yo bajo este inmenso halo

veníamos a construir nuestro olvido

sin saber que en nuestros brazos

teníamos aprisionado el fantasma.

 

Los ruidos

Ruidos de los cafés

que se escapan por las bocinas de los teléfonos

ruidos maravillosos de las casas.

Yo sé que cada casa

tiene sus ruidos especiales.

Así conozco la casa de mi amigo

y reconozco la mía

–de lejos–

entre la aglomeración de construcciones.

Ruidos en la ciudad que sólo es calles

y calles

en la ciudad que está de espaldas

volteada hacia adentro

hacia los interiores de las casas.

 

Ruidos de la época de las cavernas

que andan todavía en el mundo.

Ruidos.

Vosotros vagáis locos

buscando una salida

pero al igual que yo

no habéis podido encontrarla.

Ruidos.

Y ya lo mejor será

que os tornéis estáticos

fijos

–pegados a las paredes–

conservando vuestras formas

de dibujos decorativos