Si bien es imposible que dejemos a los niños libres de lenguaje, por lo menos los poetas, que tan escasos andan, podrían emular el asombro simbólico con el que el niño utiliza las palabras, con ignorancia e incluso con indiferencia, pero como quien abre los ojos por primera vez.
Escribe / Mateo Quintero – Ilustra / Stella Maris
Para Gina, Generalísima
Rehuí de mi infancia como quien quiere olvidar; no porque haya sido tormentosa ni mucho menos, sino porque hallaba en ella el germen de mi personalidad y carácter y creencias, y yo quería transmutar todo ello y ser otro hombre. Como consecuencia de ello, también me aparté de todo lo relacionado con la niñez, pues no soportaba su alegría y yo siempre sentí más predilección por la amargura. En mi vida he soportado con mayor facilidad la desdicha que la alegría; ante ella solo me queda como remedio escapar. Cuán difícil es soportar la bonanza cuando se mira con ojos grises el mundo.
Así que el contacto con los niños me fatigaba y lo evité cuanto pude. Por azares de la vida entré a trabajar como docente de español en primaria y lo que tanto evadí, tuve que enfrentarlo con total incertidumbre. En primera instancia, porque mi preparación académica no estaba destinada a enseñar a niños, y, en segundo lugar, porque no creí posible congeniar con ellos.
El mal ha sido siempre uno de los tópicos más recurrentes de mis divagaciones. Además, siempre fui un ferviente opositor de Rousseau y su sentencia de que el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe (¿y quién corrompe la sociedad?), por lo que me decanté más por Hobbes y luego más por Fernando Vallejo: “el hombre nace malo y la sociedad lo empeora”. La cuestión es que las categorías del bien y del mal, como las del pasado y el futuro, solo existen en el lenguaje, y los niños, por estar en una etapa casi que prelingüística, aún no han asimilado concepciones moralinas que les instaurará posteriormente la sociedad. Ellos actúan, o intentan actuar, bajo el símbolo más bello de la humanidad: la libertad. Son otros entes los que la cohíben: la familia, el colegio, los mayores. En esa libertad, el niño solo sigue su instinto; algunos desarrollan con más rapidez la empatía, pero sus actos se rigen en mayor medida por el individualismo. ¡Claro, si el mundo es nuestra Re-presentación, cómo no van a creer ellos que el mundo gira en torno a su vida! Todo lo de ellos es: yo, yo, yo, yo. Internamente tienen ellos la conclusión a la que debería llegar todo hombre, y es que la vida, para que fuera más satisfactoria, tendría que complacer nuestros caprichos. Pero el mundo les va enseñando que sus deseos casi nunca son cumplidos, y que por sí solos no pueden obtener lo que ansían, lo cual los obliga a asociarse con el resto, a generar alianzas, y sienten también placer en ayudar al otro. Mas es un placer proveniente de ellos como individuos, así mismo como el altruismo de los adultos, que se basa en una satisfacción personal, solo que el niño no tiene máscaras: en él no ha nacido la hipocresía.
En ese impulso de libertad, todo método coercitivo es despreciado por el niño. Y es por eso por lo que, cuando a un niño le preguntó Javier Naranjo, el creador de ese bello libro llamado Casa de las estrellas, qué es el colegio, el niño lo definió como: “Casa llena de mesas y sillas aburridas”. Y yo mismo, husmeando en las conversaciones de algunos de mis estudiantes, oía con frecuencia el desdén que sienten hacia el colegio. El mismo desdén que sentía Pinocho, que siempre encontraba algo más importante que hacer que ir al colegio. Los que decían que lo amaban, al indagarles sobre ese amor, respondían que les encantaba jugar en el recreo con sus amigos. ¡Claro! Lo que aman es el momento más pletórico de la libertad. El momento en que ni sus padres, ni los profesores, los cohíben del juego, de la diversión, de la alegría, del ocio. El momento en que están solos con sus pares glorificando la euforia de la existencia libre, ignara, sin muerte.
Por eso yo propongo para salvación de la humanidad que se les deje a los niños libres, que se acabe toda esa inmersión en sistemas de los que ellos jamás hicieron parte y que se les obliga a inmiscuirse como si no hubiera más remedio que seguir repitiendo incansablemente los mismos errores de los adultos. Ese sería el retorno a la naturalidad de la que he hablado; todo lo humano lleva una mancha insalvable; los niños, en ese pre-humanismo, aún pueden librarse del escarnio. Es eso o la extinción voluntaria. Pero sé que el hombre no puede tener tanta sensatez, y por eso mis propuestas van encaminadas a lo irremediable. Es mi gran lucha: lo insoluble: la muerte, el hambre, la extinción o el retorno a la naturalidad. ¡Ah, pero es insoluble porque soy un simple mortal, denme la facultad de ser Dios y les arreglo esto en par patadas!
