La Karl Marx de los hombres: Esther Vilar

El hombre fue entrenado y condicionado por la mujer de manera no muy distinta a como Pavlov condicionó sus perros


Un día, parando la oreja en la plaza, escuché la frase: “Si el hombre es la cabeza del hogar, la mujer es el cuello que mueve esa cabeza”. Pensé si acaso esta oración podría ser un chiste común o un simple adagio popular, y aunque no lograba definir aquello con precisión, la frase contenía una lógica demasiado curiosa. Pasado un tiempo reconocí que esa máxima, sin duda, contenía una verdad expresada mucho antes por la psicóloga Esther Vilar: «El señor de la casa es la mujer.»

Frase implacable, cómica y atrevida que al ser leída causa diversas reacciones según se comprenda, aunque realmente pocos hombres están capacitados para aceptarla sin alegar que son ellos los que trabajan duro, compran todo, deciden tener hijos, son los representantes del hogar, o manejan el asunto financiero. Argumentos que pueden ser cuestionados, si se mira esto a la luz de las ideas de la escritora argentina Esther Vilar, la feminista que afirma tajantemente que al liberar al hombre, se puede liberar integralmente a la mujer.

Sobre esto, dice : ¿Será, tal vez, que la fuerza, la inteligencia y la imaginación no son en absoluto condiciones del poder, sino de la sumisión? O, -continúa- ¿Será que el mundo está gobernado no por la capacidad, sino por los seres que no sirven más que para dominar, o sea, por las mujeres? Y ante esto, la autora no duda en afirmar, sin titubear, que la sociedad son las mujeres.

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Esta pequeña muestra de unos argumentos, que según las feministas, parecen estar al revés, son parte de El varón domado (Der Dressierte Mann, 1975), el libro escrito por Esther Vilar, que al momento de ser publicado causó revuelo (y sigue causándolo) en Europa, el mundo académico y secular, por una sencilla razón que ella sostiene en placa de hierro:

«El hombre fue entrenado y condicionado por la mujer, de manera no muy distinta a como Pavlov condicionó sus perros para convertirlos en sus esclavos. Como compensación por su labor los hombres son premiados periódicamente con una vagina.«

Declaración sugestiva de esta médica, psicóloga y socióloga, que fue el detonante para que fuertes oleadas de feministas emancipadas desde los años 60 bajo el influjo de Betty Friedan, Alice Schwarzer, Bettie Dobson y otras, la amenazaran tajantemente de muerte y sabotearan todo intento de conferencia o presentación sobre el tema.

Aunque era obvio que detrás de tal persecución estaba el mercado que ya preparaba su agenda de nuevos productos para suplir a la ideología feminista con artilugios de lucha: ropa, accesorios, electrodomésticos, fetiches, tratamientos estéticos, políticas, propaganda, ídolos, televisión, etcétera.

Actitud irracional e irascible del feminismo radical hacia Esther Vilar, que puso en riesgo no solo su discurso, sino también su vida, y que llevó a la misma Betty Dobson a retirarse de esta corriente para seguir con sus ideas liberales por otro camino más pragmático: se inclinó hacia el onanismo y se convirtió en una profeta de la masturbación femenina.

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Un asunto (las ideas de Vilar versus el feminismo radical europeo) que se convirtió en un agresivo tira y afloja,  porque al Esther Vilar presentar sus teorías al mundo por medio de su libro El varón domado dejó al descubierto dos cosas: que irremediablemente las mujeres dominan (controlan, en el original alemán) a los hombres, y que el mundo es controlado por “algo”, “alguien” o “quién sabe quién”, como un tercer poder que busca volver irreconciliable al hombre y la mujer en sus relaciones.

Y esto no es algo salido de la nada, ya que desde los estudios de Alfred Kinsey (con Sigmund Freud superado), el asunto del sexo tomaría un rumbo insospechado y  complejo, pues del análisis físico se pasó al estudio sociológico del tema: el coito como señuelo para que el hombre obtenga una mujer oligofrénica que lo obligue a trabajar para ella misma y a quien le debe entregar conscientemente su dinero. 

Frente a esto es que se pierde toda justificación, según lo afirma la sociología del sexo, y lo que las feministas han querido dibujar, que la mujer es explotada por el hombre; que este vulnera sus derechos; que ellas deben ser emancipadas; que una fémina no necesita un varón para conformar una familia. (Esto último puede ser cierto, pero no por eso escapa a las leyes biológicas)

 

Autorin Esther Vilar f¸r die Freie Demokratische Partei (FDP) im Bundestagswahlkampf 1972

El desvelar este asunto gracias (o mal gracias, dirían otros) a Vilar, no significa que sus tesis sean un dogma, pero sí sacudió las bases inamovibles, de la tergiversación del concepto de libertad, y las intenciones de fondo del naciente programa feminista que en la modernidad ha mutado a movimientos como Me Too, Femen, y otras organizaciones que usan la violencia, la cultura de la cancelación y el proselitismo, para imponer sus ideas.

El cuerpo teórico o la causa de Esther Vilar no ha sido superado a pesar de que sus ideas se enfrentan a un sistema que desea desprestigiarla cada vez más. Por eso como afirmó una de sus estudiosas, Josefina de Silva, en el libro La otra virginidad, inspirado en las teorías vilarianas:

“Solo alguien con un mínimo de razonamiento evitaría cuestionar los predicados de la sociedad de consumo.»

Y Vilar, su maestra y con la cual De Silva pudo elaborar su tesis,  puso en entredicho esta nueva modalidad o subgénero del capitalismo: la propaganda a favor del consuno escudada bajo los derechos de la mujer y el apoyo a la naciente industria del feminismo radical, que empezó repudiando al otro género hasta elaborar su propio argot para justificar teóricamente su campo de acción.

Así entonces el deber de los hombres y las mujeres, según Vilar, es hacerse inteligentes (no confundir con astutos), antes que definirse, o caer en la trampa del sexo como la “campanilla de Pavlov”. Además de afirmar tajantemente que,

“La mujer nace con la misma capacidad mental que el hombre, pero esta puede elegir entre cultivar su inteligencia o permanecer estúpida toda la vida”. 

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En conclusión esta teórica evitaba, o  mejor, quería invitar a que las mujeres despertaran del imperativo socrático de la “ignorancia” como el mayor yerro entre el género. De ahí que las féminas, según Vilar, sean más religiosas, más sedientas de redención que los hombres, pero no por ello menos sensibles o menos inteligentes a la hora de dominar al hombre. Esther Vilar en cierta forma es la representante del feminismo masculino, esa corriente que justifica al hombre, o mejor, que afirma que el verdadero esclavo es el hombre, no la mujer.