Siempre había leído libros con la esperanza de que ahí había algún tesoro, pero al mismo tiempo presentía que era inútil intentar armar algo valioso con las letras, esos vulgares signos predispuestos por otras personas, de una uniformidad castrante, apenas capaces de prestarse para combinaciones limitadísimas.

 

Por / Santiago Sabogal Piñeros

Descubrí al personaje y al narrador en un festival cultural al que me llevaron cuando tenía catorce años. El personaje aún vive; del narrador queda poco.

Se celebraba el aniversario de la revista ElMalpensante en el Gimnasio Moderno, un colegio tradicional de ricos de Bogotá. La grama verdeaba a ras, embellecida con arbusticos desmochados en los que un recorte impecable destacaba la G y la M. En frente se alzaba la construcción principal, una casona victoriana con soportal columnado. Sobre la fachada simétrica, en cuyo centro descansaba un reloj empotrado, surgía un campanario blanco coronado por una cruz. La simetría recargada en su eje con religiosidad y tiempo me incitaba a inclinarme ante la construcción o mearla. Preferí entrar. En los pasillos, copas de vino en mano, intelectualoides armaban corrillos para escupir partículas de conocimiento divino, el mismo diletantismo corriente sin ruido ni riesgo que escupían en un par de conferencias.

Yo pateaba pasillos y salones echando bostezos, con las manos en los bolsillos, cuando advertí una fila larguísima que iba al auditorio principal. Era el evento estelar: la conferencia del tal Fernando Vallejo. Entramos. Una multitud de unas seiscientas personas se puso de pie cuando ingresó la estrella. Hubo una especie de explosión. Disipado el humo, apareció entre una veintena de perros un viejo cargado con un aire místico de desencanto sereno, casi alegre, superior. Pensé en el viejo perro callejero que, echado, mira de reojo y bate la cola tenuemente. Pensé en el anacoreta que contempla el suicidio sonriendo.

Alto, flaco, de rostro impasible con unos sonrosados pliegues en los carrillos, nueve dedos de frente y pelo en mechones entrecanos peinados hacia atrás, se acercó a la tribuna atravesando el ambiente electrizado por los aplausos y chiflidos del público, se acomodó las gafas y leyó: «Colombia es lo peor de la tierra y Antioquia lo peor de Colombia…».

Vallejo interpreta muy bien a Chopin, lo dice Gardeazábal, uno de sus amigos cercanos. Fotografía / Cortesía.

***

 

Olvidé al narrador y al personaje hasta que me volví a topar con el segundo. Ocurrió una noche, a través de un computador. Habían pasado unos siete años. Yo vivía en un tabuco, en una casa antigua del centro de Bogotá, al sur del barrio La Candelaria. No tenía cocina ni baño propios. En la casa había ratones, mucho polvo y un «ángel», decía la casera, el de su hija, que había muerto siendo una niña y ahora llenaba las paredes con fotos y retratos, y cuidaba su impecable parte de la casa, bien separada de las roñosas habitaciones rentadas por donde nunca aparecía.

El tabuco era agobiante, pero salir de noche no era una opción. La zona quedaba desierta. Era fácil ser asesinado. Al oriente estaban los cerros con sus tugurios; al sur, no muy lejos, las plazas de vicio; y al oeste, bajando por una callejuela empedrada cuajada de salpicones de mierda de loco se llegaba a la casa de mi vecino, el presidente de la república.

Estaba, prosigo, en el tabuco agobiante, tumbado en el camastro, mirando al techo mientras oía al tipo de la habitación contigua cantar medio borracho baladas con gritos amanerados, preguntándome si debía pararme para ir a tumbarle la puerta y reventarle la cabeza cuando terminé, por los azares de la internet, oyendo una entrevista de la estrella en YouTube. Era del 2006, año en que lo vi en aquel evento. Le preguntaban cosas de Colombia, de actualidad, de política, en fin… Y el viejo, firme pero sereno, iniciaba refiriéndose al derrumbe que eran para él Colombia y la vida. Los periodistas lo bombardeaban con preguntas capciosas para cagárselo haciéndolo contradecir, igual que los oyentes que llamaban, uno de ellos un formidable viejo de antaño, godo con transparencia, colérico y desencajado que, al borde del síncope, le gritaba «marica» echando espumarajos por entre la caja de dientes batiente, y a todos les contestaba con la misma serenidad. Se podía sentir una corriente de odio enérgico que era burlada con sencillez.

