Útil repaso de los conceptos, las cifras históricas y la experiencia internacional sobre el voto que hoy parece puntear en las encuestas. El voto en blanco es legítimo pero tiene sus riesgos y en todo caso corresponde más a la indiferencia que a la indignación.

Yann Basset*/Razón Pública

El voto en blanco y sus problemas

Colombia es de los pocos países que le otorga efectos políticos al voto en blanco.

Cuenta como voto válido -y como tal se considera para establecer el umbral para cuerpos colegiados- y la ley estipula que las elecciones tienen que repetirse con candidatos distintos en caso de que el voto en blanco obtenga la mayoría absoluta en la circunscripción pertinente.

Estas disposiciones fueron incluidas en la reforma política debido a la desconfianza hacia los mecanismos de representación. El voto en blanco ha ido ganando preminencia. Desde el 2011 la legislación permite formar  comités de promotores que hacen campaña en igualdad de condiciones con los candidatos y recibir, como cualquierq de ellos, reposiciones de dinero por cada voto, en el caso de que logren el umbral.

Muchos oportunistas han intentado utilizar al voto en blanco para lucrarse. En las elecciones locales de 2011 varios grupos intentaron inscribirse como sus promotores, pero no reunieron los requisitos. El grupo la “voz de la consciencia” fue el único que quedó registrado para las elecciones a Concejo en Santa Marta, pero obtuvo resultados marginales que no le permitieron reposición de votos. Los votos blancos del grupo fueron contados de manera separada, con casillas especiales en el tarjetón, y lograron apenas el 0,04 por ciento del voto válido, cuando el voto blanco en general llegó a 4,55 por ciento. El episodio puede atenuar los temores sobre el abuso mercantil de este tipo de votos.

Pero surgen muchas preguntas: ¿Es legítimo que exista una campaña oficialmente reconocida por el voto blanco? ¿Esto no conlleva el riesgo de desnaturalizar su mensaje? ¿Es una opción válida y de la misma naturaleza que las otras, o es un mecanismo distinto? ¿Existe el riesgo de que sea “apropiado” por algunos grupos o personas para auto-promocionarse?


Mesas de votación en las elecciones de 2010.
Foto: Globovisión

El voto en blanco, por naturaleza, es un mecanismo negativo. Contrariamente al voto por un candidato, no conlleva un mensaje de apoyo a una opción sino de rechazo a todas las existentes. Esto implica que su interpretación esté sujeta a un  amplio margen de discusión.  Por ejemplo, hay matices importantes entre “no apoyar a nadie”, “rechazar a todos” o apoyar a alguien que por alguna razón no es candidato. Por esta razón, es difícil darle un sentido positivo al voto blanco, y de cierta forma, es el riesgo que implica el hecho de  reglamentar demasiado sus efectos, sus modalidades y sobre todo su promoción.

Diversos tipos

Para convencerse de que el voto blanco no tiene siempre el mismo significado, basta con mirar su comportamiento en las últimas elecciones colombianas. Las tasas de voto en blanco varían enormemente según el tipo de elección.

Cuando una elección se da de manera aislada, como las presidenciales, el voto en blanco es muy bajo, simplemente porque los que no están interesados en votar no se desplazan a las urnas. En cambio, cuando se trata de varias elecciones simultáneas como en las legislativas (Senado y Cámara), y sobre todo las locales (Alcaldes, Gobernadores, Concejos y Asambleas), un porcentaje importante de los ciudadanos vota para un tipo de cargo sin interesarse por otros que están en juego al mismo tiempo. Así lo indica el Cuadro 1.

Cuadro 1. Porcentaje de votos blancos en las dos últimas elecciones de cada tipo (click sobre la imagen)

CUADRO 1

De hecho, el voto blanco es un buen termómetro para medir el interés que los ciudadanos atribuyen a los diferentes tipos de elecciones. Los votantes se interesan más en elecciones a los cargos uninominales (Presidente, Alcalde, Gobernador) que a los cuerpos colegiados, y se interesan más en las de alcance nacional (Presidente y Congreso) que de alcance departamental (Gobernadores y Asambleas), con el nivel local ubicado en una posición intermedia.

