Sujetos agrietados

¿Dónde quedan los otros? Son objetos, valores de consumo y uso que van y vienen por la vida. El otro es una amenaza que restringe la libertad del deseo y solo sirve en la medida que es un medio para alcanzar el goce.

 

Por / Christian Camilo Galeano Benjumea

Las fronteras del pensamiento y la sensibilidad se tensan con una crisis que nos hace reflexionar qué tanto va a cambiar el ser humano después de esta pandemia. Jugamos con la imaginación al especular si realmente puede haber una trasformación en la forma como producimos y consumimos o, simplemente, continuaremos bajo las mismas dinámicas de supuesto desarrollo.

Las preguntas se formulan una y otra vez, mientras se observa con desconfianza el presente y el futuro de la humanidad desde el encierro, no tan voluntario, al que hemos sido recluidos.

La vida cotidiana ha roto su ritmo gracias a un virus que terminó por reducir la vida a cuatro paredes y apartar aún más a las demás personas. El movimiento desenfrenado al que estábamos habituados dio paso a una quietud que supone, al parecer, un profundo impacto a la subjetividad del siglo XXI.

Si la represión fue el síntoma de finales del siglo XIX y principios del veinte, como lo atestiguaban los numerosos casos de histeria, la otra mitad de siglo y este casi cuarto del XXI, se mueven entre la libertad absoluta del deseo y la depresión, bajo el telón de un neoliberalismo en crisis.

No hay mercancía que logre colmar el apetito de los individuos, cada objeto que compra detona el deseo compulsivo de comprar más y más; vivimos sujetos a las mercancías. La vida se organiza a partir de estos impulsos, las relaciones con los otros y el medio se desfiguran al tiempo que todo pasa a ser una mercancía.

Ilustración / Juventud Rebelde

¿Dónde quedan los otros? Son objetos, valores de consumo y uso que van y vienen por la vida. El otro es una amenaza que restringe la libertad del deseo y solo sirve en la medida que es un medio para alcanzar el goce.

La modernidad construyó a medio camino, porque le dio las condiciones para pensar por sí mismo. Las relaciones con el otro naufragan porque el sujeto de la producción nació sordo, el diálogo con el otro resulta nocivo.

Los conflictos emergen si se tiene en cuenta que a pesar de la amenaza que representa el otro, este es la condición necesaria para la construcción de un espacio en común. El otro es indispensable en la vida del sujeto; no obstante, el medio agudiza las contradicciones entre unos y otros.

La paradoja de este individualismo es que termina por estar condenando a la soledad a hombres y mujeres, ya que no pueden construir relaciones más allá de las instrumentales. El amor, la amistad y la camaradería están condenadas a fracasar.

No sorprenden los golpes, la impaciencia y la violencia durante este confinamiento, en la medida que se han fabricado sujetos que se perturban y desfiguran en la cotidianidad.

Educados para trabajar, se ha borrado del sujeto la emocionalidad y la inteligencia, dejando solo la manía de adquirir mercancías a costa de las relaciones; el encierro es una condena que nos sitúa frente al otro.

Confinados o en las calles, la mirada del otro (como la medusa de la mitología griega) nos petrifica y convierte en objetos. Las relaciones que establecemos con los individuos son precarias, en tanto que solo son soportadas por breves periodos de tiempo bajo las necesidades del mercado; eludimos a los otros en la cotidianidad, su contacto lo reservamos a la virtualidad.

Pero este nuevo territorio está infestado por espejismos que no permiten comunicarnos efectivamente con los demás.

No se equivocaba el filósofo francés Baudrillard, al denunciar el asesinato de lo real, por esa saturación de imágenes de las personas a través de los medios, imágenes que se van superponiendo una tras otra en la cotidianidad, mientras el mundo desaparece. Estas imágenes hacen soportable al otro, lo ubican en una sana distancia donde no puede afectar los intereses del sujeto.

La pandemia fracturó esas cotidianidad virtual y veloz en la que los sujetos viven, obligándolos a guardar un encierro que los sitúa frente a frente o, mejor dicho, cuerpo a cuerpo con los otros.

Sin embargo, el mundo virtual no se detiene, el aumento de contenidos en las redes es notable; el mundo digital es la ventana por donde los sujetos ríen, gritan, lloran y suplican desesperadamente.

Ilustración / Pixabay

Si las redes mantienen una distancia prudente, la crisis generada por la pandemia obliga a anular el cuerpo, tapar la boca, restringir el contacto y la circulación totalmente en pro de una inmunidad que termine por encerrar los cuerpos y las mentes, como bien señala el pensador Paul Preciado. La pandemia nos acerca al ideal de una sociedad de cuerpos dóciles y sujetos al mercado.

De ahí que no sea extraña la forma en la que el Estado se ha enfrentado a la pandemia. Por una parte, obliga a un encierro voluntario a costa del contagio o una multa; al tiempo que busca la forma de ocultar las brechas sociales y económicas que siempre han existido. Pese al esfuerzo, la pandemia hace evidente las desigualdades sociales y las contradicciones individuales.

Al interior de este cuadro patológico de la subjetividad resalta el miedo como motor permanente del sujeto. Temerosos ante la posibilidad continua de perder lo poco que tienen, los sujetos se retraen, buscan proteger aquellas pequeñas garantías de seguridad.

No obstante, el neoliberalismo es un torbellino que amenaza los frágiles fortines donde se ocultan los sujetos, que ante los peligros huyen, dejando atrás al mundo, las ideas y la comunidad. La vida para estos sujetos es una carrera sin meta, donde cualquier error implica el fracaso, que no es otra cosa que la muerte en vida. Vivir es una carrera perdida contra el miedo.

Los Estados saben de las virtudes del miedo al explotarlas en sus máximas proporciones, a través de enemigos imaginarios o reales. No importa que sea un virus diminuto o un enemigo que amenace el orden, ambos son útiles en la medida de que cierran el horizonte político de los ciudadanos.

Los debates y las ideas políticas se clausuran ante la supuesta amenaza que borra de las bocas cualquier idea diferente a la establecida. El miedo hace que los sujetos caminen, a pesar de la cercanía física, alejados unos de otros.

Ahora con el Covid-19, las calles se clausuran, los cuerpos se encierran y temen cualquier forma de contagio; se respira y vive el miedo con mayor intensidad. Todo gira alrededor del virus y la muerte. Los ciudadanos claman seguridad y encierro; el Estado responde con vigilancia y caos.

Algo es indudable, el sujeto de este siglo se transforma, no tenemos certeza a dónde va a parar, pero cambia.  Si el siglo XXI gestó un individuo solitario en busca de su goce, es preciso pensar y construir un individuo más complejo, consciente de su individualidad, de la relación con los otros y con el entorno.

Solo queda invitar al encuentro físico o virtual con el otro, para pensar los espacios que nos pertenecen a todos y ahora han sido clausurados, las calles, los salones, los cafés…recuperarlos a través del diálogo, como antesala a la construcción de esos nuevos horizontes sociales y políticos que la pandemia hace posible pensar.

Ilustración / Forbes

En realidad, no hay certeza a dónde vaya a parar el ser humano con esta crisis o sin ella, pero este virus sirve como un espejo roto que devela una faceta, entre muchas, de la condición humana. Sujetos al miedo, estamos aislados y somos vulnerables; sujetos a la pandemia, con la posibilidad de pensar la existencia, podemos deconstruir las formas cotidianas de vivir y morir.

@christian1090

ccgaleano@utp.edu.co