EL GRITO Y EL GHETTO

¿Qué régimen del mundo puede contener millones de conciencias que han despertado del letargo autoritario; de la hipnosis causada por sobredosis de propaganda inoculada desde medios masivos de alienación?

 

Escribe / Omar García Ramírez

La libertad comienza a construirse

ahí, en el microespacio en el que es convocada a emerger

Anne Querrien

 

El grito sobre el puente…

Sobre la ladera de la cordillera. En los valles. En las calles.

Encarna la indignación general.

¿Qué hacer con 10 millones de hambrientos?

¿Qué hacer con 20 millones de pobres?

¿Qué régimen del mundo puede contener millones de conciencias que han despertado del letargo autoritario; de la hipnosis causada por sobredosis de propaganda inoculada desde medios masivos de alienación?

La marcha popular se abre camino tras el peso de la memoria violentada. La violencia sistémica, estructural y simbólica, por tanto tiempo ejercida contra segmentos ciudadanos excluidos de la participación social, económica, educativa y cultural de nuestra población. Ha estallado en rebelión.

La raza de Caín, de la que hablara una escritora de estos pagos, para quien esos colectivos sociales son pozos oscuros de resentimiento y violencia. La misma que dijo molesta que invocando a su verdad los indígenas colombianos eran dueños de la 30% de las tierras de Colombia (ella de raíces cundiboyacenses y acentuados rasgos muiscas). Ha comenzado a caminar en oleadas, en redes, en rudas fiestas carnestolendicas de calle y en plataformas de lluvia y fuego.

Cuando la gente ha sido reducida tanto tiempo a vivir en un ghetto de violencia cotidiana. Cuando, además, se suma la precariedad de una pandemia que ha sido instrumentalizada para ejercer más violencia y expoliación económica; la catarsis no es la ofrenda religiosa o piadosa que se puede esperar como respuesta. Es la sangre a los dioses tutelares de la rebelión lo que aparece.

En algunos distritos especiales de las grandes ciudades colombianas, los jóvenes han resistido durante décadas los atropellos de la fuerza pública y los abusos del poder. Su vida limitada por la desilusión y la pobreza está permanentemente sitiada, limitada y encerrada.

La salida esporádica de su condición de apartheid simbólico, los lleva a internarse en las fronteras urbanas en donde su condición de extraños será siempre sospechosa e incómoda. Como tal, es un segmento de la amplia población juvenil más fácil de macartizar. La deformación de su protesta será el objetivo de los medios tradicionales. Como tal será el chivo expiatorio a condenar, la oveja negra y cimarrona a abatir en medio de las refriegas.

Fotografía / Marca Claro

Dos grupos de jóvenes

Los jóvenes colombianos de las universidades tienen más claro el panorama; unas reivindicaciones que de alguna manera encajan en las posibilidades del contrato social; que tiene más rasgos del sindicalismo gremial estudiantil y como tal asume las características de una protesta brillante y creativa más acorde con la vida civilizada. Los jóvenes de las barriadas, por el contrario, esos que limitan económica y estéticamente con el lumpenproletariat, no tienen esa claridad meridiana; pero su ira es radical y poderosa. Estos grupos no están unificados. Los valores y las cualificaciones que los atraviesan son múltiples, pero inoperantes en el sistema de producción. Su accionar, es de cierta forma, el de sus ancestros esclavos que viviendo como cimarrones en los palenques salían en épocas de crisis, a una zona de violencia purgativa. Ya lo anotaban Adriaan Alsema de Colombia Reports en su estupendo ensayo White Supremacy in Colombia, en donde estudia los orígenes de esta problemática que hunde sus raíces en la esclavitud y la colonia del valle del cauca colombiano.

Sin embargo, debemos decir, que no es del todo cierto lo anterior, ya que la protesta de la mayoría de los colectivos juveniles de estos barrios fue en un principio pacífica. Esto no sirvió; fue de inmediato estigmatizada sobre todo por las grandes cadenas de información o propaganda del sistema. Ya se marcaba una fuerza de diferenciación en el tono de la protesta frente al sindicalismo obrero y la academia. Los jóvenes estaban mediados y de cierta manera, distanciados por un habitus que no se podía clasificar. La rudeza del barrio marginal es otra forma de resistencia, que tratará de ser descalificada desde un principio; así esa violencia sea, la mayoría de las veces, defensa colectiva ante los atropellos de las fuerzas policiales. No es que las diferencias sean marcadas, son sutiles, pero existen. Era el día de la primavera lírica y teatral de los educandos indignados y la noche, para el baile violento de los que sobran.