Al día siguiente corrí a buscar algún libro suyo, pensando que podría encontrar algo similar ahí. Conseguí La puta de Babilonia, un ensayo. Siempre había leído libros con la esperanza de que ahí había algún tesoro, pero al mismo tiempo presentía que era inútil intentar armar algo valioso con las letras, esos vulgares signos predispuestos por otras personas, de una uniformidad castrante, apenas capaces de prestarse para combinaciones limitadísimas. Abrí el libraco. Iniciaba con un chorro de adjetivos resonantes sobre la Iglesia católica y se abría paso con furia, avanzando a un ritmo frenético. Las palabras vibraban, se ondulaban, relampagueaban… Una vez los ojos caían ahí, el espíritu se sumergía en un torrente violento tan visual como audible que fluía de párrafo a párrafo sin tropezar con trabazones artificiales. No se leía el texto, se caía en él.

Era una metralleta. Era un chorreón de fuego. Era magia.

Sus columnas sobre la covid 19 le merecieron una despachada por parte del director de El Espectador.

***

 

Terminado ese ensayo, pasé a las novelas. Encontré El desbarrancadero en la casa de mis viejos; caí en él. Además de tener las mismas calidades, estaba lleno de emoción. No sólo me entretenía, también me conmovía, me sacaba carcajadas, y ciertos pasajes sobre ideas que yo compartía, como el horror por la propagación, me hacían repetir con una rabia alegre: «¡Yo siempre he pensado eso mismo! ¿Cómo es posible que lo diga de forma tan sencilla?».

Había encontrado un tesoro en esas novelas. Poco a poco fui por más. Era un ritual ir al centro de la ciudad a comprarlas. Por esos días había abandonado el tabuco para volver a la casa de mis viejos, que quedaba fuera de Bogotá, en Chía, así que me seguía un largo viaje de regreso en Transmilenio y flota, demasiado largo como para no sacar del morral esas maravillas que parecían agitarse ahí atrás, deslumbrarme con las portadas y fisgonear uno que otro pasaje.  Caí en la saga de El río del tiempo, luego, en las secuelas, y con ese y otro tesoro que eran los relatos de Bukowski fui muy feliz en ese tiempo, convencido de que con esos insulsos signos sí se podía hacer magia componiendo combinaciones riquísimas, y como contra éstas poco podía hacer el conocimiento enjaulado en disciplina y vendido en semestres que era la universidad, reduje mis asistencias a lo mínimo para aprobar el curso con notas mediocres y dedicarme a gastarme los días echado en la cama pasándome esas joyas por los ojos con fruición.

Pronto encumbré a Vallejo a mi ídolo literario. Eso me hacía pensar en los de los demás, en especial, por coincidencia de idioma y país, en el ídolo oficial supremo, el Nobel colombiano Gabriel García Márquez y en su obra cumbre oficial Cien años de soledad. La había leído a los trece o catorce años, por el tiempo en que conocí a la estrella, pero no me había dejado ninguna impresión o recuerdo avivado por la emoción más vaga. Era algo que había que leer, pero me había causado la gracia de pasarme una tabla con tres huecos por los ojos. Busqué el libro. Noté varios pasajes resaltados en verde. ¿Por qué los había resaltado? El color me hizo evocar la razón: eran pasajes que me habían parecido aceptables, pero había pensado que no era posible que fueran sólo eso, pues siendo del Nobel tenían que ser magníficos, así que debía reconocer su grandeza. De lo contrario tendría que aceptar que el problema lo tenía yo, un idiota incapaz de ver la genialidad obvia que el mundo aclamaba como recibiendo aire. Confirmaría que con esos pobres signos no había mucho que hacer, porque si esa era la obra cumbre, ¿qué se podía esperar del resto? Tendría que renunciar a esa búsqueda de algo valioso en los libros para terminar de entregarme a la telebasura o los computadores. De todos modos, nunca me sentí tranquilo aceptando esa genialidad. Algo me rechinaba… Pero ahora que tenía mi propio ídolo, me importaba un carajo desconocer al oficial, al de la Academia Sueca, los profesores, las autoridades, la República de Colombia, ustedes y mis padres.