Como se ve en el Cuadro 1, el orden de preferencias es bastante estable a lo largo del  tiempo. Existe entonces un primer tipo de voto en blanco que podría llamarse “estructural”, que corresponde a una cierta indiferencia por algún tipo de elección, independientemente de los candidatos del momento. Llega a un nivel muy importante, entre el 10 y el 15 por ciento, para la elección menos popular: la de las asambleas departamentales. Con la excepción notable de la elección presidencial, no baja del 3 por ciento de los votos válidos para los otros tipos.

Al lado del voto blanco estructural, existe un segundo tipo, digamos “coyuntural”, que es el más llamativo. Este tipo de voto puede interpretarse como una manifestación de indiferencia o desinterés, como una forma de inconformidad o, incluso, de rechazo a la oferta política del momento. Este voto se da como respuesta a una oferta política particular que dispara su nivel muy por encima de lo habitual.

El mapa del porcentaje de voto blanco por municipio en las elecciones a alcaldes de 2011 nos proporciona un buen ejemplo al respecto (Cuadro 2).

 

Cuadro 2. Porcentaje de voto blanco por municipio en las elecciones de Alcaldes de 2011

En la gran mayoría de los municipios, los votos blancos no pasaron de 5 por ciento, pero hubo un puñado de sitios donde llegó a niveles muy altos. El que más llamó la atención fue el caso de Bello, Antioquia, ciudad donde se presentó un candidato único. La decisión de la Registraduría de rechazar la candidatura de su adversario produjo inconformidad, y los habitantes de Bello usaron el voto en blanco para bloquear la candidatura única. Fue el único municipio donde el voto blanco obtuvo la mayoría absoluta de votos, de manera que la elección tuvo que repetirse.

De los cinco municipios donde el voto blanco pasó del 15 por ciento, tres correspondieron a candidaturas únicas, donde la imposibilidad de elegir realmente causó el rechazo del electorado. En los otros casos parece que una parte substancial de los electores no se identificó con las opciones, sea porque los candidatos eran impopulares, sea porque se despertaron expectativas con una candidatura alternativa que finalmente no pudo concretarse. Estos casos demuestran que el voto en blanco puede ser un arma eficaz para expresar la inconformidad frente a una situación especial, que limita la oferta política.

Indignación y  voto en blanco

No obstante, es importante insistir en que se trata precisamente de situaciones especiales, y que se dan usualmente en el ámbito local. En el ámbito nacional, existe poca posibilidad de que exista una restricción tan significativa de la oferta política que en efecto dé lugar a la  inconformidad generalizada del electorado.

El voto en blanco que hoy indican las encuestas parece reflejar sobre todo el descontento ante asuntos como la corrupción -real o percibida- y cierta sensación de que el debate político no despega y no refleja las aspiraciones de la gente. Esto puede ser de hecho un efecto indirecto del proceso de negociación de La Habana, que por su importancia parece monopolizar el debate en detrimento de otros temas.

Estas manifestaciones más vagas de inconformidad -que no se dirigen a una oferta política específica sino a la “clase política” en general- también pueden traducirse en un alto volumen de votos blancos, pero no al punto de llegar al 50 por ciento en el ámbito nacional.

Uno de los antecedentes más llamativo al respecto fueron las elecciones legislativas de 2001 en Argentina. Estas se dieron en medio de una gravísima crisis financiera, que dos meses después desembocaría en un levantamiento popular y en la renuncia del Presidente de la República. En esta ocasión, el voto blanco llegó a 11,84 por ciento, a lo cual podemos sumar un 14,0 por ciento de votos anulados, a todas luces voluntariamente, como forma de protesta. En este contexto de desesperación, casi un elector de cuatro votó en blanco o anuló el voto. Pero hay que insistir en que este contexto pre insurreccional no se parece ni de lejos a la situación colombiana actual.

De este modo, el efecto del voto blanco en el sentido de volver a hacer la elección es un mecanismo interesante, pero que aplica en realidad para situaciones excepcionales y locales. En situaciones normales y en el ámbito nacional, si el voto blanco alcanza niveles inusuales, tiene sobre todo como efecto socavar la legitimidad de los electos en general sin ofrecer una alternativa

* Profesor y director del Observatorio de Procesos Electorales de la Universidad del Rosario. yann.basset@urosario.edu.co

@yannbasset