Tamaná, sonido de tambores nocturnos

Una bandada de diostedé vuela paralelo al río, en una zona donde nada parece llegar del cielo, salvo la abundante lluvia. El caserío ribereño más cercano se llama Juntas de Tamaná, donde no más de 600 personas ven pasar a estos tucanes del mismo modo como vuelan las esperanzas de que algún dios se apiade por su malestar.

Las calles arman una geografía desparramada, con terrenos irregulares y llenos de promontorios por donde corren los riachuelos de la lluvia.

Texto: Antonio Molina. Fotografías: Rodrigo Grajales

Carlos Holguín Mallarino fue presidente de Colombia al terminar el siglo 19 y nació en el municipio de Nóvita, Chocó, el departamento más olvidado de Colombia, donde vivía su rica familia, la misma que dio al país otros dos presidentes (un hermano y un tío suyos) y de la que desciende la actual canciller colombiana.

Holguín todavía se recuerda por haber regalado a la reina María Cristina de España el llamado Tesoro Quimbaya compuesto por 122 piezas. Así, sin más, incluso sin permiso del Congreso, como lo estipulaba la legislación de ese momento. Un regalo que todavía le duele a Colombia y sigue en pleito con España.

Hoy a Nóvita nadie le regala mayor cosa. De hecho, pareciera andar a la deriva con las multinacionales mineras rondándola para explotar las ricas fuentes de oro, a la espera quizá de otro presidente que les conceda la explotación de este nuevo tesoro que en la actualidad usufructúan de manera informal miles de hombres, trabajando sin pausa alrededor de incontables dragas y máquinas retroexcavadoras ubicadas casi siempre en las orillas de los ríos.

La población negra, mayoritaria en esta zona del país, llegó con el fin de servir en la extracción del oro, inicialmente a través de vetas y luego por la más extendida técnica del lavado o mazamorreo. De hecho, desde el año 1600 los esclavos africanos llegaron al territorio colombiano para trabajar la minería en arduas jornadas que los diezmaban, tanto que en 1781 ya se había constituido en Nóvita el primer palenque con esclavos negros que huían del maltrato al que eran sometidos durante el trabajo en hondonadas y ríos.

Uno de esos ríos es el Tamaná, una corriente indomable como casi todas las del selvático Chocó. Contaminado casi desde su origen por la actividad minera, cruza el área rural del municipio esparciendo sus fangosas aguas en medio de barrancos que en varios tramos son paredes de roca viva con hasta diez metros de altura.

Las huellas de la guerra se enquistan en las paredes así como en la piel de los habitantes de Juntas de Tamaná.

Una rápida avenida líquida que muchos temen debido al número crecido de ahogados que anida en sus aguas, forzada vía de comunicación para la comunidad que debe navegar en lanchas con motor fuera de borda bajo la mirada inquisidora de varios actores del conflicto armado, entre ellos el Ejército nacional, las bandas criminales residuo del nunca desaparecido paramilitarismo y las guerrillas de izquierda, como el Ejército de Liberación Nacional –ELN–.

La del Tamaná es una cuenca conflictiva por su importancia estratégica –sus aguas van al río San Juan y de allí al Océano Pacífico–, los ricos yacimientos de oro que siglos de explotación artesanal no han agotado y, para complicar el panorama, los extensos cultivos de coca.

 

Un canto en la orilla

Juntas de Tamaná o Juntas, como mejor se le conoce, es uno de los 14 corregimientos de Nóvita. Su casco urbano es un laberinto con forma de T que cuenta con calles irregulares, un caserío al que, luego de desembarcar en una lancha con motor, se accede a través de unas descuidadas escalinatas que conducen desde la orilla del río Tamaná.

Dos centenares de casas, la mayoría de ellas en madera, se apiñan sin orden para albergar a una población que rara vez conoce el rostro del Estado, de hecho, un concepto que pareciera inexistente en un territorio donde la autoridad en este momento la ejerce el Frente Che Guevara del ELN, perteneciente a su vez al Frente Occidental de Guerra que tiene como vocero al autodenominado Comandante Uriel, un hombre con formación universitaria que ha convertido las redes sociales en escenario para mostrar sus acciones y posición sobre el proceso de diálogo con el Estado colombiano, frenado durante dos meses y que apenas reinicia. A pesar de ello, la comunidad siempre piensa en la posibilidad de paz.

Al indagarlos, pocos de los habitantes dan su nombre completo o prefieren omitirlo, debido a que la desconfianza es el síntoma general luego de vivir durante más de dos décadas una guerra que en silencio ansían termine pronto.

