GUSTAVOCOLORADOSi usted le pregunta por El Caballero Gaucho a uno de esos veteranos de  la desolación,  el tipo alzará su copa de aguardiente y brindará por ese hombre de  bigote cuidado con  esmero de antiguo galán y maldecirá la hora en que enamoró a una mujer con la ayuda de sus canciones.

Por: Gustavo Colorado

Si existe  un paraíso de los desengañados, don Luis Ramírez debe tener un lugar asegurado allí, con palco fijo en el tendido siete. Y se lo ha ganado a punta de canciones, cientos de  canciones donde da cuenta de ese sentimiento de desarraigo propio de los seres fronterizos, siempre en permanente  tránsito. No sé quién fue el genio encargado de bautizar como “De carrilera” a esas músicas compuestas a partes iguales con una mezcla de candor, rabia y desazón,  pero desde hace más de medio  siglo don Luis, El  Caballero Gaucho,  figura entre sus más ilustres cultores.

Desde el día de su creación el tren se convirtió en metáfora de la fugacidad y en símbolo de toda suerte de adioses  forzados o voluntarios. Poemas, cuentos, crónicas, pinturas, novelas, películas y canciones se han ocupado de recrear ese vehículo lento y traqueteante en  sus primeros días como escenario de descubrimientos y abandonos. Justo en medio de esos dos extremos se encuentran las estaciones con su antología  de llanto y de risas. “Ay ya se va/ sobre los rieles con su vaivén/ llevándose mi alegría a  tierras lejanas/ maldito tren”, dice una de las tonadas más recordadas de nuestro cancionero popular, compuesta por el colombiano Marco Antonio Posada.

De esas imágenes se nutrió la temprana  juventud de  este cantor de penas y olvidos que una vez compartió escenario en el Madison Square Garden de Nueva York con el mismísimo Julio Iglesias, para entonces el más vendedor de los cantantes en el mundo de la balada en español. Anclado en el puerto fluvial de La Virginia, a  orillas del río Cauca, el  joven  Luis fue testigo -y acaso protagonista- de incontables promesas de amor eterno siempre incumplidas. Barcos y trenes se instalaron muy temprano en su memoria como símbolo de lo irremediable. Con ese material se dio a  la  tarea de escribir  versos que acompañaba con los acordes de un tiple criollo o de una guitarra española, desde entonces inseparables compañeros de viaje. Sus adoradores, desde México hasta el Perú, pasando por varios millones de colombianos en el exterior, lo consideran parte del santoral. Sus detractores -también son legión- no le perdonan su empeño en cantar  con  un acento del arrabal  bonaerense  para ellos incomprensible en  un nativo de la región andina.

En  Colombia les decimos cosecheros a los recolectores que van de una región a otra, siguiendo el ritmo de la maduración de los cultivos. Café, algodón, papa o  caña de azúcar, según  el clima o la época del año. Para ellos el tren fue desde la segunda  década del siglo XX el principal vehículo de comunicación. A su paso sembraron las orillas de las carrileras con una sucesión de bares, cantinas y hoteluchos desangelados. En ellos se tejieron, se consumaron y  se disolvieron amores de una noche, capaces de abrir heridas para el resto de la vida. Si usted le pregunta por El Caballero Gaucho a uno de esos veteranos de  la desolación, el tipo alzará su copa de aguardiente y brindará por ese hombre de bigote cuidado con esmero de antiguo galán y maldecirá la hora en que enamoró a una mujer con la ayuda de sus canciones.

Pero lo suyo no es asunto del pasado. Conozco jóvenes  menores de veinticinco años capaces de recitar sus canciones en la alta noche como quien eleva una plegaria a los dioses del abandono. Uno de ellos fue incluso más allá y adaptó varias de ellas para su banda de rock. Rockero impenitente, puedo dar fe de que la fórmula  funciona.  Después de todo, las composiciones de tipos como Bob Dylan, Chuck Berry o Tom Waits, están repletas de trenes y estaciones con su carga de ilusiones y plegarias no atendidas.

Hace años visité a don Luis, El Caballero Gaucho, en su casa de La Virginia. “No sé si alguna vez compuse una buena canción. Pero en todo caso quiero que me recuerden como un buen ebanista”, expresó. Lo dijo sin demagogias ni modestias innecesarias. Solo  quería enfatizar que todos los muebles de su casa, incluidos los estantes donde guarda los trofeos, fueron labrados con sus propias manos. Las mismas con que toma la guitarra y con un par de acordes nos envía de vuelta a los recintos más secretos del corazón cuando empieza a cantar: “Viejo farol que alumbraste mi pena/ aquella noche en que quise olvidar/ con tu luz taciturna y enferma/ cual si estuvieras  cansao de alumbrar”.