En este sentido, se podría decir que la mayoría de propuestas y planes de gobierno rebosan de buenas intenciones, pero ni los colombianos ni yo vivimos de buenas intenciones, por lo que este primer año ha sido una constante decepción…

 

Por: Margarita Rojas Torres

A Iván Duque se le han ido las luces en varias ocasiones y su primer año de gobierno no es la excepción. Desde los siete enanitos y el premio María Juliana Ruiz, hasta permitir que se pasen por la galleta los acuerdos de paz, el “presidente” nos ha regalado momentos estelares de incumplimientos y situaciones vergonzosas donde la única pregunta que nos podemos hacer es: ¿quién es este tipo y qué está haciendo por el país?

Si se puede resumir la presidencia de Duque, en tres momentos clave, serían: su campaña política, el momento de su posesión hasta diciembre de 2018 y lo que va de este 2019.

Se podría iniciar con el hecho de que ha sido un “año difícil” para él, e inclusive mentirnos de que ha sido “un año de aprendizaje”. Sin embargo, ni en temas de paz, conflicto y seguridad ciudadana se puede ser un principiante. Porque de ser así, ¿cómo se le explica a una víctima del conflicto armado que, en ciertas regiones del país, la guerra no ha terminado?

Primero. Ovación, miedo y promesas; devolviéndonos al 2018, Duque era el candidato perfecto: joven, centrado, cumplidor y con toda la bancada del Centro Democrático detrás suyo. ¿Quién podría pensar que, por temor a Gustavo Petro, todas las fuerzas tradicionales estarían a su favor, además de los 10 millones de personas que le votaron?

Esos días se caracterizaron por lo que llamo “tolerancia cero”, donde era imposible pensar en un país polarizado, lleno de odio, mermelada y clientelismo. Un país progresista, pero no tanto, equitativo y legal; uno donde la guerra quedaría atrás y aquellas zonas de miedo serían completamente erradicadas, junto con todo lo que oliese a narcotráfico.

Lo que es cierto. Actualmente, el país vive en una polarización profunda fruto de la desesperación y la ira. El miedo no se ha ido y la popularidad del “presidente” ha bajado considerablemente, incluso podemos pensar que ha sido uno de los gobernantes más impopulares de los últimos 20 años. Nada que ver con su padrino, Álvaro Uribe, mientras era presidente, porque ahora su impopularidad también se disparó, arrastrado por el “efecto Duque”.

Finalmente, el ideal del país del desarrollo quedó manchado con tantos casos de corrupción que poco a poco se fueron destapando, el incremento de los impuestos y el ingreso del glifosato.

Segundo. A los nueve meses de su gobierno, Iván Duque había cambiado completamente su semblante. Ya no era ese candidato joven que se había robado los suspiros de más de una, incluso la prensa displicente lo denominaba como “un nuevo Duque”. En ese tiempo, se fue con toda: se lanzó contra la JEP, la Comisión de la Verdad y otros puntos claves del acuerdo de paz con las Farc y dio a conocer una nueva política de seguridad, defensa y enfrentamiento al narcotráfico que dejó dudoso a más de uno.

Lo que es cierto. la idea de acabar con la JEP y darles la vuelta a los acuerdos de paz fracasó en el Congreso; grupos subversivos salieron a flote de nuevo; la política antidrogas logró disminuir de 210.000 a 208.000 las hectáreas cultivadas de coca; eso sin mencionar el artículo 4 del Plan Nacional de Desarrollo (2018-2022) que, según Juanita Goebertus, tiene falencias en al menos siete puntos y no hay mayores recursos para la paz.

Tercero. Lastimosamente, es en este punto cuando todo converge y se empieza a evidenciar la verdadera crisis. Los pronósticos no son buenos y, según Ariel Ávila, “el año 2019 muestra una tendencia a empeorar”. Si antes sentíamos que teníamos un jefe de Estado ausente, en esta etapa nos damos cuenta que Duque decidió gastar alrededor de $1.500 millones de pesos viajando.

Lo cierto es que este período se caracterizó por la poca inversión en educación pública y los múltiples paros para exigir garantías al gobierno; los ataques en el Cauca, Chocó, Catatumbo, Antioquia y demás; el incumplimiento a las minorías; amenaza y muerte de líderes sociales; masacres y el recrudecimiento de la violencia. Eso sin contar la revelación que hizo The New York Times que permite deducir que los falsos positivos pueden regresar.

En este sentido, se podría decir que la mayoría de propuestas y planes de gobierno rebosan de buenas intenciones, pero ni los colombianos ni yo vivimos de buenas intenciones, por lo que este primer año ha sido una constante decepción, no solo para los votantes de Duque, también para el resto de colombianos que esperaban, más que un cambio, un jefe de Estado distinto a Uribe, Santos, Pastrana, por mencionar algunos.

¿Entonces seguiremos romantizando los errores de Iván Duque o nos vamos a poner las pilas para exigir un mandato presidencial de verdad? De no ser así, ojalá alguien nos salve antes de que sea demasiado tarde.