Infante viene del latín infans, que significa: el que no habla. Lo cual quiere decir que un infante deja de serlo en el momento en el que habla. En ese momento se ingresa al mundo de lo humano; enseñarle a un niño a hablar es introducirlo ya a un mundo del que no podrá escapar. El lenguaje es un virus, nos decía Burroughs, y es ese virus el causante de todos nuestros problemas, de todas las luchas vanas y las refriegas sinsentido; pero también, el causante de provocar la belleza, lo estéticamente inconmensurable. Ya es manida la frase de que el poeta debe mirar con ojos de niño el mundo, pero hay que hacer una claridad en esa sentencia tan cierta: apalabrar el mundo por vez primera es remontarse a la mitología, a los primeros intentos de simbolizar el mundo. Y esos intentos están, a su vez, llenos de ignorancia en lo que se profiere. En mi contacto con los niños varias frases y sentencias se grabaron para siempre en mí, y las repito en soledad como si fueran una oración. Más allá de su intención, como ocurre con los escritores, lo importante es el producto, y me doy el permiso de interpretar el sentido de algunos versos que me legaron aquí.
Una vez estaba yendo al restaurante cuando Eduardo, un niño de primer grado, me interpeló con esto: “¿Te imaginas ver el mundo sin colores? Sería como ver a Dios”. Atónito ante la belleza, le quise buscar un significado profundo, y le añado a Eduardo: también sería como ve el mundo Dios. Ver el mundo sin colores, en ausencia de luz, o una luz muy intensa, sería como vio Dante a Dios en la Comedia, un chorro de luz que deja ciego y no permite entrever qué hay más allá del resplandor. Pero también sería como nos ve Dios: sin matices, iguales unos a otros, sin color, sin aspavientos: un mundo incoloro, la manera en que Dios percibe al mundo, con aburrimiento, con un gran bostezo de ver repetida una y otra vez su insulsa Creación. ¿El atardecer? Ya estamos cansados de él, como dice Luis Vidales. ¡Modifícalo todo, Padre, esfuérzate más de seis días! Quizá ese sea el otro sentido de la sentencia de Eduardo: sin colores –ausencia de luz – el mundo sería aburrido, como aquel Viejo caduco.
Otro día me dio por ponerles a los niños de tercer grado a crear un haikú, aunque creyera imposible que se lograra alguno con estructura perfecta y con sentido. Para mi sorpresa, no solo se logró uno, sino varios. Y adjunto el que más me impresionó aquí, realizado por una niña llamada Mariana:
¿Es un ave, o es
mancha negra del cielo
imperfecto de hoy?
¿Cómo no notar la resonancia de aquel haikú de Borges, quien también se hace una pregunta similar, al intentar capturar un instante de incertidumbre por la escasa visión, él por su ceguera, Mariana por la oscuridad de un día imperfecto?
¿Es un imperio
esa luz que se apaga
o una luciérnaga?
Si bien es imposible que dejemos a los niños libres de lenguaje, por lo menos los poetas, que tan escasos andan, podrían emular el asombro simbólico con el que el niño utiliza las palabras, con ignorancia e incluso con indiferencia, pero como quien abre los ojos por primera vez.
II
Baraka
Pensar que la vida es un son de cuerdas que no tocas:
no fatigues la sonrisa de los niños.
Dentro de ti habita el mal de la ignorancia,
deja que fluya en sus justas proporciones
y no te llenes de conceptos vacuos
ni palabras ignaras:
No fatigues la sonrisa de los niños.
Agradece el pan de cada día si lo tienes
y si no, confórmate con la salida del sol
que no descansa y es justo y democrático.
Sabes que la vida es un son de cuerdas que no tocas
y el desgarro de algún timbal que resuena en la altura.
No fatigues la sonrisa de los niños.
Mantente sereno en la tormenta de los astros
encuentra refugio en el interior inmenso
de lo humano.
No caigas en el error de creerte distinto,
pues sufres y gozas con la misma intensidad
que tus pares.
La noche cae para todos, en las calles
o en las cuevas.
En las cárceles o en los mataderos.
Observa las estrellas pero despójalas
de la influencia de la que carecen:
No fatigues la sonrisa de los niños.
Apacíguate en la calma del arroyo
disfruta la frescura que te redime:
el tiempo es igual para todos;
el perdón es divino
y el olvido justo e inevitable.
Recuerda que el sufrimiento de tu llanto
te ha salvado del pecado:
No fatigues la sonrisa de los niños.
No permitas que entren en lo creado:
permíteles la gracia de un nuevo mundo,
que acaso es el viejo que jamás conocimos.
Considera que el volcán de tu fuego
no estalla porque no se lo permites
y sigues en la rutina de las estrellas:
podrás cambiarla si deseas,
mas no creas que el cambio es la acción,
sino que abdica:
renunciar es ganar el universo.
No fatigues la sonrisa de los niños.
La vida
es un son de cuerdas que no tocas.