—García Márquez es genial, ¿no? —me dijo mi papá en medio de algún desayuno, iniciando una conversación que se repetiría nueve o diez veces.

—Supongo que sí, pero a mí no me gusta.

—Que no le gusta, ¿dice? —se mandó un trozo de huevo al vuelo— ¿Cómo puede decir…?

—No, me parece ordinario —respondí, sereno—. Digo que seguro es un genio, no por nada se habrá ganado el Nobel, pero a mí no me dice nada, no he leído nada del tipo que me parezca memorable o me divierta o me conmueva o lo que sea…

—Ah, ya está repitiendo lo que dice el maricón resentido del Vallejo. No diga estupideces. Ordinario, ¿dice? ¡Pero si es un genio! ¡Ya quisiera ese maricón ganarse un Nobel! No le da ni en los talones…

—Sí, no me dice nada. Lo leo y me parece estar oyendo al tipo que conduce el bus al que me subo o al que me vende el desayuno en la esquina. Ahora, no entiendo cuál es el problema, ya dije que el tipo tiene que ser un genio… ¿Cómo? Claro, yo hablo por mí, que no soy nadie, un pobre diablo, ¿así está bien?… Tampoco digo que la Academia Sueca y millones de personas están mal mientras que un puñado y yo estamos en lo correcto. Ni siquiera sé si en esto hay algo correcto y algo incorrecto, un ganador y un perdedor como en un campeonato de fútbol. No tengo esa vanidad; por el contrario, me asquea, pero tampoco tengo por qué adherirme a lo que a todos les parece gran cosa. Si a usted le sirve, dejémoslo en que el problema está en mí…

—Bah, ni siquiera lo habrá leído… —me interrumpió.

—Sí, sí, algo leí.

—No, no lo ha leído.

—Sí, leí Cien años y varios cuentos… Ah, y empecé El coronel no tiene quien le escriba, pero no pude seguir. Y lo mismo con otro par… Ahora, tampoco entiendo bien la originalidad que le atribuyen ni tengo muy claro lo del «realismo mágico».

—Eh… ¿No?

—Pues no… Porque de lo poco que he leído entiendo que la novela es ficción. Quiero decir, esas cosas no son verdad, son mentira, o, incluso si todo lo que cuentan o parte de ello es cierto, es irrelevante, porque al fin y al cabo con contarlo en lenguaje literario ya hay artificio, incluso tal vez con el mero hecho de contarlo, pero lo que importa es que tenga verosimilitud. ¿Qué tiene, entonces, de supremamente innovador el «realismo mágico»? ¿Es más mentira, pero más verosímil? ¿O es más colorido, más exótico, más de postal campechana-caribeña?

—Lo dicho, repite lo que dice esa loca histérica.

—Permítame que lo corrija, mi señor: lo que dice el Verdadero Nobel Colombiano… ¡Y no repito nada! ¡Yo hablo lo que me sale de las pelotas!

Fernando Vallejo. Ilustración / RestrepoH

***

 

Pero a medida que leía las nuevas publicaciones del Verdadero Nobel, empezaba a sentir que algo se desgastaba. Debió de ocurrir por los tiempos de Casablanca la bella, en el 2013, pero me tomaría años reconocer que el narrador estaba acabado, pues yo era un fanático.

Criticar celebridades literarias es peligroso, es apostasía. Los ídolos descansan sobre masas de fanáticos adocenados que los defienden mediante ataques, la mayoría, sin embargo, previsibles, mera energía sin la dirección ni el razonamiento sosegado del desprendido, así que los retrucaré con anticipación.

Antes conviene divagar un poco sobre los tipos de crítica contra esas celebridades que pueden aspirar a cierta aceptación. Yo he identificado dos. El primero consiste en llenar hojas con fraseología academicista para deslumbrar a los estudiantes, es decir, a los apiladores de fotocopias, amantes del conocimiento encarcelado en disciplina y vendido en semestres, mecanismo de autoengaño necesario para convencerse de que disciplinas como la literatura se aprenden en una universidad, lo cual ocurre con otras en que también es prescindible ese infierno tibio, como la filosofía. Del tipo académico pululan análisis en internet sobre el Verdadero Nobel. «Autoficción», «desdoblamiento entre narrador y autor», «maromas literarias», «intertextualidades», «homologías», «narrador heterodiegético», en fin, valiosos temas (¡que han dado hasta para tesis de doctorado!) para ser leídos en fotocopias regadas con tinto en un bus camino de una universidad… O para escribirlas, publicarlas y referirlas en una hoja de vida.

