“Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión;

este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el

de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin

limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”. (Artículo 19 de

la Declaración Universal de Derechos Humanos , 1948).

 

La libertad de expresión es decir lo que la gente no quiere oír. George Orwell.

 

MolinaPor: Antonio Molina

Los periodistas alegan que la autocensura ronda por los medios de comunicación, la gente del común dice que es mejor callar algunas cosas, los gobernantes se ufanan por defender la libertad de expresión y los comentaristas de medios se engolosinan opinando que la tal libertad tiene tanto de ancho como de largo. Y todos parecen tener razón.

¿Es acaso un fácil relativismo asumir la postura de que todos ellos, y otros más, tienen la razón? Quizá no, así como al finalizar una relación de pareja los ex amantes guardan para sí un poco de verdad y otro tanto de mentiras veladas. Ambos tienen sus razones para rumiar el mutuo abandono.

La libertad de prensa, hija de la libertad de expresión, que incluso ya cuenta con su día –3 de mayo–, es confundida con esta por más de uno. Pero madre e hija tienen cara e identidad propias.  La madre –libertad de expresión– abriga a todos sin distingo, por lo menos eso reza en los documentos de la Unesco, organismo mundial que dice velar por el cumplimiento del artículo 19. La hija –libertad de prensa–compete a los gorriones de los diarios y demás medios de comunicación habidos o por haber. Aunque ambas merecen ser vigiladas y promovidas por todas las sociedades.

Hablar sin temor para opinar y también ser informados sobre la realidad inmediata, algo que pareciera rutinario, se convierte con el devenir de los días en asunto bien complejo y lleno de claroscuros. La aparición de internet pareció dar alas a su promoción, y así lo siguen considerando muchos, pero los hallazgos de la realidad evidencian que esa libertad se extravía en los laberintos de la ignorancia, candidez o mala leche, tanto de usuarios consumidores como de productores.

Tanto es así que la desinformación es una de las dinámicas más atropellantes y eficaces entre los usuarios de la red. Incluso, no faltan los actores políticos que la emplean de manera repetitiva para afianzar los odios grupales y las mezquindades individuales. Los infundios nacidos en una falsa interpretación de la realidad, la divulgación de hechos inexactos –usados como propaganda política–, la replicación de apreciaciones que de antemano se saben erróneas, por no mencionar el material gráfico fruto de montajes o descontextualizado, todos ellos juntos, llevan a que los denominados cibernautas sean víctimas de la abundancia de información que, como paradoja, no facilita la buena información.

¿Pero qué hacer ante la oleada de información falsa que circula en este otro laberinto que es internet? Apenas queda cumplir con la premisa número uno de quienes siempre consideran ponderados: dudar, confirmar y luego replicar. Pero esto tan sencillo, en tiempos de la ciudadanía del vértigo es visto como una tontería, cuando no como una talanquera para la inmediatez. Los viejos revólveres Colt 45 se han remplazado por el teclado y los botones de replicar: primero se dispara y luego se pregunta por qué. La expresión responsable, fruto de la reflexión, hoy es una antigualla tan obsoleta como la misma palabra antigualla.

Hay libertad, pero hace falta expresión. Expresión entendida como la realidad asumida en una personal idea de mundo que se analiza, para luego compartir en forma generosa esa visión fruto de la experiencia personal del vivir y el saber. Libertad de expresión como acto responsable, de eso poco se ve hoy en los millones de páginas y sitios que ofrece esa nueva sirena que es internet. Y los cantos de sirena ya sabemos a dónde llevaron a muchos incautos navegantes.