“Aquí nos falta alguien”, con letra desigual se lee un escrito en la espalda de otro alguien que rememora a quien está ausente. No sabemos quién es esa ausencia, qué significaba para los suyos, mucho menos sabremos quién se encargó de anular sus pasos sobre la tierra, esa misma que hoy lo abriga.

Por Antonio Molina

Fotografías de Santiago Ramírez

Pero esa serpiente llena de humanidad –peligrosa para aquel transeúnte que habita en la indiferencia, en el olvido y en la apatía– no muerde, apenas sí hace un ruido estridente con el cascabeleo de la batucada que vomita espasmos sonoros para despertar a toda una sociedad acomodada en la despreocupación.

¿Pero por qué marcha esta gente en una tarde soleada que promete lluvia? “Para capitalizar la indignación… es importante que la gente vea que estamos preocupados”, “marcho por la paz del país, porque se aminore tanto asesinato de líderes sociales”, “porque quiero ver la mano de hipócritas uribistas que hay ahora metidos ahí en la marcha”, “para hacer visible este problema grave que tiene el país y el que muchas instituciones no quieren reconocer”, “por la defensa de nuestros líderes sociales que no pueden ser asesinados tan impunemente”, “porque no han sido 780 ni 800, ha sido una larga cadena de líderes comunales, sindicales, académicos, campesinos… asesinados una y otra vez”, “estamos marchando en defensa de la vida, en defensa de los líderes sociales… no más líderes muertos, porque todo voz que se apague en el país hace falta para las comunidades”, “marchamos porque están acabando con todo el talento humano y tenemos que marchar por la vida”, “marcho para que este país deje de ser tan bruto y mate a la gente buena”, “por la vida, por amar, por cuidar esta vida, por reivindicar, por soñar, por creer que otro mundo es posible” y “para hacer parte de la sociedad hay que hacer parte de los movimientos y movilizarse porque el gobierno no está haciendo lo que se debe”. Lo demás es silencio.

Movilización 26 de julio

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Allí, en una orilla de la estela que deja la escurridiza línea zigzagueante, Walter permanece estático al lado de una carreta donde se ven docenas de artilugios tecnológicos o accesorios para teléfonos celulares. Él vende… y marcha, vendió hoy y vendió mucho más dos días atrás mientras la multitudinaria serpiente profesoral también se escurría por estas calles pobladas por los apáticos.  Es un vendedor en marcha. Pero también es una víctima, por eso mismo marcha y vende, vende y marcha, porque el aliento amargo de la muerte le respira en la nuca en su huida de varios años desde su natal Medellín, trasegando por las mortales carreteras del Chocó o los fértiles campos del Quindío. Marcha y vende en Pereira desde hace dos meses.

Hoy ha vendido cuatro estuches y cinco pantallas protectoras, no tanto como hace dos días, pero no importa. O sí importa, porque de sus ventas depende la “comidita” de su familia, como lo dice cuando se desinhibe. “Huyo para que no me maten por luchar lo que uno quiere”. Huye y se camufla entre marchas que reivindican derechos, de otros, no importa, pero esos derechos son reflejo de los derechos propios, de eso que pide ante una justicia que él mismo califica como corrupta. “Yo estoy aquí por eso… porque la Fiscalía no actuó y los investigadores que llevaban mi caso vendieron el caso a los que me estaban buscando”. Siente ira y rencor, ganas de tomar justicia por su propia mano, pero lo detiene la llamarada inapagable que generan otros perseguidos como él que dejaron de creer en la justicia, otros que dejaron de ser víctimas para convertirse en victimarios, en un carrusel sinfín que tan poco importa, pero tanto daña.

“Como líder social llevo diez amenazas en los últimos diez años”, dice Joaquín mientras sostiene un papel que dice: “Por el derecho a la libre expresión”. Viene de Marsella, un poblado cafetero distante solo 50 minutos de Pereira. ¿Por qué lo amenazan? “Por estar denunciando la corrupción… por ser un obstáculo… por participar de un partido político de centro izquierda… por ser representante de las víctimas”. Joaquín se aferra a un trozo de papel que expone todo lo que denuncia, unas palabras extraviadas en el rumor vespertino de quienes se preguntan por qué marchan estos.

La serpiente termina su zigzagueo en una plaza decorada con zapatos de colores representativos de tantos centenares de asesinatos en los meses recientes, huellas que tapizan la antesala de una ciudad descreída de la muerte ajena. Ni el asfalto, ni la lluvia, mucho menos la indiferencia, detienen su ondulante avanzar hasta lograr que esa voz retumbe en las conciencias de esos mismos que con el silencio arman el fuego alucinante que corta tantas vidas.

Usted, ¿por qué marcha?