AHORA

No somos ni el poema de Machado, ni el libro de Gaviria, somos una verdadera tragedia griega.

 

Por / Adriana González Correa

Hoy en siempre todavía es el título de uno de los libros de Alejandro Gaviria, a su vez viene de un poema de Antonio Machado:

Hoy es siempre todavía, toda la vida es ahora. Y ahora, ahora es el momento de cumplir las promesas que nos hicimos. Porque ayer no lo hicimos, porque mañana es tarde. Ahora.”

Además de ser un fragmento de un bello poema de uno de los más grandes pensadores españoles, también da vida a una paradójica y esperanzadora historia: un ministro de Salud en funciones que logra salir avante de un complejo diagnóstico de cáncer.

Pero en esta columna no quiero referirme al “Hoy es siempre todavía” de Machado o de Alejandro Gaviria, esos son esperanza. Quiero detenerme en el “Hoy es siempre todavía” de Colombia, el del desaliento, el de la tristeza eterna, el de los cien o tal vez mil años de soledad a la que estamos condenados en esta patria.

Sísifo, por su desobediencia, es castigado por los dioses a subir una enorme y pesada roca hasta lo más alto de una montaña, desde allí la piedra cae al llano. En cumplimiento de su castigo, Sísifo vuelve a arrastrar la roca por la pendiente; un movimiento que se repite eternamente.

Pareciera que vivir en Colombia, es vivir en el castigo de Sísifo; con el tiempo detenido cual estatua inamovible en una plaza cualquiera. Nuestro tiempo, nuestro “Hoy es siempre todavía”, estancado en la barbarie, en el culto a la muerte y en el dolor, se repite una y otra vez.

Somos Sísifo, generación tras generación arrastrando la roca de la muerte hasta la cúspide y allí, por obra de quien sabe qué hechizo, se desliza hasta la planicie y entonces, nuevamente, nuestro calvario comienza. Debemos arrastrar la piedra del dolor y la muerte hasta lo alto de la cima, que nos espera para escupir una vez más un viento fuerte que arrastra la desgracia, nuestra desgracia, montaña abajo.

Quien sabe que desobediencia o impertinencia cometimos para alcanzar la furia de los dioses y ser condenados a la eterna desgracia de las masacres, del dolor colectivo, de la identidad esculpida a punta de violencia que nos hace enemigos y no hermanos.

La muerte nos ronda con tanta gracia como la vida misma y pareciera que la aceptamos gloriosa y fulgurante, no hay repudio, no hay rechazo alguno.

Por el contrario, cuando tenemos la capacidad de cambiar nuestro destino y elegir un nuevo líder que conduzca a buen puerto nuestra vida, nuestro amor, nuestra hermandad, nuestra democracia, abandonando con determinación a Sísifo y aferrándonos a la barca de Odiseo para que nos lleve a Ítaca, nos dejamos encandilar por la fantasía de las promesas falsas y un lestrigón innombrable nos arrastra nuevamente a la misma roca.

Sin duda nuestro inconsciente permite que las ilusiones mediáticas falseen nuestra realidad y como en la caverna continuemos creyendo que las sombras son las verdaderas circunstancias que nos rodean. Nos hacemos esclavos de las promesas de violencia, somos esclavos de nuestras propias quimeras de odio.

Escogemos quién nos gobierne sobre una condición inagotable de agresiones. Pedimos un líder que nos sostenga en el cadalso, que nos guíe por el camino seguro a permanecer en el castigo de los dioses de Sísifo, por ello, nuestro “Hoy es siempre todavía”.

Las masacres –aunque insulsamente quiera rebautizarlas como “homicidios colectivos” un presidente que no pasará a la historia–, las hemos vivido como nación cientos de veces –incluso ya perdidas en la memoria–.

La guerra de los mil días, las bananeras, la época de la violencia partidista después del magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán, las del conflicto armado en tiempos de Belisario Betancur, de Virgilio Barco, de César Gaviria, de Ernesto Samper, de Andrés Pastrana, de Álvaro Uribe Vélez, se repiten constantemente y sin tregua en una historia mal trecha, una historia de terror que no solo reposa en los libros, en los anaqueles judiciales, también en nuestro ADN y en nuestro inconsciente.

Si tan siquiera escogiéramos a alguien que cumpla hoy las promesas, porque ayer no se cumplieron y mañana es tarde, podríamos, aunque solo fuera, tener un rayo de esperanza para comenzar a superar una historia de dolor que orbita en nuestras cabezas y circula plácida por nuestras venas.

No somos ni el poema de Machado, ni el libro de Gaviria, somos una verdadera tragedia griega.

Hoy es siempre todavía, toda la vida es ahora. Y ahora, ahora es el momento de cumplir las promesas que nos hicimos. Porque ayer no lo hicimos, porque mañana es tarde. Ahora.”

@adrigonco