Gustavo ColoradoLas retro excavadoras están destruyendo la selva a una velocidad de vértigo. Las únicas leyes que funcionan aquí son las de la propia ambición

Por: Gustavo Colorado

John Wilson Ospina es un andariego que va por los  caminos llevando por todo equipaje sus botas de siete leguas y una cámara de video en la que registra  toda suerte de bellezas y horrores. Es decir, la esencia misma de  lo que es la historia  de nuestro país.

De su último viaje por el Chocó trajo de vuelta  el recuerdo del sabor de un pescado de nombre impronunciable, la perfecta belleza de los rostros negros y la obstinación de viejos maestros de música empeñados en defender sus chirimías  frente a la invasión del reguetón.

Pero sobre todo regresó con el pálpito de algo  terrible. Detrás de la estereotipada alegría del chocoano alientan los pasos de una de esas bestias que con distinto nombre  han  sembrado de horror los rincones de Colombia  a lo largo de los siglos. La primera sospecha la tuvo cuando vio a los  habitantes de Itsmina armar una especie de carnaval espontáneo. El objetivo no era honrar la imagen de su santo patrono  sino celebrar que, por primera vez en veinte años, las aguas del río San Juan no tenían ese tono gris plomo o marrón mierda que promete graves afecciones intestinales o severas lesiones cutáneas. Durante cuatro días la corriente recuperó el tono verde  claro que algunos  conservaban como el recuerdo de  tiempos mejores.

El motivo de ese milagro fue un paro de mineros que a su vez  detuvo el vertido constante de mercurio  y otros agentes tóxicos a las aguas. Porque para miles de chocoanos, como para  los pueblos de todo el mundo afectados por fenómenos similares, la explotación minera es una especie de maldición que llena las arcas de unos cuantos y siembra la miseria  y el miedo en la vida de muchos.

Entre estos últimos están los pescadores de poblaciones como Andagoya, Unión Panamericana y la mencionada Itsmina. Su destino se parece cada vez más  al suplicio de Tántalo: rodeados de ríos, quebradas y riachuelos por todas partes, ya no pueden nutrirse con su alimento ancestral, pues los peces están llenos de gusanos producidos por tanto veneno arrojado a la corriente. Lo más grave es que no se trata solo de la minería ilegal a pequeña escala, como pretenden los voceros oficiales. Las grandes corporaciones y  distintos grupos armados que se lucran del negocio son los responsables de ese desastre ambiental.

El relato de John Wilson es agridulce, como el sabor del arequipe de borojó, una de las golosinas típicas de la zona. De labios de una mujer escuchó como, a pesar de la abundancia de agua, solo se bañan cada dos o tres días: el tiempo que tardan en caminar  hasta una fuente todavía incontaminada.  Un solo fruto de chontaduro, considerado por muchos el producto típico de la región, es hoy artículo de lujo desde que una plaga acabó con los cultivos. El principal medio de transporte en algunos pueblos es  “El chocho”, un  peligroso vehículo improvisado con motocicletas vetustas dotadas de cabinas en las que se acomodan tres personas. Dicen que pueden circular 1.200  de ellas solo por las calles de Itsmina.

“Detrás de la gozadera de  los habitantes de esos pueblos alienta el miedo”, me dice. “Todo el mundo lo comenta en privado,  pero nadie lo dice en público, porque eso puede anticipar el  desplazamiento o la masacre”. Las retro excavadoras están destruyendo la selva a una velocidad de vértigo. Las únicas leyes que funcionan aquí  son las de la propia ambición. Escuchando su narración uno entiende por qué  las viejas tradiciones se refieren al oro como el cagajón del diablo.

Al final me deja con el desasosiego de una imagen que no se corresponde con la lógica de las tarjetas postales. Una capital de departamento sin acueducto, surcada por calles de tierra y un montón de basura bajando por las aguas del río Atrato. Selva adentro, las miserias no hacen sino multiplicarse. Lo supo cuando a vio a la gente recogiendo agua lluvia para el baño diario o para  cocer los alimentos. Y eso que hablamos de una región que, a juzgar por el monto de sus recursos naturales, es una de las más ricas de  Colombia.