Entre cinismos e hipocresías, amparados en la ignorancia del pueblo, esta élite maquiavélica se resguarda y ataca, manteniendo la conciencia tranquila, esperando el fin del confinamiento, para poder asistir al próximo evento social y planear la próxima jugada…

 

Por / Adriam Bastidas

Muchos son los que hablan de cambios después de terminada la pandemia, expertos de todos los campos, dan muestra de su conocimiento, algunos desde el gran pedestal, que a la final les nubla la efectividad, otros desde la humildad, hacen un análisis profundo, llegando a la conclusión de que el mundo será otro en lo que se refiere a la geopolítica mundial, la economía; al comportamiento humano, etc.

Casi a diario, vemos y escuchamos por distintos medios las alternativas que se plantean para superar esta crisis, propuestas que ya se vienen cultivando desde hace algunas décadas, especialmente en aquellos países que tienen una conciencia bastante acertada sobre el cuidado del medio ambiente, sobre el respeto a los derechos humanos, conciencia para impulsar una economía social y solidaria, para combatir la desigualdad, estados naciones que en su gran mayoría se encuentran en el continente europeo.

Es muy probable que dichos cambios se den en otras coordenadas, porque en lo que se refiere a Colombia, nada, absolutamente nada cambiará, y no consiste en tener una mirada pesimista, ni mucho menos de antipatriótica, es cuestión de reflexionar, en medio de este confinamiento, de recordar aspectos experienciales, de leer, consultar, aprovechar el ciber espacio, desempolvar los libros de historia colombiana de ediciones ochenteras, para luego comenzar a desenredar de a poco esa maraña violenta y sin conciencia que tanto nos caracteriza como sociedad.

Hace más de 70 años Gaitán, desde su lucidez visionaria, a partir de sus discursos en plazas públicas, nos alertaba sobre oligarquías nauseabundas, de la importancia de la educación, de la inversión en el agro, para llegar a ser la despensa mundial. También hace más de 30 años, el historiador Eric Hobsbawm escribía un gran artículo titulado Colombia asesina, que, desde una óptica internacional, y desde las entrañas de conciencia crítica aportada por la historia, nos analizaba con muchos detalles, como somos en la realidad, porque en nuestra realidad, esa que es disfrazada, la envalentonada, la de grandes ínfulas y egos, la inconsciente, nos dice que  acá no pasa nada.

Al ser Colombia un estado nación sin memoria, una frase bastante acuñada en el ámbito intelectual, pero tan acertada, hace que sea fácil asegurar que después de toda esta situación que tanto miedo ha ocasionado –de conspiraciones, avistamientos de ovnis, pasando por un 2020 prácticamente cabalístico– que todo continuará igual, no habrá ningún cambio representativo.

Nuestra imagen continuará manifestándose en los altos niveles de corrupción de la clase política, sin distinción alguna, la mano derecha, la que casi siempre ha gobernado, con su ideología impregnada en la mugre de las uñas, roba a borbotones igual que la mano izquierda que pide igualdad para el pueblo, mientras esconde los fajos de billetes en los bolsillos.

Este país vive una especie de uroboros, paro más enfocado al ciclo de la maldad. Es un eterno retorno constante, donde ya parece un estilo de vida, un principio cultural, para los que nacemos en este territorio.

Está claro que, en la nación de la orquídea y la palma de cera, no se dan cambios para el progreso, porque todo está debidamente estructurado, orquestado para una manipulación contundente, organismos de control como la fiscalía, la contraloría, procuraduría, hasta la misma registraduría nacional, están dominados por esos personajes siniestros que manejan el poder, y es así como existen fraudes en las elecciones, se evaden y se archivan las investigaciones, robo del erario.

Nunca un líder poderoso en la cárcel, siempre son los chivos expiatorios, a quienes ponen tras las rejas, para aparentar de que somos una democracia, con una justicia con cimientos fuertes, pero la verdad, todo gira en torno a un principio básico, la casta, con tintes de nepotismo, “ayúdame que yo te ayudaré”, mientras esta especie de mafia conformada por gente de bien sigue en su ambiente familiar con toda la impunidad a cuestas.

Quienes terminan de conformar este deleite de sangre azul contaminada, son los medios de comunicación hegemónicos, que hacen el papel de educar a la ciudadanía con trivialidades, y de proteger a los gobiernos de turno, lavando sus imágenes cual Poncio Pilatos.

Quedan algunos protagonistas por fuera de esta tragicomedia, pero esto es más o menos un relato del día a día, del nunca pasará nada, allí están los espejos que nos muestran quiénes somos: asesinatos de líderes sociales, espionaje por parte de las instituciones policiales y militares, la banca pensando en su beneficio propio y que la crisis les resbale, políticos despreciando al pobre, y robándose el dinero de causas benéficas, persecución a periodistas,  desempleo, analfabetismo, desnutrición infantil, sistema de salud obsoleto, fenómenos que están desde los inicios del siglo XX y a mitad del 2020.

Al parecer nada ha cambiado, sí, sorprendente, y a la cabeza tenemos al primer presidente más joven de nuestra historia, pero con las mismas mañas de los viejos de antaño que gozaron con el Frente Nacional, un muchacho monigote que apareció de la nada, y terminará su mandato de la nada, porque acá no pasa nada, y cuando trata de pasar, como ocurrió en el 2018 con la candidatura del senador Gustavo Petro, para dar un ejemplo, el statu quo se sintió tan intimidado, tan asustado, que decidieron unirse, y fue así como el expresidente Andrés Pastrana, el nene consentido de Misael, aquella  gran eminencia que se robó las elecciones  en 1970 en compañía de sus secuaces, posó al lado del expresidente Álvaro Uribe Vélez, sin importar que hace algún tiempo destacó en medios de comunicación internacionales la fuerte relación entre grupos paramilitares y el expresidente y actual senador.

Al senador Uribe Vélez tampoco le importó posar al lado del expresidente del que tanto despotricó a inicios del año 2002, porque le entregó más de 30 mil metros cuadrados de territorio nacional a la narcoguerrilla de las FARC, para un proceso de paz fallido, completando el tridente de la foto César Gaviria Trujillo.

Entre cinismos e hipocresías, amparados en la ignorancia del pueblo, esta élite maquiavélica se resguarda y ataca, manteniendo la conciencia tranquila, esperando el fin del confinamiento, para poder asistir al próximo evento social y planear la próxima jugada, porque ellos sí que tienen bastante claro que nunca les pasará nada.