GUSTAVOCOLORADONo es necesario dar muchas vueltas para entender que a largo plazo resulta más saludable educar a la gente en el respeto a la singularidad de los demás que modificarle la fisonomía a una persona para ponerla a salvo de la atarvanería ajena.

Por: Gustavo Colorado

Lo leí el mismo día en dos cables distintos. En la ciudad de Armenia, Colombia, decidieron patrocinar  la cirugía de orejas a una niña abrumada, según sus padres, por el matoneo de sus compañeros de colegio. ¿La razón? El tamaño de su apéndice era generador constante de burlas. Mientras esto pasaba, en Cali, a tres horas de distancia, una adolescente optó por el suicidio ante la  negativa o la imposibilidad de los suyos para asumir los costos de una cirugía de senos.

Una sociedad preocupada por su presente y su futuro debería recibir esas noticias como alertas tempranas sobre algo muy peligroso incubado en sus entrañas. En el primero de los casos el mensaje no podría ser más errático: en lugar de educar a las personas en el fortalecimiento del carácter para que puedan asumirse a sí mismas bajo cualquier circunstancia  optamos por intervenir su cuerpo para adaptarlo a las  exigencias del mercado. A ese paso, estaríamos a las puertas de una forma de eugenesia peligrosamente cercana a la postulada por los nazis. Ya imagino al coronelote de turno obligándonos  a formar en fila contra la pared: narizones, estrábicos, dientes de conejo, chapines, orejones y en fin, toda la suma de la humana imperfección  impelida a endeudarse o a recurrir a la mendicidad pública con el fin de   someterse a una restauración  perentoria de la propia fisonomía. Desde ya hago un llamado a la rebelión: feos y contrahechos de todos los países ¡unámonos!

Bromas aparte surge una pregunta más delicada: ¿Cuál es el papel de la educación formal y de la orientación de las unidades  sociales básicas entre nosotros? No es necesario dar muchas vueltas para entender que a largo plazo resulta más saludable educar a la gente en el respeto a la singularidad de los demás que modificarle la fisonomía a una persona para ponerla a salvo de la atarvanería ajena. Si le otorgamos patente de corso a esta última cada padre de familia  se verá empujado a negociar sus riñones en el mercado negro de órganos para salvar a sus vástagos de la inquina del prójimo. Un dato adicional: como vivimos en el tiempo de las víctimas y los traumas podríamos estar frente un callejón sin salida. Por definición, la naturaleza es la gran bromista universal y todo el tiempo está produciendo piezas defectuosas para recordarnos nuestro carácter contingente  y de  paso engrosar las cuentas de los cirujanos plásticos.

El drama de la chica caleña resulta todavía más alarmante: el suicidio como herramienta extorsiva para alcanzar  propósitos que además no son hijos de la necesidad sino de la alienación. La jovencita en cuestión quería ostentar un par de tetas como las de su compañeras mayores… que a su vez  pretendían emular  a  las modelos del cine y la televisión…, que a su vez…, pero mejor  paremos aquí porque acabaríamos abismándonos en recintos muy  remotos de la condición humana y animal.

Educados en la religión del consumo, los publicistas y expertos en mercadeo se convirtieron en los nuevos sacerdotes y guías espirituales de las masas: definen gustos, actitudes, tendencias y, lo más grave de todo, criterios de valoración de los seres y las cosas, un papel hasta hace algunos años reservado a la ética o al bien vivir que llamaban los antiguos. El resultado de todo esto es un desbarajuste de resultados predecibles. Cada día se multiplicarán los casos de personas agredidas porque sus rasgos no corresponden a los dictados del mercado. Su  respuesta no se dará desde la templanza, esa anacrónica virtud desterrada al cuarto de los trastos inútiles. Nada de eso: de hecho ya tenemos especialistas en reformar cada parte del viejo y resistente esqueleto. No importa si eso implica endeudarse hasta los cojones. Al fin y al cabo,  como lo han repetido tantos, en nuestro mundo ya lo importante no es ser, sino parecer.

Ustedes ya conocen mi fotografía: nada que ostentar, en todo caso. Sin embargo, así he conseguido amar y ser amado hasta esta altura del camino. Por eso mismo no estoy dispuesto a someterme  ni a someter a los míos a esa sofisticada forma de esclavitud enfocada a responder, no a nuestros anhelos más profundos, sino al juego de  pulsiones y miedos creados a la medida de los intereses de un modelo por completo ajeno a los asuntos más entrañables de la existencia.