La iglesia de San Onofre es la edificación más alta, hecha con materiales duraderos. Un extraño milagro en medio de centenares de casas construidas en madera. Solo el colegio, de una sola planta, y alguna casa de dos pisos, tienen una estructura tan elaborada.

Sobre el mar de oxidadas latas de zinc que cumplen la función de techo, el sol sigue su ronda, evaporando en algo la constante lluvia que convierte las estrechas calles en lodazales que la gente trata de resguardar con un tendal de plásticos que van de una casa a otra, para en algo detener la acción de las gotas.

En un extremo de la calle comercial –poblada con tiendas de abarrotes y venta de mercancías– está el templo católico dedicado a San Onofre, patrón del lugar, una de las pocas edificaciones que luce en relativo buen estado. Adentro un pesebre, residuo de la recién pasada temporada navideña, es presidido por una figura del niño dios de ojos claros.

Al salir, José, un hombre maduro sentado diagonal a la iglesia, comenta que el diácono no está y esperan su regreso en unos días. Sin embargo, quién sabe de qué manera, las puertas del templo permanecen abiertas como refugio para quien busca el recogimiento.

Durante el día, el sopor en Juntas se interrumpe de vez en cuando por alguna voz de llamado o los gritos de niños que juegan en la cancha de fútbol, casi del tamaño reglamentario, pero cubierta de polvo y rica en baches.

Vivir, sobrevivir

Honorio, un hombre que luce más viejo de lo que sus 52 años podrían dejar relucir, para en un recodo de una callejuela aledaña a la calle principal para ofrecer a la venta unos plátanos, malanga y papa china, alimentos fundamentales en esta región donde la carne poco se ve en la dieta, a menos que sea el fruto de la caza.

Las montañas son el otro límite de Juntas, un poblado que se comunica con el mundo a través de un río que a cada tanto cobra con vidas su servicio.

Esquivo al diálogo, responde con monosílabos a las preguntas, pero luego entra en detalles sobre su tierrita, con menos de una cuadra de cultivos y ubicada en las laderas aledañas al poblado. Le gusta la agricultura, pero dice con tristeza que es difícil vender porque la gente quiere todo a precio muy bajo, en contraste con productos como una gaseosa dos litros que vale 10.000 pesos (casi 4 dólares). Se detiene un momento y esquivo de nuevo sigue su camino gritando plátaaaaaaaano…

En Juntas el tiempo no se mide, se hace tan poco que no es extraño que a uno le pregunten la hora a cada rato. El tiempo es una medida de los visitantes, pero no de los lugareños, adormilados en una especie de modorra que tan solo se interrumpe a las seis de la tarde, cuando la planta eléctrica es encendida y los picós salen a relucir con todo su vataje.

El entorno cambia por completo y el sabor afro rueda por las calles bañadas por un aguacero soberbio que compite en vano por aplacar la música que desde la distancia se escucha con nitidez.

Vamo’ a brindar a los negros, vamo’ a brindar a los negros

los negros del malecón…

porque sin negro no hay, sin negro no hay

la Rumba ni Guaguancó.

Durante cuatro horas, en una pasajera epifanía, el cielo de tambores se toma las callejuelas e inunda todas las habitaciones. Un paraíso de alegría que a las 10 en punto de la noche se postra ante el renovado silencio de las voces y el redescubrimiento de los sonidos nocturnos de la selva próxima. La planta eléctrica queda silenciosa, allá atrás, junto a la sede del colegio construido con una sola planta en L.

Todo cambia en minutos, hasta la lluvia tiene ritmo y compite con la música para gritar al viento quién se hace escuchar más lejos. La calle solitaria parece tener vida con los reflejos irisados de las luces que furtivas escapan por las hendijas de las casas, casi todas construidas con tablones de madera.

Los retumbos del cielo golpean contra la tierra en una descarga que recuerda el sonido de los tambores batá, bougarabou y ngoma… África sigue viva a miles de kilómetros del corazón negro de donde partieron hace siglos los ancestros de estos colombianos que todavía se sienten habitando un país ajeno, un país que hace mucho los echó al olvido.

La niebla aparece de repente cubriendo las ramas de los desnudos árboles, la música cesa… la luz eléctrica acaba. Solo quedan el silencio y el brillo de los ojos furtivos que desde la densa selva vigilan recelosos. Allí están presentes a través de las fisuras que serpentean entre las tablas.