Parte de la sociedad que vio como una amenaza esta oleada de indignación, esa rudeza de los desequilibrios telúricos que comprometían su seguridad y la estabilidad en el zigurat de sus convenciones sociales, comenzó a tambalearse; comenzó a comprometer límites y luego pasó a desatar una guerra directa fruto del miedo y la ignorancia, el desconocer la verdaderas razones del otro. Es la forma en que las sociedades responden ante la falta de mecanismos verdaderamente democráticos como forma de entender las diferencias, virtudes y  falencias del otro.  La falta por décadas de un dialogo y un contrato social; reformas vitales por décadas postergadas en favor de los apetitos monetarios de una minoría usurera que, como el Shylock del mercader de Venecia de Shakespeare, afilan el cuchillo sobre el pecho de los desheredados y carnean sin piedad. Fascinación obscena del poder arropado y defendido a muerte por un segmento importante de la burocracia corrupta y psicópata.

Así que comenzó a darse una guerra asimétrica contra los extraños, los fronterizos, los afro, los indígenas que venían de los resguardos a las ciudades; contra los jóvenes marginales que venían pisando fuerte y exigiendo reivindicaciones amplias de ribetes pintorescos y a veces gaseosos. Esas marchas, esos bloqueos, esas maratónicas sesiones de lucha popular prolongada, causaron pánico entre los biempensantes y algunos malpensantes domesticados por la institución.

De otra parte, allí, en aquellas rebel partys se da y se sigue dando el encuentro entre el punketo y el metalero; el del karaoke místico y el sufí ermitaño y gondolero. Entre el anarco de la haine y el skinh head más rudo. Ya que, en el fondo, todos han recibido la misma paliza bajo la lluvia ácida y helada de la gran capital. El grito indignado del travesti activista, que se ha bajado de su carroza del gay festival y se ha plantado en la trinchera de los de primera línea sin dejar de danzar con sus ropajes de drag queen en medio de los gases lacrimógenos. Pero allí todos estaban manteniendo la fuerza de primera línea en el núcleo fraterno de ese sueño.

Salud, oportunidades de trabajo, estudio, vivienda digna (a muchos de sus padres, durante más de treinta años en ciertos distritos de Cali como el de Siloé, las autoridades de la ciudad no les han entregado la documentación que los acredite como propietarios).

Uno, dos, tres, tal vez cuatro, cinco colectivos juveniles que marchan en la corriente de un mismo río y en una misma dirección. ¿Cómo unir esas corrientes sin perecer en el intento? ¿Cómo hacer avanzar el río para que llegue a un mar, a un puerto y pueda limpiarse de sus sedimentos?

Algunos ejemplos prácticos y que se originaron al calor de la marcha llaman la atención; jóvenes futboleros de las barras bravas de la capital depusieron los colores de sus clubs y se unieron (unen) como espartanos en primera línea. ¿Podrán los políticos colombianos que dicen encarnar el nuevo país y los líderes sindicales que representan a la clase obrera, y los intelectuales que dicen encarnar lo más granado y genuino de las virtudes civiles, deponer diferencias, declinar intereses y fobias para unirse en primera línea con la sociedad, que en su mayoría quiere un cambio? Es de resaltar el gesto de políticos esclarecidos dentro de la izquierda colombiana, quienes han  declarado reconocer a los jóvenes en rebeldía, como a su verdaderos interlocutores; conscientes del malestar que cruza todas las vertientes de la sociedad precarizada, sobre todo manifestada en la juventud sin futuro y sin presente.

¿Podrán las diferencias que existen desde años atrás, heredadas de los viejos sectarismos de periclitadas capillas políticas deponerse, en pos de un gran encuentro de voluntades y hacer crecer el rio para llegar a buen puerto?

Difícil tarea, pero no imposible.

Muchos imaginarios reivindicativos sobre la palestra.

En el último peldaño de esa escala de reivindicaciones, ellos, los que están en la primera línea. No pueden quedar olvidados. Y no se trata de discursos anarquistas o vandálicos. Se trata de dignidad humana, ya que esta, hace tiempo, corre el riesgo de entrar en un territorio en donde la esclavitud postmoderna será su único destino.