El segundo tipo, del que hay un puñado sobre el Verdadero Nobel, es más sencillo: consiste en ser escrito por otra celebridad literaria, de suerte que la firma valide el contenido.

Y esos dos suelen ir combinados con un procedimiento muy básico, que es plagar el texto propio con textos del autor analizado para que éste termine haciendo el trabajo con su genialidad transliterada.

Bien, de la cantidad de escritos que hay de tipo y tipo ninguno ha acertado al explicar por qué el narrador está acabado, o no ha profundizado lo suficiente, con todo y que ese acabamiento sería un trofeo que seguro alzarían gustosas otras celebridades literarias de este país que hasta el momento sólo han lanzado piedras al cielo.

Del primer tipo es, por ejemplo, Fernando Vallejo: demoliciones de un reaccionario de Pablo Montoya. Con un temor académico compensado con la seguridad que otorga la multiplicidad de las citas relaciona, como es costumbre, a Vallejo con Céline. Acierta al señalar como coincidencia la primacía de la emoción sobre las ideas, pero no desarrolla lo importante, la emoción, sino las ideas, ¡y las ideas morales!, disfrazando de crítica literaria un sermón y no dejándonos con ello más que un mundo mejor. Esa triquiñuela tiene poco valor en lo literario, como sugirió el Dorian Gray de Wilde y ridiculizó con laconismo el Gilbert del mismo autor cuando dijo «Todo arte es inmoral» y «Porque la emoción por la emoción es la finalidad del arte». Un efecto provocador similar había logrado el Divino Marqués con mayor sofisticación al titular su magnífico dúo Justine o los infortunios de la virtud y Juliette o las prosperidades del vicio.

El vínculo entre Vallejo y Céline es analizado en lo literario por Jacques Joset en ¿De Louis-Ferdinand a Fernando?, que inicia con la transcripción de un certero párrafo de Alberto Quiroga sobre las similitudes entre los dos autores, entre las que están el ritmo y la narración en primera persona. Joset profundiza en el vínculo analizando procesos estilísticos comunes, «homologías», etc., pero ese vínculo debe ser llevado mucho más lejos.

Del segundo tipo es La esquizofrenia del punto de vista de Juan Gabriel Vásquez, que da por muerto al narrador sin decir mucho. Y sin matarlo. Lo único rescatable es la crítica al ensalzamiento de la narración en primera persona que hace Vallejo y el desprecio por la de tercera, que llega a rayar en lo infantil, pues al final ¿qué relevancia tiene mentir de una forma o de otra?

Para criticar al Verdadero Nobel como narrador ambos tipos son tan inconvenientes como prescindibles, ya que basta con ser un lector inconforme. Por eso las sentencias despreocupadas de los lectores tienen más sentido, pero deben ser profundizadas y explicadas. La más acertada es «Vallejo siempre se repite», una verdad de bulto.

Dejé pendiente retrucar las reacciones de los fanáticos con anticipación. Se me ocurren dos que nunca faltan. La primera es la falacia del argumento de autoridad, Argumentum ad verecundiam o Magister dixit al revés, es decir que lo que se dice no vale por lo que es, sino por quien lo dijo. Y al revés sería, como yo lo formulo, que algo no vale si no lo dijo ninguna autoridad. En el fondo es lo mismo, el valor lo da el que cacarea la crítica, que es lo que mencioné como segundo tipo. Las reacciones de los fanáticos brotarían en la pantalla banal de la internet más o menos así: «¿Y este idiota quién es?», «¿Qué ha escrito para criticar a Vallejo?», «¿Será que también tiene un doctorado honoris causa?», «¿Cuántos premios Rómulo Gallegos ha ganado?», «¡No pierdan el tiempo, no ha escrito puta cosa! Ya averigüé en internet…», «¿Para qué publican a un don nadie? ¿Para qué le dan pantalla?», «Es un pobre diablo, nosotros podemos seguir tranquilos con nuestro dios apoltronado», «¡Medio atrevido hablar así del mejor prosista en español vivo!». Necesitados de autoridad, caen en una falacia argumentativa, la del valor por las credenciales (igual que mi papá con García Márquez por el Nobel).

