Después vendría su carrera como entrenador. Su “Dream Team” del Barcelona es reconocido incluso por sus detractores como la semilla de lo que el club es hoy: una manera de devolverle la belleza a un juego inventado por dioses con alas en los pies.

                                                                  Para  Sami, el de la mochila

GUSTAVO COLORADO IZQPor: Gustavo Colorado

Como todos los grandes, el hombre siempre llegaba precedido de su propia leyenda. “El Pelé blanco” lo bautizó algún aficionado, en una combinación de alabanza y herejía. Se decía que gozaba del don de la ubicuidad, pues podía estar al mismo tiempo en varios lugares de la cancha : uno de sus fieles devotos jura que lo vio una vez rechazar un tiro de esquina del equipo contrario y correr luego a anotar un gol, no sin antes dejar al portero rival en el camino con una finta sutil.

En los años setentas del siglo XX en Colombia solo había dos canales de televisión: el uno y el dos. De fútbol se veía más bien poco. No solo por las limitaciones tecnológicas: ante todo porque para la época todavía era un juego de obreros y marginales. Faltaban dos décadas para que los jugadores se convirtieran en la mercancía rutilante que hoy cotiza en la bolsa.

De modo que ver a Johan Cruyff en el verano de 1974, mareando a gambeta limpia a “El Cacho”  Heredia y a Roberto Perfumo, dos enormes defensores argentinos de la época, supuso para el niño que yo era entonces toda una epifanía. Flaco, estilizado, parecía un cruce perfecto entre torero y bailarín: Palomo Linares y Mikhail Baryshnikov, talvez. Los expertos en esas lides me corregirán. La Argentina de Brindisi, Babington , Ayala y Carnevali nada pudo hacer ante ese genio que eludía los enviones de Telch, agitaba el aire con leves movimientos de cintura y dejaba a sus compañeros a tiro de gol… o los anotaba él mismo, cuando se le antojaba.

La primera vez que tuve noticia de su vida , obra y milagros fue –cómo no– en las páginas de la revista El Gráfico, esa suerte de enciclopedia del periodismo deportivo latinoamericano. Allí supe de las dichas y desventuras de un niño desgarbado y talentoso, nacido entre tulipanes, que muy temprano se matriculó en las divisiones del Ajax de Amsterdam, un equipo con sabor a epopeya griega.

Los cronistas poetas que escribían  en  El Gráfico hablaban de su llegada al Barcelona en ese tipo de lenguaje que caracteriza la fundación de los grandes mitos: lo pintan desembarcando en compañía de su amigo y tocayo Johan Neeskens, su escudero en   la selección holandesa. Allí se encontraron con “ El cholo” Sotil, un peruano genial y disoluto con el que formaron un tridente comparable al de Romario, Guardiola y Sthoikóv o al de Messi, Neymar y Suárez. Solo que- insisto-   para la época no existía el aparato publicitario y de mercadeo que hoy envuelve al fútbol en su estela de glamour y corrupción. Durante esas temporadas, cuando el Barcelona no era aún la corporación multimillonaria y exitosa que es hoy, los aficionados de la vieja guardia sintieron que por fin había llegado el acompañante de Ladislao Kubala, una divinidad hasta entonces solitaria en los altares.

Y entonces llegó el mundial de Alemania 74. La historia nos dice que el anfitrión fue el ganador de la copa, tras vencer en la final a los inventores del fútbol total por dos a uno. Pero en la memoria de quienes amamos este juego los ganadores fueron Johan Cruyff y su panda de viejos marineros. En antiguos y desteñidos videos de la época es posible disfrutar de su talento, de su capacidad inagotable para inventar jugadas imposibles cuando todo parecía perdido. El portero argentino Daniel Carnevali, que al final de su carrera pasó por el Junior de Barranquilla, declaró una vez que nunca en su larga carrera había presenciado tanto despliegue de genio sobre un campo de juego. Y el hombre tenía razones para saberlo : Holanda le asestó cuatro goles impecables y eliminó a su selección de ese mundial.

Después vendría su carrera como entrenador. Su “Dream Team” del Barcelona es reconocido incluso por sus detractores como la semilla de lo que el club es hoy: una manera de devolverle la belleza a un juego inventado por dioses con alas en los pies.

De modo que la noticia de la muerte de Cruyff me tomó desprevenido: lo suponía inmortal. Pero no importa: el moralismo de algunos redactores deportivos, que enfatizaban sus neurosis o su adicción al tabaco, nada puede frente un montón de goles y a una antología de jugadas geniales que llevan a Sami, el hijo adolescente de mi compadre Rigoberto Gil, a tenerlo en su santoral particular, con todo y su colección de milagros.