Fotografía / Semana

El ojo vigilante

El gobierno espurio y criminal, arropado por una traquetocracia y una gavilla de asesinos corporativa, sigue vigilando y castigando (asesinando) bendecida por los medios tradicionales de prensa y propaganda. Ahora bien, dentro de los colectivos uniformados está también el pueblo; ya que como han reconocido algunos estudiosos de los conflictos sociales, entre ellos Dennis Rodgers, el antropólogo y estudioso de los conflictos sociales juveniles en las grandes ciudades del mundo contemporáneo, quien señala como el pueblo uniformado responde con violencia ya que ha vivido de cierta manera inmerso en esa violencia por tradición de clase. Esas corporaciones profesionales de vigilancia y control, buscan sus peones entre las clases populares. Es por esto que esa confrontación buscada y casi siempre manipulada por la gran burguesía, es alimentada y sutilmente exacerbada para después, de manera hipócrita, darle la espalda a quienes son instrumentalizados como actores de represión y violencia contra su propio pueblo. Buscar una permanente confrontación entre segmentos de la población. Clases populares contra clases medias; camisas negras contra camisas blancas, mestizos contra indígenas, blancos contra negros, rojos contra azules y vigilantes contra vigilados; ¿acaso no es la tradición maniquea del divide y reinarás utilizada por décadas y generaciones por los feudales corporativos de Colombia? ¿No será ya el momento de comenzar a implementar propuestas de política expandida, manifestaciones de sociología imaginativas y creativas, que permeen, los segmentos progresistas dentro de las fuerzas que actualmente encarnan la represión? Salir de los libretos rígidos que propugnan por el mantenimiento de diferencias eternas y entender que en las grietas de las murallas las flores encarnan. Algunos alcaldes, funcionarios y supernumerarios que hacían parte de la estructura, han entrado en contradicción con la misma porque no los representa; al contrario les asquea. Sin esa posibilidad de explorar caminos de convergencia y de unión, aun con las heridas frescas, es casi imposible avanzar en la conquista de reformas sustanciales para toda la sociedad colombiana.

De la misma manera que, algunas formas de violencia social eran inherentes al estallido social y ante las que algunos filisteos de columna y opinión dijeron sentirse horrorizados por la crudeza de las mismas; también es necesario entender que sin atreverse a crear nuevos imaginarios dinámicos y creativos para explorar acercamientos entre segmentos aparentemente irreconciliables, es dejar en manos de los de siempre la iniciativa de las propuestas y sobre todo el diseño de los discursos patrioteros que buscan legitimar las narrativas de la división. Desconocer esas diferencias y esas contradicciones; ignorar sus limitaciones, pero también sus grandes posibilidades, solo conduce a más violencia estéril y sin objetivos.

Hay un despertar. Ese despertar conduce a la ampliación de los discursos a la fluidez de los matices y las posibilidades de ampliación de la base social de la protesta sin caer en dogmatismos ni esquemas cerrados. Reconocer la pluralidad de voces, consignas reivindicaciones y propuestas que están sobre la mesa. También, aceptar que muchos no se encuentran representados, pero no por eso están menos interesados en ser parte de la presencia viva y dinámica de la sociedad. Limitar, segmentar y confrontar sectores afines a la plataforma, es pecar de ingenuidad y sobre todo arruinar los grandes sacrificios, los inmensos esfuerzos de un movimiento social que debe intentar arribar al puerto de los grandes cambios y las grandes reformas.

También, y no menos importante, entender que Colombia no es una isla; toda esa insularidad es ficticia. Comprender que se mueven fuerzas poderosas que operan en el tablero de la geopolítica, de las finanzas internacionales y de los planes globales de una agenda que tiene a Latinoamérica en la mira. Pensar que solo unos funcionarios son los gerentes auténticos de la escena es desconocer y dejar de pensar que, a lo mejor, son tan solo fichas en el escenario de una gran obra dramática. La maquinaria propagandística del establecimiento habla de injerencia externa, un cinismo aterrador cuando es de todo conocida la dependencia prolongada de estos círculos de poder nativos, de las decisiones de la unión americana. La dependencia de su asistencia militar y económica, y la obediencia ciega a los dictámenes de sus lineamientos en materia de política exterior. La política del establecimiento colombiano siempre ha estado intervenida por el poder militar y económico del imperio.

