No es gratuito que el autor haya dedicado un buen número de cuentos a imaginar historias recreadas en Estados Unidos, describiendo situaciones exasperantes donde la soledad, el desamparo, el vacío y la vida sin sentido o con un sentido absurdo, confrontan al lector hacia la rutina terrible, deshumanizada, de las sociedades industriales. Confrontar al lector al fin de cuentas, con lo que será algún día él mismo. Un ser miserable. Sin futuro.

4448943wImagen tomada de: http://www.publimetro.co

Por: Camilo Alzate González

Se dice que los europeos vienen de vacaciones al tercer mundo por una razón similar a la que catapultó a la fama a García Márquez en Europa hace 40 años: es un modo de encontrarse con su pasado, con su propia barbarie, con la inocencia perdida. El emblemático discurso del Nobel invocando nuestra eterna soledad insiste en la misma idea: esa extravagancia no viene de nosotros, viene de ellos. Nuestros conflictos no son únicos, son también -fueron también- los suyos. La creatividad no es ningún privilegio, ningún don, ni maravilla de la exuberante Latinoamérica: hace parte de la condición humana.

Ese mundo mágico y maravilloso, que no resbala en el desencanto de la fría razón occidental, como señala Fernando Cruz Kronfly, ese que llena hasta la náusea la literatura latinoamericana de los años 60 y 70, es el mismo que buscaban los lectores europeos voraces hace unas décadas y en gran medida es el mismo que buscan los turistas mochileros de ahora. El manido Boom latinoamericano fue un fenómeno más comercial que literario, así como más francés y español que europeo, según cuentan los entendidos. Bastó para que el tópico nos sometiera casi medio siglo entre colitas de puerco y cabezas mochas que llaman huracanes.

el lejanoHace unos días el periódico El Espectador publicaba uno de esos titulares que suelen recrearse en la costa Caribe y nos persuaden que García Márquez, Cepeda Samudio o Héctor Rojas Erazo, al final, solo eran unos mediocres exitosos que copiaron la realidad sin mucho retoque. “Hombre asesinó a joven por burro que pastaba en su predio”, con un peligroso producto agrícola-cultural: un totumo.

Existe una generación de “jóvenes” autores, que contra el fantasma enorme del Nobel que los asusta todas las noches, intenta romper tal paradigma vetusto, rayando en lo institucionalmente rancio, en lo inofensivamente arcaico. Dentro de esa generación ya no tan joven, tal vez el más original sea Tomás González, un cultor de la introspección, del relato sin pudores. Con la escritura cortante como la navaja de cualquier hampón de Medellín, no necesita envilecerse en la narración fácil y amarillista de la cotidiana violencia de su ciudad natal, ni caer en pretensiones superficiales de novelas policiacas, de crónicas de narcos o de historias trilladas sobre prostitutas, asesinatos y demás miserias muy a la colombiana. Lo de Tomás es otra cosa, es un viaje al futuro.

Es un escritor discreto, que sin imposturas carga con una resignación muy antioqueña, dueña de una disciplina inagotable. Prolífico autor medio desconocido, más ocupado en entregarse a su obra sobreviviendo como pueda, que en llenar portadas, como sucede con otras vedettes jóvenes de la literatura colombiana.

Huyendo de ese realismo mágico, que además parece dominar como la palma de su mano, también huyendo de un protagonismo que considera pernicioso para la creación, Tomás González ensaya una literatura del desencanto y la angustia existencial, de la confusión humana dentro de las historias simples y aburridas de pintores, profesores o empresarios fracasados, fugados de sí mismos, atropellados sin remedio por la modernidad. Familias arrasadas por sus propios odios y amores. Personajes devorados en sus pasiones con el peso de una tradición tan conservadora como cruel, que sigue imponiendo los modelos de conducta de los arrieros católicos de hace dos siglos. Su narración pulcra, exacta, que casi logra la perfección porque lo acerca al abismo de la locura en sus personajes, no requiere recursos importados para sumergirse en la miseria de la condición humana, sino que puede apropiarse la rica tradición antioqueña, con sus voces coloquiales, provistas de giros hermosos, de metáforas de la tierra. Tomás González se adorna con una sencillez que desarma.

No es gratuito que el autor haya dedicado un buen número de cuentos a imaginar historias recreadas en Estados Unidos, describiendo situaciones exasperantes donde la soledad, el desamparo, el vacío y la vida sin sentido o con un sentido absurdo, confrontan al lector hacia la rutina terrible, deshumanizada, de las sociedades industriales. Confrontar al lector al fin de cuentas, con lo que será algún día él mismo. Un ser miserable. Sin futuro.

el reyBien distintos de los turistas europeos buscando un pedazo de su pasado y de su inocencia en nuestra literatura, nosotros con Tomás González podemos ir a conocer nuestro futuro y nuestro desencanto. Nos liberamos de la condena a lo real maravilloso, para dar un paseo por el porvenir: entrar a través de sus ojos a ese laberinto sin salida de la modernidad. Y, también, asomarse a la más original literatura colombiana contemporánea.

¿Hallarán ambos turistas las mismas cosas? Dice Tomás: “no es el mar más grande que el rocío / ni es el sol mayor / que las luciérnagas”[1]

[1] Historia del Rey del Honka-Monka, Tomás González.

@camilagroso