El olvido que somos

 

Mateo Ortiz GiraldoMateo Ortiz Giraldo

“(…) entonces este olvido que seremos puede postergarse por un instante más, en el fugaz reverberar de sus neuronas, gracias a los ojos, pocos o muchos, que alguna vez se detengan en estas letras” Héctor J. Abad Faciolince

 

 

Colombia, un país de color verde, que tiene una bandera que trata de exaltar su poderío, que tiene un himno que grita a miles de voces la ferocidad de una guerra infructuosa, un escudo que dibuja la abundancia reunida en un cuerno (en un embudo, diría yo): Nosotros, los que sólo tenemos las palabras como medio de batallar, cohabitamos en  la punta del cuerno, la parte ínfima y cerrada; mientras que los latifundistas, terratenientes, señores feudales de una era moderna, poseen la parte amplia. Como diría mi abuelo, por medio de estos adagios sabios de los campesinos, “M’hijo, ésta es la ley del embudo”

Sí, la ley del embudo. Esto no solo aplica para el ámbito económico, de injusticia social, de amaños que malversan los fondos públicos, no, esto también es útil cuando hablamos de la cultura, del pensamiento, de la capacidad crítica; todo pareciese como si los ricos fuesen los únicos con la capacidad para adquirir el conocimiento (vivimos en un país donde comprar un libro es más caro que una botella de aguardiente), para entrar a la educación superior y, en ese orden de ideas, ser a la postre, los líderes financieros del país, los herederos de un reino construido sobre la podredumbre que ya otros reyes verdaderos dejaron sobre una tierra fértil pero marchita, virginal pero usada. Esta ley, que ni Robledo se planteó, propone una visión de país manipulada por la capacidad de almacenamiento de las arcas monetarias.

Para aquellos que estamos en el centro,  no en el Democrático, sino en el centro de  la escalera económica, vivimos en un constante vaivén de balas, gritos, bombas, insultos, etcétera… no estamos con ellos, por tanto, estamos en su contra. Esto puede parecer un grito furibundo, sin sustento y sin sentido, pero es una realidad que se puede tocar con tan sólo estirar la mano fuera de la ventana. Sí, es cierto que ya no estamos en los años 80, que la AUC, ya no existe, que Carlos Castaño ya murió, que “El Mono Jojoy” ya fue indultado con el favor de un bombardeo, sin embargo, queda un rastro de sangre  que podemos seguir fácilmente hasta llegar al lugar de concentración de la  nuevas élites del poder armamentista del país. Estas personas no son de la guerrilla de las FARC o las milicias “paramilitares”,  por el contario, no están organizados en alguna asociación; estos individuos son nuestros vecinos, amigos, familiares o nosotros mismos.

Vivimos reclamando por una nueva sociedad, donde la palomita de Santos lleve en su pico en vez de una rama de Olivo, nuestra bandera, nuestro orgullo patrio y sobre todo a las agrupaciones al margen de la ley que tanto daño nos han hecho. Pero algo que ignoramos con facilidad es que esa paz (¿O era pax?) que nos proponen, pasa por alto el comportamiento humano, la manía acumuladora del hombre y su imparable avaricia, por tanto deja a un lado la naturaleza humana. Ahora la violencia no es exclusiva de un grupo con nombre y socios, pues son los ciudadanos con su intolerancia, su incapacidad de reconocer en la diferencia de los demás la esencia de las relaciones sociales, y su  indiferencia (porque ésta también es una forma de flagelo donde es tan culpable la víctima como el testigo silencioso) los que se encargan de hacer la guerra y por tanto  hacer que el extremo amplio del embudo sea aún más grande.

Si en algún momento esta población de indefinidos étnicos (esto es lo que culturalmente somos), quiere crear un estado equilibrado donde el accionar humano se tome en cuenta como inevitable, se debe aceptar que la violencia no está únicamente en el monte, en las tomas guerrilleras, los secuestros y atentados a clubes exclusivos, sino que está en la calle frente a nuestra casa, en el joven que no tolera a su semejante por alguna diferencia económica o sexual, en el que es  obligado a dejar sus estudios por ser parte del extremo chico del cuerno, en los niños que son educados por la  televisión donde sus tutores son noticiarios amarillistas y “narconovelas” y, sobre todo, en el adulto que bota su posibilidad de cambiar por medio de un referendo, la faz ,por lo menos política, del país.

Ahora, mientras sigamos omitiendo este hecho tácito, seguiremos destruyendo la memoria del país para continuar siendo ese olvido que ya somos y dejando que otros nos sumerjan en sus guerras privadas.