Fotografía / El Turbión

Algunas exploraciones

Por eso creo en la necesidad de reinventar una agenda propia que dé prioridad a los compromisos nacionales con nuestra ciudadanía. De paso podríamos decir que, insistir en ciertos nombres y engrandecer caudillos de tercera categoría que representan la estructura, tan solo crea mistificaciones que dan más poder a quienes son tan solo figurines de tercera y que solo cumplen con los registros dramáticos y declaman las líneas del guion. No quiero con esto decir que esos exfuncionarios no sean responsables; pero si los ponemos en contexto real, les quitaremos el aura de poder que mantienen y los nivelamos a su verdadera condición. Uno de los grandes problemas colombianos y de la sociedad civil que participa en política, es darle un poder simbólico más fuerte del que merecen estos figurines de la ignominia, el fortalecerlos y darles una permanencia histórica. El no superarlos con el tiempo para dar posibilidades a nuevos actores sociales, económicos, políticos y culturales. Si seguimos como un perro que arrastra una línea de latas atada a su cola, como diría Jordan Petterson, el psicólogo y pensador canadiense, estaremos condenados a escuchar eternas psicofonías de fantasmas que parasitarán sin descanso las potencialidades de nuestro destino.

Si no superamos esa tara de caudillismos rancios, esa fijación por el poder de ciertos sátrapas, ese fetichismo y adoración a los fantasmas del pasado que habitan nuestra casa histórica; si no exorcizamos esas figuras horripilantes y los arrojamos de una vez por todas a un lado del camino, seguirán allí por mucho tiempo entorpeciendo la posibilidad de trascenderlos y superarlos en pro de una sociedad más libre. Empoderar a la ciudadanía cada vez más y quitar escena y poder simbólico a esos muppets de la casa del horror, desauratizar esa viejas figuras que solo representan los vestigios de una sociedad moribunda. Sin esa condición, estaremos habitados por aquellas larvas, como ciudadanos poseídos por el miedo y la inercia. El tribunal de la historia debe juzgarlos, de eso no hay ninguna duda; pero, a la nueva ciudadanía solo debe comprometerla el acto valiente y decidido de superarlos y arrojarlos al lugar en donde solo queden los vestigios que se integrarán, con el tiempo, a las oscuras mitologías de la historia.

El gobierno, sus representantes (peones y alfiles del espíritu y la ideología del establecimiento), tienen la desfachatez de romper las negociaciones, cambiar las reglas del juego; demoras, esperas y dilaciones. Realmente pareciera que no están en capacidad de decidir sobre nada, son histriones bien pagados con papeles más o menos definidos en la farsa. Hacen la guerra sucia, mientras tratan de adoctrinar a sus rebaños del feudo mediático oficial y convencerlos de la maldad de estas manifestaciones y des su inconveniencia.

Gremios económicos que durante décadas se han lucrado se rasgan vestiduras ante la crisis y, sin embargo, continúan especulando aun en tiempos de conflicto. Han acaparado y se han beneficiado en tiempos de peores crisis. Todas esas crisis fueron desencadenadas con su historia de horrores para mantenerlos incólumes sin perder un ápice de sus privilegios. ¿Por qué en esta oportunidad no lo iban a hacer? La pandemia fue el escenario oportuno para entregar a la banca grandes reservas económicas del país y hacer de su intermediación el negocio perfecto. Disfrazadas de ayudas y tercerizadas, pasaron por la caja de agiotistas y usureros para incrementar sus dividendos. También, la pandemia pretendía ser el estado de control biopolitico ideal para mantener el nivel de corrupción en sus más altos estándares y en su perpetuación.

Con el pueblo acorralado y sometido a las medidas disciplinarias de bioseguridad y control comenzó el expolio. La destrucción del tejido social y económico de un país que en un 70 por ciento vive en la informalidad. Solo un 10% que hacía parte de la estructura hegemónica y el establecimiento, podía tener un verdadero salvavidas financiero; el resto de la gente, incluyendo la gran mayoría de pequeños y medianos empresarios, debía salir a cara de perro a luchar por su sustento y la supervivencia de sus medios laborales.

Esto no lo dicen, esto no lo expresan los señores del establecimiento. Siguiendo bien el guion demarcado por el FMI y la OMS para la destrucción de las sociedades latinoamericanas, habían fracasado en lo de la guerra con Venezuela. Intentaban un nuevo guion enfocado en la guerra interna, declarando como inútiles los acuerdos de paz; sin embargo, ante la actual crisis que ha estallado, no dejan de lado el trasnochado discurso de posibles intervencionismos extranjeros (ellos ya intervenidos, agendados y arrendados a las corporaciones supranacionales) para, de cara a la comunidad internacional, tener mano libre para la masacre.

