Las mujeres en Risaralda han sido parte esencial de la creación literaria. Ellas han propuesto otras miradas, otras maneras de contar y de sentir el mundo. Para saldar, en parte, la deuda que se tiene con nuestras creadoras publicamos a partir de hoy tres cuentos –uno cada día– seleccionados por el escritor Jáiber Ladino Guapacha, quien finalizará el domingo 8 de marzo con un ensayo sobre estas obras y sus autoras. Les deseamos una feliz lectura.

El tragabalas

Por / Susana Henao Montoya

Ilustración / Daniela Cuéllar

Me llamo Trinidá Aristizábal. No. Aristizábal no más. Sí. Tres. Mujercitas las tres. Muchos. Aquí hay muchos problemas. Mire usté la calle, y eso que estamos en verano, y allá atrás, en esa finca grande hay una laguna de aguasucia de café, y después otros vienen y preguntan que de qué se enferman los chiquitos. Claro que lo principal no eso, sino la intranquilidá. Y la inseguridá, y el ladronismo. Si usté deja aquí, en el lavadero, la ropa sucia o enjabonada, haga de cuenta que al otro día no la va a encontrar. Pero por lo menos aquí junto a mi casa vive gente muy sana toda. Muy buenos. Todos somos pobres pero honrados. Por lo menos los de aquí. Los desta cuadrita. Si quiere yo le cuento cosas de aquí pa que escriba en sus papelitos. Todos los vecinos me dicen Trini. Yo los dejo porque estamos juntos desde hace porai veinte años, desde que nos vinimos a la carrilera y empezamos a levantar los ranchos. De lo que fuera. Nos ayudábamos parejo. Cuando llegaron a alzar los rieles, ya éramos como treinta familias, fíjese usté, y todas en un lotecito grande, bueno. Cabíamos muy amplios en los lotes, aunque la que menos, tenía tres muchachitos como yo. Las otras tenían de a cuatro y cinco muchachos, pero nos acomodábamos. Uno, la vida entera yendo de un sitio al otro, un mes aquí, un año allí, sin vecinos, sin amigos, aunque sea pa que vayan al entierro diuno y le den la mano a los muchachos chiquitos, y de pronto rancho propio, vecinos propios, uno en su casa, que nadie va a venir a tirarle sus chiritos a la calle. Y después uno se va haciendo ilusiones, que el pavimento, que las amistades, que las costumbres, que los buenos hijos, que esto, que aquello, y todo así, pero dilusión no pasa. Al final va resultando que cada uno agarra por su lado y hace lo que más le conviene y se olvida de los demás, menos pa criticar. Pero eso sí, mucho saludito, mucha charlita, mucho mirar pa la casa diuno. Menos mal que a mí, gracias a Dios, los vecinos que me tocaron, los que están pegaditos a mi casa, son muy buenos, muy honorables, menos los que llegaron después de que alzaron los rieles. El matrimonio con cuatro muchachos y dos muchachitas ya creciditas. Los mayores ya se iban a jornaliar con el papá cuando llegaron. Levantaron el rancho con guadua y esterilla, como todos nosotros, pero ligeritico fueron tumbando y haciendo sus muros de adobe y mire como tienen ya la casita. Y la verde, la de la ventanita salida, esa es la casa de mi comadre Evangelina que no se los ha podido tragar. Claro que es porque ella tiene una muchachita, la ahijada mía muy pispiretica, como madurita biche, muy entonada, hasta buena pal estudio de la primaria, pero pa nada, porque se ennovió con el muchacho diai enseguida, el menor, el tragabalas, pues muy buen mozo, y trabajador, pero mujeriego y sinvergüenza, que se lo diga misiá Berta, que es la de aquí al frente, la más meteloncita de todas, o misiá Margarita, la promotora, que hasta tuvo que ponerle unas inyecciones por una enfermedá que le pegaron en el barrio. Pues yo tampoco me los he tragado nunca y menos desde que el tragabalas se volvió asesino, pero me admiro que son muchachos muy unidos. El día de la madre todos juntan la plata y se la llevan a almorzar tamales o pollo a la plaza, y el que menos le da un corte bien floriado bien alegre, y pal niñodios le compran licuadora, estufa o televisor. Dicen que este año le van a cambiar el que tiene por uno de colores. Mejor dicho, como quien dice, ya son casi ricos, y yo voy a esperar a que vendan el de blanco y negro, pero no sé cómo hacer. La plata la tengo, como pa ofrecer