Contemplar las casas añejas, los caminos largos de tierra y piedra, el tapete gigante de sembrados, la leña que reposa en los portales, las telas que danzan con el viento; es como si contempláramos el alma de un Misak, porque ya en sus miradas y actitudes, podemos identificarlos como personas serenas… tranquilas. Al observar los paisajes, se respira tranquilidad, al contrario de nosotros, de compulsiva conducta y ajetreadas vidas, un Misak nunca tiene premura por avanzar, pues el tiempo se va dando al paso de Pishimisak (su Dios) y no al paso de cada quien.
La vida de los hijos del agua se envuelve en la profundidad y fuerza de sus miradas a través de un viaje sereno y tranquilo que nos permite conocer un tesoro cultural.
Extracción del texto “Los hijos del Agua” Estefanía Tapasco García
Fotografías por: Hugo Grajales
Especial para TLCDLR






















