Atacar íconos ha sido una práctica común en las culturas a través de la historia y las motivaciones para hacerlo han sido múltiples. Entre más arraigado esté el ícono en la memoria de las colectividades, más contundente puede ser el efecto del ataque.

Por: Margarita Calle

En el mundo del arte suelen suceder cosas extrañas, algunas inexplicables, por los pocos elementos de juicio que tenemos para valorarlas, o banales, por el sinsentido con el que son realizadas.

 Bien porque sean producto de alguna manía incontrolable, bien por la ligereza con la que son ejecutadas, o bien por la espectacularización que alcanzan en los medios, ciertos comportamientos iconoclastas protagonizados por artistas o seudoartistas contemporáneos, ya no nos dicen nada.

Este es el caso de la acción que tuvo lugar el pasado 15 de octubre, en la Tate Modern Gallery de Londres, cuando uno de estos creativos de avanzada intervino una valiosa pintura del artista Mark Rothko, reconocido como uno de los principales exponentes del expresionismo abstracto norteamericano. El intrépido subversivo estampó su propia firma en uno de los murales de la serie “Seagram” del artista, acompañando su gesto de una expresión con la que, al parecer, quiso nombrar su gesto: “Vladimir Umanets, A Potential Piece of Yellowism” (Vladimir Umanets: Una pieza potencial de amarillismo).

El resultado no podría ser más deplorable. En las imágenes publicadas por la Tate se puede apreciar el efecto de la pintura usada por el vándalo sobre la obra realizada por Rothko hace más de 50 años. La firma de Umanets y su particular mensaje aparecen desparramados sobre la superficie del cuadro, transformando la pieza en una suerte de muro callejero.

Atacar íconos ha sido una práctica común en las culturas a través de la historia, y las motivaciones para hacerlo han sido múltiples. Entre más arraigado esté el ícono en la memoria de las colectividades, más contundente puede ser el efecto del ataque. El carácter ético, estético y político del acontecimiento y su efecto público lo determinan el momento, el lugar y las circunstancias en las que éste tiene lugar.

De acuerdo con los reportes del periódico The Guardian, más allá del esnobismo que impulsa a ciertos personajes del mundo del arte a realizar ciertas acciones, aquí no se encuentran argumentos de peso suficientes para validar el incidente. Según el autor del ataque, su acto contribuyó a incrementar el valor de la pintura de Rothko: “Si alguien restaura (el cuadro de Rothko) y borra mi firma, el valor de la obra será menor, pero después de algunos años el valor subirá debido a lo que hice”, dijo el joven al Guardian, en un intento de ponerse a la altura de apropiacionistas irreverentes como el memorable Marcel Duchamp. Olvidó, sin embargo, el señor Umanets que las obras de artistas como Rothko no necesitan de estos actos para valorizarse, pues nacieron respondiendo a las dinámicas del mercado y, en consecuencia, su valor siempre ha estado en ascenso.

 Tan solo pongo un ejemplo  más para apuntalar esto: el pasado 9 de mayo en el Rockefeller Plaza, su obra “Orange, Red, Yellow” fue vendida por la Casa de Subastas Christies, en 86.882.500 dólares. Una cifra récord tanto para una obra de arte contemporánea, como para este artista. Frente a esto, ¿qué podrá hacer la firma de Umanets?

La obra ya se encuentra en restauración, el vándalo está siendo perseguido por la policía y nosotros seguimos preguntándonos por el sentido de acciones como estas que, muy a nuestro pesar,  siguen siendo el soporte político y creativo de muchos artistas contemporáneos.