compra sí tengo, pero ellos ya no me hablan a mí ni a las muchachas. Los hijos unidos son bendición de Dios, diga usté si no. Puede que el marido sea un vagamundo, pero los hijos siempre se van con la mamá y le dan la mano y la ayudan y le levantan los platanitos de todos los días. Pero bueno, lo que yo quiero contarle es del tragabalas, lo que pasó hace como seis meses ya. A mi marido no le gusta que yo ande contando eso y a mí me tampoco me gusta hablar deso, pero es que no me lo quito de la cabeza. A Otavio no le gusta que yo mire por el postigo, pero todo está tan inseguro ques mejor mirar lo que está pasando afuera, diga si no. Él dice que no, que mientras no sea con uno, uno no tiene que meterse en nada. Pero yo no creo, y más desde ese día. A mí me gusta saber lo que pasa en todas partes. Ojalá estuviera desocupada que me iría todo el día pa la iglesia o la plaza a oír lo que la gente diga. Mejor dicho más me había gustado ser hombre y meterme a cura porque así uno se da cuenta de lo que pasa hasta en la cabeza de la gente y uno podía aconsejar y ayudar, o a lo menos estar preparado pa lo que los malos van a hacer. Diga usté que si uno siente tronar va y se asoma al patio y mira al cielo, y si es del caso le prende una vela a santa Clara o entra la ropa o cierra la ventana, o limpia bien las zanjas, asegún lo que uno vea en el cielo, pero no oye el trueno y se queda manicruzado, diga si no. Y así es todo en la vida. Lo que uno oye afuera, pues uno se asoma. Uno se tiene que asomar. Cualquiera. Y esto es lo que le digo a Otavio y lo mismo que le dije a la Policía cuando vinieron a ver quién sabía alguna cosa de lo que pasó. Yo dije que yo. En ese momentico no me tembló la lengua pa decir que yo había visto, pero después cuando fui a la inspeción, y yo ahí sentada y la policía preguntando y volviendo a preguntar, y que si estaba segura, y como queriéndome hacer decir cosas que yo no había dicho, hasta que me confundieron y yo dije que lo dicho, dicho estaba, ahí si me arrepentí de haber abierto la bocota. Claro que ya nada se podía hacer, y además como el tragabalas se entregó por propia voluntá y entonces yo no lo padía hundir más de lo quel mismo se había hundido, me quedé tranquila. Así como le estoy contando a usté le conté a ellos y el tipo no me habla, ni la mamá, ni los hermanos. Ninguno de ellos me habla y me hacen la guerra. A usté misma le debieron haber hecho cuentos, yo estoy segura que a ellos no les importa que lo que usté viene a hacer son sus tareas y que eso no tiene que ver con las amistades de la gente sino con los problemas de cada uno y le apuesto que nada le dijeron del problemita del tragabalas. Siempre es bueno les dé vergüenza, pero fijo que sí le vinieron a decir de mí y de los pollos míos, que se les pasan pal patio y les ensucia la ropa tendida. Fíjese quel otro día me iban a robar un pollo. Como a las cinco de la mañana. Yo ya estaba moliendo cuando vi al tipo que pasó corriendo y se encontró el pollo que estaba atravesando la calle y lo recogió y siguió corriendo como si nada, como si se hubiera agachado a rascarse o a arreglarse el zapato. Eso fue por el mismo camino que vino el muerto. Y cómo le parece que yo y unos muchachos que ya salían pal trabajo comenzamos a gritar que soltara el pollo, y allá adelante iba un hermano del tragabalas y en vez de parar al ladrón le dijo siga hermano, yo lo alcancé a oír porque dijo bien duro, pero el ladrón se asustó y seguro creyó que era una amenaza y soltó el pollo, y el hombre en vez de echarle mano, dio un zapatazo en el suelo y el pollo voló por el cafetal y casi no lo agarramos entre todos. Así que la gente de aquí no es como antes. Cuando esa gente llegó hasta me caían en gracia, y más cuando el menor, el tragabalas, se tragó la bala y se fue secando, secando hasta que se puso como un esqueletico todo amarillo. Nadie daba un peso por el muchachito, ni yo que me había apegado a él. Pero viéndolo que ni palante ni patrás, la mamá ya tenía ganas de que Midiós se lo llevara ligero, si no lo tenía pa este mundo porque parecía un bombillo todo el día parado porai con el dedo en la