La segunda forma, que suele ir unida a la primera, consiste en achacarle infundadamente envidia al crítico. «Como no ha escrito una mierda, le tiene envidia al Maestro»… «La envidia de un pobre diablo es lo que huelo»… «Este país está lleno de envidiosos… ¿Por qué se tiene que hacer notar atacando a alguien en vez de escribir algo propio?». ¡Como si atacar a alguien no fuera escribir algo propio!

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***

 

Vallejo corrió los mismos riesgos que Céline y cayó en la trampa del «lirismo» extremo y el culto al «yo»: dejó de contar historias.

Louis-Ferdinand Céline es un gigante proscrito por la literatura oficial, que lo redujo al holograma de un viejo chocho, maldito, antisemita, colaboracionista de los nazis en Francia, para opacar con la sombra vaga de ese monigote descolorido que es el personaje su obra monumental y reducirla a su vez al Viaje al fin de la noche. Todos se han quedado con esa novela, sepultando casi toda su obra con paladas de ideas morales, ¡y en esa novela ni siquiera está la clave de su escritura!

Céline nos paladeó la fórmula de su estilo encumbrando la emoción en las cuatro deliciosas paginitas del prólogo de Guignol´s Band, «¡La emoción lo es todo en la vida!», y desagregó el alma de su estilo en Conversaciones con el Profesor Y, una corta novela de diálogos tan delirantes como didácticos que tiene con un profesor incontinente al que le asquea su soberbia, pues Céline se atreve a proclamarse ante él como el inventor de un estilo: «rendu émotif».

Convencido de la irrupción genial que constituyó su estilo, Céline califica su invención como una «pequeña técnica», no más que un simple truco que consiste en poner en el lenguaje escrito la emoción del hablado… «L’émotion du langage parlé à travers l’écrit!», y equipara el estilo emotivo al lírico ¡dándole al «yo» nada menos que la categoría de ley del género!, nada disparatado dado que a éste lo caracteriza el subjetivismo… «La loi du genre! pas de lyrisme sans «je», Colonel!». Esa tiranía del «yo», para el Profesor pedantería asquerosa, para Céline es pura modestia.

Demostrado está que el summum del «yo» estaba ya en Céline, como única persona narrativa admisible y como tema literario. Algún estudiante malintencionado podría escarbar en su obra para encontrar muchas más similitudes en la del Verdadero Nobel y escribir una tesis que nadie va a leer. Comparar, por ejemplo, el inicio con repetición onomatopéyica del «¡Braúm! ¡Vraúm! (…)» de Guignol´s I con el «¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! La cabeza del niño, mi cabeza, rebotaba contra el embaldosado duro y frío del patio (…)» del inicio de Los días azules, primera novela de Vallejo, con la que comienza El río del tiempo. O la aparición del mismo «¡Bum!», igualito y con repetición, en Guignol´s II: «¡Bum! ¡Bum! Daba miedo a las chicas con su gruesa boca… ¡Bum! ¡Bum!», o de esta otra para referirse, igual que Vallejo, a una resonancia dentro de la cabeza: «¡Es demasiado! ¡Es demasiado! ¡en mi cabeza! ¡Brum!… ¡Brum!… ¡Y brum!», y de repeticiones onomatopéyicas de golpe similares para abrir párrafos en la misma obra.

Esto no tiene mucha importancia, pues la literatura se alimenta de la literatura; las invenciones personales son raras y diminutas, como nos lo dijeron Vallejo en su impresionante Logoi explícitamente y Céline implícitamente cuando supo referirse a su estilo como una invención ínfima. Sirve, eso sí, leer a Céline para curarse del fanatismo vallejiano, en especial para quienes están empezando a leer novelas del colombiano y, embelesados, compran la idea de una originalidad adánica. En todo caso la discusión sobre si Vallejo leyó a Céline o no es inútil, un chisme literario, pues la anticipación del gigante francés en llevar la emotividad, la exacerbación del «yo» y la violencia del ritmo en la prosa al extremo es un hecho. Si lo leyó, tomó mucho de él; y si no lo leyó, la cagó por omisión. En uno y otro caso el francés se le adelantó, y con maestría, por ejemplo, en Guignol´s Band I y en Muerte a crédito, probablemente su mejor novela, una bomba lírica (¡borrada de las librerías!).

