Un tradicional chiste antioqueño recuerda que cierta vez los vecinos de Marinilla, ese pueblito refundido en las montañas del Oriente, presionaron a sus políticos para que metieran mano en un asunto que los mantenía fastidiados, Marinilla era un lugar muy frío, demasiado helado las madrugadas, aburrido y gris en las tardes. Los políticos resolvieron como saben: votaron y el Concejo Municipal decretó por decisión unánime que desde entonces y para siempre Marinilla sería tierra caliente. Sin embargo, al otro día y todos los siguientes el pueblo amaneció como sigue aun, con madrugadas heladas, con tardes grises aburridas.

Si no fuera éste el país donde tenemos que sintonizar la telenovela y comprar el arroz para el almuerzo, llevar los niños al colegio y celebrar o lamentar las desdichas de la selección de fútbol, si sólo fuera un escenario de opereta o un lugar imaginario, el plebiscito del 2 de octubre podría convertirse en ese chiste perverso: los colombianos eligen que desde entonces y para siempre la suya será tierra caliente. Tierra de cuerpos inflados que flotan río abajo, de madres que acarician crucifijos, de niños alzando fusiles que los sobrepasan en estatura, de aviones lanzando quinientos kilos de explosivos por decreto, por decisión unánime.

Ni la paz, ni la guerra, ocurren por decreto en un papel. Obedecen a impulsos y tendencias del devenir de las sociedades. Ambas dependen de dinámicas silenciosas acumuladas durante décadas, que revelan su magnitud durante aquellos “momentos históricos”, esos hechos y situaciones que dan un cambio aparente al curso de las cosas, aunque tan sólo resuman las tensiones acumuladas, todos los acontecimientos confluyendo en la misma dirección, toda la realidad concentrada para que cierto instante contenga el significado de una época completa. Cuántos nombres cabían en la muerte de Gaitán. Cuántos años de horror en un Palacio de Justicia ardiendo. Cuánta esperanza o hastío en dos manos que se apretaban en La Habana.

Una de esas tendencias sociales señala que los homicidios y hechos violentos derivados del conflicto armado interno disminuyeron en más del 90 por ciento desde que comenzaron los diálogos. Una más, que aquellos municipios y zonas rurales que sufrieron los rigores de la guerra apoyan por mayoría la terminación del conflicto en las actuales condiciones. Otra, quizá decisiva, indica que hay un consenso entre los poderes económicos del país, el actual gobierno de los Estados Unidos y las FARC para finalizar con éxito el proceso de paz.

Es probable que esas tendencias acaben imponiéndose; sin embargo, también es cierto que habrá quien cultive con dedicación los motivos para la próxima violencia organizada, dentro de diez o quince años, de cien o de cincuenta, cuando reviente otra guerra sobre la última paz de papel, como todas las que se firmaron antes en nuestra tierra tan fría, tan caliente.

Mucho tendrán qué hacer los líderes de este proceso para sacarlo al otro lado. Así, en esta opereta, todos –por unanimidad– hayan declarado en la noche de ayer que desean la paz. Ese anhelo unánime, de nuevo puesto sobre el papel, no es lo que se observa en los rostros, mucho menos en los hechos de algunos de ellos. Tal vez porque la paz que maniobran esos timadores del populismo sea otra diferente: la paz de los sepulcros.