boca, y ofreció una promesa y se fue a pedir limosna a la plaza, porque así era la promesa, y le compró un hábito de la Virgen del Carmen y se lo puso un año enterito y el muchachito empezó a comer y a engordar y quedó como si no le hubiera pasado nada y más grande y más gordo que los hermanos, ojalá usté lo viera cuando venga. Yo por eso soy tan devota de la Virgen del Carmen y ahí tengo un cuadrito della y no le falta su buena veladora. Siempre le pido salud y que a Otavio no le falte el trabajo que lo demás son pendejadas. El día del muerto yo oí el bochinche antesitico de las cuatro. Otavio ni siquiera se había levantado y yo salí de la cocina y me asomé por la ventana y vi que salían todos ellos y que corretiaban un tipo pal lado del río. El tragabalas se devolvió diciendo que él no se tragaba el cuento de que había ido a ver si le daban café, ni que trabajaba ni que nada, que dizque porque a la legua se le veía la pinta de ladrón. La mamá estaba ahí en la puerta, sí, muy pálida, y yo le pregunté que qué pasó y dijo que vio al tipo adentro parado en la sala y que ella creyó que le iba a echar mano a la licuadora y que pegó el grito y los muchachos se botaron de la cama y lo sacaron corriendo y que el hombre era tan descarado que había dicho que entró porque vio entreabierto, a ver si le daban cafecito, porque apenas venía de Montenegro a conseguir trabajo, y que como estaba oliendo a café él había entrado. Yo me metí en la casa apenas aparecieron los muchachos, a seguir con mis destinos, pero oí al tragabalas mentando madres a la lata y diciendo que por eso era el ladronismo, porque los hombres no se amarraban los calzones y acababan con esa chusma. Después los oí que se fueron calmando y que todo quedó como si nada, pero yo seguía oyendo un ruidito ahí afuera. O no ruidito, sino más bien todo como muy callado, como muy raro, pero Otavio me prohibió que me asomara.  Yo no podía ver, pero sí sentía el bulto ahí recostado en la paré de mi casa. Y como un escarbadito en la tierra que no era de los pollos, otavio se fue a buscar café a la cocina y yo no abrí para quel no me oyera, pero sí me asomé por la rendija de la ventana y casi me muero del susto cuando ví el tragabalas ahí escondido con el machete pelado en la mano, fumándose un pucho, seguro por el frío tan verriondo que estaba haciendo. Me quité pasitico de la ventana y le dije a Otavio que saliera a ver que era, pero él dijo que eso no era cosa dél ni mía y que me fuera pa la cocina que lo iba a salir despachando sin arepa. Y ahí fue cuando oí los gritos de no me mate, no me mate que yo no hice nada malo. Ahí me martillea ese grito todavía en el oído, y cuando me asomé, ahí estaba al frente de mi casa y los hermanos venían corriendo y le decían déjelo güevón que lo va a matar, pero el tipo no lo dejaba y le seguía dando machetazos, y lo agarraron a patadas pa que se calmara y los amenazó también a ellos con el machete y les gritó que si era que no tenían corazón y no les dolía la madre, que defendían a ese hijueputa que casi la mata del susto. El tipo ya estaba caído y yo oí que pedía agua o café, yo no lentendía bien porque siempre había caído lejitos de la ventana y mentré a llevarle el café y cuando llegué apenas pude mojarlo los labios porque ya estaba muerto. Otavio estaba enfurecido conmigo y me pegó un estrujón que me hizo echar el café caliente encima y me dijo que cogiera oficio, que yo era una vieja marica, que a mí que minportaba o que si me estaba creyendo sargento o qué. A mí se me salían las lágrimas, pero no por los insultos. Eso no minporta, yo ya estoy curada, sino por el muerto. Jovencito. Nunca lo había visto. Seguro que sí era forastero. No tenía más de dieciocho años y no olía a borracho y no tenía pinta de bazuquero. Si el maldito Otavio se hubiera ido yo había salido antes de que llegara la policía y le había buscado en el bolsillo, a ver si tenía afotos o alguna direción, pero el maldito no se fue, a lo mejor porque sabía que apenas él voltiara yo volaba pa fuera. Se quedó y dijo que yo no salía hasta que se llevaran ese muerto de ahí. Al ratico oí la voz de misiá