Ilustración / La Hojarasca

Vallejo, como Céline, concibe el «yo» como la única forma admisible de narración. Así ha escrito sus novelas y así lo repite infatigablemente en un sonsonete cansón que va unido al ataque al narrador en tercera persona, en especial al omnisciente, con una justificación burda que consiste en que es imposible saber lo que piensan, sienten y hacen los demás y recordarlo para reproducirlo en la obra. Burda, pues, salvo uno que otro episodio, uno tampoco recuerda con nitidez lo que pensó, sintió o hizo la semana pasada, mucho menos cuando era niño, ni ha tenido una vida tan interesante como para dedicarle quince o veinte novelas. Ni Vallejo ni Céline han vivido exactamente lo que dicen en sus novelas, pues no serían novelas.

Y no es que Vallejo no sepa esa obviedad del género, en realidad su argumento contra la omnisciencia es burlón, como anota Vásquez. El mecanismo le parece mentiroso, es todo, o, para ser más preciso, una forma de invención inaceptable, «contra la esencia misma de la experiencia humana», según dijo en La verdad y los géneros narrativos sobre la narración de la muerte del cónsul en Bajo el volcán de Malcolm Lowry. Pero Vallejo se toma el argumento burlón muy en serio, aunque no sea más que una pobre invocación de las características de la cognición humana. Si lo traducimos a una razón literaria, como sí la tenía Céline, recaería en la verosimilitud, y en este ámbito ¿qué más da tener por narrador a un soberbio dios o a un fulano endiosado, ebrio de megalomanía que todo lo ha hecho o conocido por medios artificiosos con los que intenta salvar su conocimiento limitado de los acontecimientos? Todas las personas narrativas mienten; todas pagan el mismo precio de la mentira mal contada: el rechazo natural del lector.

El otro rasgo fundamental compartido es el lirismo. Vallejo relegó el tema para dar primacía al estilo, en especial al ritmo, desde la introducción de su primer libro Logoi: «Y la eufonía, por sobre el sentido mismo, es la gran razón de la literatura», a lo que se suma el subjetivismo extremo de sus novelas, que prevalece sobre la narración de acontecimientos.

Para intentar el encasillamiento en un género tendríamos que hablar de la prosa poética. Que hablen los autores: Vallejo ha insistido en que la poesía debe estar en la prosa, pues hoy el verso no tiene sentido. En entrevista con el diario El País de España en 2002: «La poesía hay que hacerla en la prosa (…) Los versos son sonsonete. Quiero decir los de antes, los que tenían ritmo y rima; en cuanto a los de hoy, son pedacería de frases». Y Céline, en un pequeño tesoro que es la entrevista en radio de Robert Sadoul en 1955 con ocasión de la publicación de Conversaciones: «¿Por qué un poeta escribe en versos? ¿Por qué no escribe en prosa? Prudhomme escribía en versos, naturalmente. Bueno, yo escribo en prosa, naturalmente». Y en sus Cartas de la cárcel repetía «Soy simplemente un poeta».

Ilustración / El Cultural

Los líricos corren un gran riesgo al relegar la narración de acontecimientos. Una vez consiguen la calidad más elevada del estilo, nos embelesan, los aclamamos y se relajan, piensan que eso es todo, que el sello de su estilo vende cualquier cosa. Céline repetía en sus entrevistas que no tenía ningún interés en la literatura distinto a ganarse la vida. Recuerdo libros sosos como De un castillo a otro, sin nada más que su ritmo vertido en sus particulares frases recargadas con signos de admiración, cortadas con puntos suspensivos como frases de cabo roto, y sus continuas alusiones dentro de algunas novelas a la necesidad de llenar las páginas para poder vender. Estilo y nada más.

