Al volver sobre el panfleto, resulta curioso hallar un símbolo de mucho peso en la historia de la humanidad unido a un grupo neo-paramilitar: el de las águilas. Quizá esto confirma la idea de un inconsciente colectivo y los símbolos que habitan en lo más profundo de la humanidad.

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

Rechazar las más recientes amenazas en contra de líderes sociales y políticos en Risaralda es, más que necesario, un deber. Para esto es preciso valerse de la palabra, la inteligencia y el diálogo, pues con estas armas se construye la democracia y se impide que los enemigos del pluralismo agrieten aún más el edificio derruido de la democracia colombiana.

Ahora bien, estas amenazas a líderes sociales y políticos solo pueden generar indignación por el panfleto que circula por redes y solidaridad con las personas que son mencionadas en él. Este panfleto pone en vilo la vida de personas que, estemos o no de acuerdo con ellas, tienen la opción legal de ejercer sus derechos políticos. Además, este hecho que genera un estado de zozobra y temor en la sociedad risaraldense.

Y mientras observo en detalle aquel panfleto amenazante y me percato de los errores de redacción y ortografía que tienen aquellos que buscan generar un estado de pánico, se me hace imposible no hacer un paralelo entre este momento con las águilas negras y la década del cincuenta del siglo pasado, donde emergieron grupos contra insurgentes conocidos como los pájaros.

Jorge Orlando Melo permite comprender un poco mejor la violencia en el país al poner sus ojos en el pasado. En su más reciente libro describe estos grupos de manera puntal: “Estas contraguerrillas, conocidas en algunos sitios como pájaros, aumentaron la violencia, pues se convirtieron en instrumentos de venganzas políticas o se aprovecharon para apropiarse de fincas y ganados de los perseguidos”. En su momento estos grupos fueron la respuesta a la violencia guerrillera que se vivía en la época y con la venia de políticos y fuerzas del Estado, terminaron aumentando la violencia en el campo.

Desde la literatura, una de las novelas icónicas de la violencia, Cóndores no entierran todos los días, descubre la lógica interna de los pájaros. Su líder, León María Lozano, un conservador tradicional y estandarte de los valores católicos, se convierte en el defensor de su pueblo ante el ataque de los facinerosos liberales. Aquel hombre pasa a ser conocido como “El Cóndor”, el ave más imponente y, por ende, aquella que debe acabar con las plagas liberales y comunistas.

La novela narra las contradicciones de una época compleja para el país. El fanatismo político unido a la ceguera religiosa lanzó a los colombianos a oleadas de violencia que lo único que lograron fue ahondar en una intolerancia política que hoy sigue vigente.

Al volver sobre el panfleto, resulta curioso hallar un símbolo de mucho peso en la historia de la humanidad unido a un grupo neo-paramilitar, el de las águilas. Quizá esto confirma la idea de un inconsciente colectivo y los símbolos que habitan en lo más profundo de la humanidad.

Para muchas culturas las águilas han sido aves con una gran carga simbólica que representan al Sol y al padre; símbolo de la guerra. Vigilantes, las águilas pasan a ser una metáfora del poder y del dominio que ejercen sobre su territorio desde las alturas.

Resulta curioso el paralelo que se puede hacer con nuestras águilas negras, herederas del paramilitarismo y el poder estatal (símbolo paterno). Este tipo de grupos, en la mayoría de casos y al igual que sus abuelos los pájaros, resultan ser brazos armados “oscuros” del poder institucional y económico. Estas aves son las encargadas de limpiar aquellos elementos molestos para los grupos de poder.

Vigilar y castigar desde las sombras para mantener las condiciones sociales actuales parece ser la función de las águilas negras. Lo extraño es que estos grupos neoparamilitares surcan los cielos a plena luz del día, bajo la complacencia de algunas instituciones.

Tal parece ser que desde la mitología se puede comprender un poco este fenómeno de violencia y amenazas, porque las águilas, símbolos de poder y de la guerra, vuelan demasiado cerca del sol (símbolo del Estado y del padre), tan cerca que su vuelo se confunde y sólo se pueden ver las sombras, las amenazas y asesinatos que ejecutan y que son vistos con indiferencia por el poder institucional.

A pesar del vuelo silencioso de estas águilas es necesario no caer en el temor y la desesperanza. Fortalecer la democracia, la diversidad ideológica en el debate y el diálogo ciudadano, para que la sociedad risaraldense y Colombia misma puedan afrontar los desafíos que tienen, es la tarea pendiente.