Berta, la vecina que le digo que conoce todo aquí, y oí que se amontonaba gente y que como a las siete bajó la policía y ahí sí el Otavio abrió la puerta y dijo que le había cogido el día y se largó a trabajar. Yo le volví a ver la cara. Nadie se la había tapado y me moría de pesar. Menos mal que no tuve hijos varones. Son más verriondos y uno con hombre en la casa no le falta la papa, pero yo prefiero mis muchachas. O será porque ninguna me ha traído todavía barrigones pa que se los críe. Pobre madre. Nunca va a volver a ver al muchacho y quién sabe si todavía lo estará esperando porque nadie supo al fin quién era. Yo todas las noches voy y le pongo un vaso con agua ahí donde cayó y viera que todos los días amanece mermado, casi vacío. Será que ése es el consuelo mío. Calmarle la sed a esa pobre alma en pena. La policía le preguntaba a todo el mundo si había visto algo y nadie dijo nada y yo también me quedé callada y dijeron que iban a venir a intego… eso. A todos, pero todo el mundo mudo, con la lengua tragada. Ahí estaba también la mamá del tragabalas, sentada en esa banquito, como si nada, como si la cosa no fuera con ella, haciéndose la pendeja, sin mirarme a mí porque ella sabía que yo sí sabía todo. Yo no sé explicar lo que me dio. Rabia, pesar, miedo y no sabía si abrir la boca o quedarme callada. Me acordé de Otavio, pero le hice señas a un policía y él me dijo que al otro día fuera a la inspeción a las ocho en punto y que si no iba venían por mí con policías y apuntó mi nombre en un papelito parecido a los suyos y dijo que firmara. Yo tenía tanta rabia viendo la vieja ahí sentada, y por todo lo que había pasado, que no puse el nombre sino que puse una equis. No tenía cabeza pa ponerme a escribir mi nombre que todavía me da mucho trabajo por lo largo. Pero hay cosas raras, vea usté. Uno no cree y menos de la gente mala, pero como a las once vino el tragabalas y habló con la mamá y se cambió de ropa y se fue a entregar. Yo no lo vi triste ni arrepentido, ni asustado y además cuando pasó por el frente de la casa de misiá Berta y los muchachos le preguntaron que pa dónde iba tan cachaco en día martes, él dijo que se iba a entregar, pero que volvía ligerito porque lo único que había hecho era despachar una porquería del mundo, esas son las mismitas palabras que dijo porque así me dijo misiá Berta que dijo y yo le creo a ella lo que dice. Con razón que llevaba la cara tan tranquila si ni siquiera le remordía la conciencia. Cuando yo fui a dar la declaración ya tenían otros papeles y me preguntaron que si verdá que los hermanos habían ayudado a dar machete y que si el hombre llevaba la licuadora y que si aporrió a la mamá y otro poco de embustes que quién sabe quién les dijo. Yo contestaba sin quitar ni poner y ellos escribían y al final yo puse mi nombre ques lo único que sé escribir porque desde los diez años la mula de mi mamá me puso a hacer oficio y a los quince ya estaba casada y todo paqué si uno se sale de la casa y después le va peor. Pero bueno, no me quejo que aquí estoy vivita y coliando y si una de las niñas se me va pa los Estadosunidos, que una amiga le va a ayudar, pues la situación se mejora aunque sea pa la vejez. Ya se le está acabando su papelito niña. El cuento también se acabó. Si usté viera el tragabalas ahora. Pasa como si fuera el alcalde o el presidente. Lo encerraron dos meses y lo soltaron que porque fue en defensa propia y viera que le llueven las mujeres, más que antes. Hasta la ahijada mía, sinvergüenza esa, sigue tragada dél y la gente sigue diciendo por detrás asesino, pero ahora lo pasa mejor que antes. Las mujeres ya no somos como las antiguas. Pero venga, si usté quiere se queda y yo le cuento otras cosas que han pasado aquí y usté me acompaña mientras despreso el pollo que ya le sentencié muerte y si no cumplo, ahí sí se muere de enfermo o me lo roban de verdá.

 


Susana Henao Montoya. “El tragabalas”. En: Antesala del Paraíso y otros cuentos. Risaralda Cultural, 1993, pp. 1-10. Colección de Escritores de Risaralda, No. 12.

“El tragabalas” fue finalista en el Concurso Nacional de Cuento Carlos Castro Saavedra, 1990