Fui a Céline para encontrar en el culto al «yo» y al lirismo la trampa en que cayó Vallejo: pensar que el estilo, en especial lo relativo al ritmo, es todo, y dejar, en consecuencia, de preocuparse por contar historias. Dejemos al francés para otro momento.

Hubo un tiempo en que Vallejo sí contaba historias, siempre con un gran componente autobiográfico y sin que faltaran ciertos episodios constantes y devaneos soliloquiados sobre temas como la religión, la política y el idioma. Pero uno sentía que contaba historias, que había temas, tramas, argumentos. Así obtuvo un gran reconocimiento con El río del tiempo y algunas de las secuelas como La virgen de los sicarios y El desbarrancadero, y así continuó por lo menos hasta Mi hermano el alcalde. Calculo que esa fue su última novela interesante. Después no hay nada, está acabado, dejó de contar historias para dedicarse a los mismos episodios autobiográficos y devaneos, y con eso no me refiero a temas, que pueden ser repetidos sin que eso canse si se saben variar los artificios, por ejemplo, insertándolos en historias anodinas o diciendo cosas nuevas, como ocurre con el inmortal tema de la muerte, vicio de los vivos. En esos dos componentes se agotan sus novelas. Y siempre es lo mismo, lo puedo recordar sin necesidad de abrir un solo libro, pues lo he leído millones de veces, con variaciones pobres. Eso sí, con el sello de su estilo y su ritmo, pero con eso no alcanza.

Elegiré los episodios autobiográficos para probar lo que afirmo. Vallejo tiene una fijación con su infancia y personajes y temas asociados a ésta, como su abuela Raquel Pizano, su tío Ovidio el sabelotodo, su abuelo Leonidas Rendón —el que una vez, armado de paciencia, hizo mover a una mula, episodio que hemos leído dos millones de veces—, sus perros y, como no, la infaltable finca de sus abuelos Santa Anita. Con esta finca tiene una obsesión fúrica que no le permite dejarla por fuera de ninguna novela. Es una maldición que lo quema, un espectro que se aparece en las primeras páginas de sus novelas para poseerlas.

Cada quien tiene sus obsesiones, supongo, así que está bien que esté obsesionado con esa finca, pero ¿por qué debería estarlo yo? A mí, la verdad, ya me sabe a mierda. La conozco mejor que el baño de mi casa.

Buscaré al espectro.

A Mi hermano el alcalde le siguió El don de la vida. Lo tengo en mis manos. Estoy aterrorizado, tiemblo, pero me gana el morbo y lo abro. Mi espíritu cae en en el ritmo habitual, fluye en él a medida que voy contando las páginas. Llevo un par, todo va bien… Hasta que llego a la 6 (la 13 en la numeración) y aparece: «La brisa sopla apacible sobre el corredor delantero de Santa Anita, la finca de mis abuelos (…)». ¡Ah, qué aburrimiento! Siento un bajonazo, la decepción de saber que sólo me queda el ritmo. Sigue Casablanca la bella. En la página 16 (25) sale de la nada: «Anoche soñé con Santa Anita. Santa Anita no es una santa, es una finca. De cuatro cuadras con naranjales, guayabales (…)». De nuevo el bajonazo, la decepción. Después publicó ¡Llegaron! Acá el fantasma aparece en el primer párrafo, no deja espacio para la excusa de algún tema, sino que se descara irrumpiendo de entrada. Cuando lo empecé a leer no lo podía creer. Me pregunté si el Nobel habría perdido la memoria. ¿Nos ha contado eso ochocientas veces y publica un libro sobre lo mismo?

El año pasado, 2019, cuatro después de ¡Llegaron!, publicó Memorias de un hijueputa. Cuando leí alguna descripción me puse contento. El tema sonaba lo más alejado posible de algo autobiográfico, las memorias de un tirano que fue presidente de Colombia. Me imaginé una historia novedosa vertida en el ritmo habitual y contada en primera persona, pero alejada de los architrillados episodios autobiográficos. La presentación se realizaría en la Feria del Libro de Bogotá. Llegué una hora y media antes. La fila al auditorio era de unos doscientos metros, atravesaba la feria zigzagueando hasta la entrada. La gente que iba de un pabellón a otro tenía que pedir permiso para atravesarla. Había personas de todas las edades, gente intentando colarse, conatos de riñas bajo el sol picante. «¿Sí alcanzaremos a entrar?», decían, «Ahorita dijeron que sólo caben seiscientas personas, o sea hasta ahí —un tipo señaló un grupo a unos tres metros delante de mí—. Igual intentemos». Era la turba típica que asiste a un evento, gregaria, de personajes con horribles rostros borroneados, como la de un concierto. Cargar las bolsitas con el título del libro impreso les dibujaba una sonrisa de falsa rebeldía. Yo sabía que en ese despliegue había influido el «hijueputa» del título.

