Su cabello formaba las mismas figuras que el oleaje del agua obligaba. Las sutiles gotas que caían de los árboles se dibujaban en una onda perfecta, una curva exacta, como el trazo de su cuerpo en lo profundo de lo cristalino. Su maquillaje corría como la desnudez del árbol al que consume el musgo, como la cascada y su repetitiva forma, siempre la misma, pero nunca igual.

Allí estaba ella, hermosa, suave y sin apuros.

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La naturaleza de lo amado (César Augusto Romero Aroca)

 

Fotografías por: César Augusto Romero Aroca

Original para TLCDLR