A esa desterritorialización del capitalismo de la que hablara Félix Guattari le corresponde una reacción que puede estallar de cualquier manera y en cualquier lugar; refleja contradicciones históricas y muestra, sobre el balance de las sociedades en riesgo, deudas sociales históricas. Guattari, en sus ensayos, hacía un señalamiento importante, ya que el capital responde no a las órdenes de los estados nación sino a las directrices de organismos internacionales y supranacionales, arriesgando en algunos apartes de su tesis de revolución molecular ––no es un sofisma de distracción para diletantes, hace parte de un libro de su autoría: Micropolitica y geografia del deseo y de un estudio crítico de la sociedad en época de capital trasnacional y globalización…– plantear la necesidad de respuestas alternativas globalizadas y al mismo tiempo, deslocalizadas ante  la estructura de poder hegemónico que se impone sobre el mundo. A respuestas creativas y libertarias, asamblearias, cooperativas y místicas frente a las deformaciones autoritarias del sistema. A los mecanismos sociales de represión y dominación, se oponen también raciones de protesta y rebelión. Que este libro y sus planteamientos más importantes hayan sido adulterados y simplificados a la luz del conflicto social es otra cosa.

Fotografía / Entorno Inteligente

Orígenes de una desazón

Pero volvamos a la raíz

Al escenario social donde se genera el árbol encendido de la conciencia, del choque y el despertar. El gheto, el distrito, la favela… el barrio marginal con su enjambre de sueños; actores y sujetos de una rebelión simbólica.

Ya sabemos todos como han marchado los acontecimientos.

Y sabemos bien hacia donde nos pueden llevar.

Está en nosotros, como colectivos culturales que apoyamos las propuestas del paro, el orientar nuestras fuerzas y nuestras conciencias. Hay, como lo decía el jhavista, un tiempo para muerte y un tiempo para la vida. Hay un tiempo para la lucha y un tiempo para la meditación. Y todo es caosmosis y transformación y también transmutación consciente.

Sin esa mínima carga filosófica de conciencia y humildad, sin ese importante memento de lucidez y de grandeza, una como otra necesaria, no estaríamos seguros en el destino de nuestra marcha.

Los cambios de paradigmas y las trasformaciones sociales no solucionarán todos los problemas de un momento a otro. Ya somos suficientemente viejos para saberlo. Pero, al menos, nos habrán hecho reaccionar ante la entropía y la crudeza de la vida. De alguna manera jalonan los estallidos vitales del corazón e iluminan nuestros ojos con nuevos horizontes.

Las fuerzas sociales evolucionan al ritmo de sus crisis, de los ritmos y arritmias de sus respiraciones. De su oleaje secreto derivan los nuevos conflictos en el escenario, son también nuestros temores atávicos, nuestros paraísos perdidos, también nuestras utopías indeclinables. Son los nuevos retos en el conflicto que se incubó durante décadas en las capitales colombianas. Hijos desplazados de una tercera ola de violencia. Nietos de labriegos mutilados en los campos de guerra en los años cuarenta. Tres generaciones hacinadas en los cinturones de miseria. Todas ellas generaciones golpeadas por varias décadas de conflicto, sin dar tiempo a la esperanza.

Resistencia y dignidad… razón de vida o consigna. Tal vez la más importante, pero no la  única que cuenta en estos días. Cuando se resiste un sueño debe palpitar en el corazón de quienes marchan con las bocas de sed acidificadas bajo las ciudades heladas y mantienen un segmento de la ciudad en una zona temporalmente autónoma, okupada por una banda de rock de la imaginación.

Han sido y serán jornadas que, aunque dolorosas, nos acercarán a espacios de debates abiertos y democráticos en donde sea posible discutir sobre lo fundamental. No son momentos para los optimismos totales… pero tampoco de derrotismos y pasotismos. Sabemos que este país se merece una juventud en libertad de creación y fiesta, con oportunidades reales para el estudio, los deportes y la ciencia.

Primero eso… la niñez y la juventud. La que está “incluida” pero desestimada  y sobre todo, la que ha estado excluida por décadas y destinada al apartheid de la historia colombiana; la que solo ha sido carne de cañón en el conflicto armado y experimentación especulativa en las corporaciones de la delincuencia y la política. La que ha sido relegada a representar una ciudadanía de tercera en las ciudades colombianas y que hoy ha despertado de su pesadilla.

No son los muertos vivientes de que viene caminado como zombis… son los niños danzantes con sus dioses tutelares, sus Orishas, sus brujos y hechiceras. Los que vienen desde el fondo de los bosques y florecen en los jardines tóxicos de los extramuros de las metrópolis; los que vienen por su pedazo de patria, su pedazo de pan y su pedazo de cielo.

La bandera está invertida, ya que solo sangre ha sido derramada para el bienestar de los opulentos. Es hora de invertir ese color, para que el amarillo de la esperanza florezca y el azul de las nubes llueva en primavera.