Ilustración / Cortesía

Entré. El público electrizado recibió al Nobel con chiflidos y aplausos. Era similar al evento de hace trece años, pero acá había más chusma, más ruido, algún loco pegando de vez en cuando un grito a favor de algún partido político o guerrilla. Así es el vértigo de esta hermosa feria, de lo poco que queda con algo del alma bogotana… El Nobel contaba ahora setentaiséis años. La firmeza y la serenidad seguían presentes, pero también había algo de melancolía. Se veía anciano. El desencanto parecía más una pérdida. Recibí, impasible, sus frases en medio del público transido. El culto a la persona me asqueaba, pero lo apreciaba mucho por su obra. Quería salir de ahí a comprar el libro. Eso hice apenas terminó el show. ¿Qué me importaba que su «yo» contara lo que vivió otro que no existió? Eso esperaba encontrar. Así iniciaba, por suerte, el libro, con la voz del tirano… Pero el espectro apareció en la página 17 (23): «Vuelvo pues a mi abuelo vivo en Santa Anita (…)». No me sorprendió.

Pensé en una palabra. Egotismo: prurito de hablar de sí mismo. La definición es de la RAE, bella por el laconismo. He ahí el tercer factor que jodió al Nobel. Los temas de las últimas novelas son simples excusas; los títulos, engaños. Más temprano que tarde cae en sí mismo. Su finquita me tiene podrido. Y el mismo ejercicio lo pueden hacer con otros espectros, como las diabluras que el narrador hacía con el doctor Flórez Tapia. He leído esas cosas cincuenta millones de veces. Por eso me he preguntado por qué escribe lo mismo. Puede ser por olvido, sumado a que no le interesa revisar lo que ha escrito antes, y por cierta aversión por contar historias que no tienen ninguna relación con lo que ha vivido. Esa aversión la tenía el viejo chocho de Céline, que hablaba de la necesidad de pagar el precio por lo escrito a partir del «yo», lo que hizo incluso con cárcel. En una de esas entrevistas que a veces aparecen en YouTube decía que no concebía otra forma, que lo más fácil sería agarrar un micrófono y dictar una novela de trescientas páginas, una intriga entre una pareja. El entrevistador le pregunta si lo intentaría. Céline le responde «Ah, no. Preferiría morir a hacer una historia como esa. Lo considero muy vulgar».

Ese desinterés del Nobel, el no tomarse la molestia de inventar una historia o de revisar qué ha escrito para evitar repetirlo es un irrespeto al lector. Los autores deberían tomar cierta distancia de lo escrito para aproximarse a su obra como lectores y examinar si dicen algo medio nuevo o no, aunque sea en sus formas, en vez de pasarle esa carga al tercero que compra un libro. La consecuencia ha sido un conjunto de libros prescindibles si uno leyó El río del tiempo y las secuelas hasta Mi hermano el alcalde. Lo demás son pedorreras rítmicas que hacen cobrar todo el sentido a la ley que Nietzsche consagró en Humano, demasiado humano:

  1. Ley draconiana contra los escritores. Un escritor debería ser considerado como un malhechor que no merece, sino en casos muy raros, el perdón o la gracia: esto sería un remedio contra la invasión de los libros.

Caer en las trampas del lirismo extremo (la reducción al ritmo y el culto al «yo»), renunciar a contar historias, despreocuparse por revisar si está contando algo nuevo y el egotismo. Esas cuatro cosas acabaron con el narrador, que encontró el ritmo y se echó a dormir. Al final su «yo» resultó más insolente que su aborrecido narrador omnisciente.

Poco queda: pedos eufónicos.