GaleanoSe debe aclarar que la política, por el momento, es el ejercicio del poder de los de siempre, aquellos que tienen el dinero para garantizar ejércitos de votantes que reafirmarán las estructuras políticas.

Por: Christian Galeano

La política en nuestro país es la mayor muestra de corrupción, clientelismo y, en pocas palabras, es una gran mentira. Ante esta verdad ineluctable, es necesario aclarar unos puntos sobre la forma como se lleva a cabo el ejercicio político en nuestro país, para evitar traumatismos.

La idea de ver a Colombia como una gran república, con instituciones nobles y eficientes; tres ramas del poder público con sus campos de acciones delimitados y la balanza de contra pesos balanceada en el punto exacto, que evite que alguno de los tres poderes cometa excesos; ciudadanos conscientes de su responsabilidad y del papel que cumplen dentro de la sociedad; todo, sin excepción alguna, es una quimera. No se equivoca el escritor William Ospina al señalar, en su último libro, cómo el proyecto republicano fracasó desde un principio, es decir, Colombia no ha podido convertirse en esa república que vea a todos sus individuos, ante la ley, como iguales.

El análisis de la historia nacional muestra como todas las ideas que han buscado generar un proyecto de nación, han sido dinamitadas por los poderes locales, cada región se ha configurado como un feudo, con su nobleza, príncipes y reyes, que hoy por hoy, son mejor conocidos como caciques. Por tal motivo, La forma como se desarrolla la democracia en este país, no es más que el ejercicio de garantizar favores, entregar tejas y asegurar puestos de trabajo en cada región, todo lo garantiza el cacique de turno, al  que la ruleta de los poderes  le ha permitido dominar su feudo o departamento. No es extraño, entonces, escuchar voces que reconozcan con la mayor altivez que este país está jodido gracias a sus dirigentes; al tiempo que se guarda un silencio cómplice cuando reconocen que deben votar por el mismo de siempre, porque de ese voto depende el trabajo, el favor o hasta la media pensión.

Asimismo, se ha creado una ilusión en ciertos sectores de la población que consideran que la política en este país represente el más alto valor, ponen todas sus esperanzas en ciertas fechas, pero como hasta ahora ha sucedido, ganan los reyes de turno y, como siempre, se genera un desengaño en las personas que han puesto sus esperanzas de cambio en las urnas; se espera demasiado del voto en un país donde solo hay siervos. Se debe aclarar que la política, por el momento, es el ejercicio del poder de los de siempre, aquellos que tienen el dinero para garantizar ejércitos de votantes que reafirmarán las estructuras políticas. No es ningún secreto que nuestra democracia opera con mecanismos feudales, es decir, juega con el hambre de ciertos sectores y con el oportunismo de otros; se rinde tributo a la corrupción del soberano, mientras se espera el favor que permita solventar, por un momento, las necesidades que los individuos tienen desde hace mucho.

Sin lugar a dudas, lo preocupante es la forma como persiste en la mentalidad general la idea de que la política es el ejercicio de favores personales. Ante estos hechos, además de exigir un cambio en las estructuras del poder político, se necesita con urgencia un cambio en la mentalidad de los individuos de este país; cambio que parta, primero, de saber  que la política no se circunscribe a los partidos  y las votaciones, es un ejercicio diario que debe buscar, a través de la inteligencia y la comunicación, la solución de los conflictos que se presentan como consecuencia de nuestras relaciones intersubjetivas. Segundo, la ciudadanía está en la obligación de reclamarles cuentas a los políticos, aprender a utilizar la palabra para exigir y rebelarse ante aquellos funcionarios que muestren, como sucede a diario, rasgos de ineficiencia  y corrupción.

El colombiano tiene que dar el paso que lo convierta en un ciudadano, al tiempo que abandona esa mentalidad servil y mojigata, que se aferra a las limosnas del cacique de turno, para que en un acto de dignidad pueda ver su territorio no como la hacienda que manejan unos cuantos, sino como la nación que los reconoce a todos por igual. Un gran reto, si se piensa que el cambio debe partir primero de la mentalidad de las personas.