Los colombianos perdonamos, pero no olvidamos. Uribe está perdonado, pero no hay olvido en todos esos malos procesos, malas políticas y decisiones inhumanas en contra de miles de compatriotas.

Por: Diego Firmiano

Álvaro Uribe Vélez se cree el eslabón perdido en la cadena de la democracia colombiana. Sus protagonismos han cobrado interés no como tema político sino como escenificación del escándalo, el rating y el camorreo televisivo. En pocas palabras, se cree el monograma del pueblo entero. Emulando al caudillo colombiano de los años 50 Jorge Eliecer Gaitán, quien dijo “no soy un hombre soy un pueblo”, Uribe parece querer imprimir en los colombianos algo parecido: “No soy un hombre, soy Colombia”.

La verdad es que Uribe no representa a nadie, su voz es personal, y el error es que los medios de comunicación le prestan atención cuando habla como un estólido desde cualquier plataforma; a mí no me representa, porque en mis tres décadas de vida y de colombiano jamás he votado, ni me he dejado convencer de esas predicaciones políticas de paz y seguridad: tengo mi conciencia limpia.

Lo maquiavélico del asunto, o sea de su injerencia en la oposición, no solo en temas internos, además en asuntos de los vecinos -como los de Venezuela y Ecuador-, es que su método de acción es no poder reinar en la unidad, sino que su filosofía pragmática parece ser esa de Julio César: “Divide Et Impera” (“Divídelos y vencerás”).

La comunidad Twitter está partida en dos, el país sumido en guerra de guerrillas y bandas criminales, y ahora la guerra psicológica y política del expresidente de minar la confianza que le tienen los colombianos a Juan Manuel Santos.

Este intenso debate y polémica que sostiene contra el  gobierno actual de Santos, responde a la voluntad de redimirse en la opinión de la ciudadanía, de actos que solo él sabe, que fueron hechos por su mano; eso es como el activismo que tenía Ernest Hemingway para acallar la conciencia de sus muertos en la guerra europea, o Don Miguel de Unamuno, escribiendo para encontrar la inmortalidad en el pensamiento de los hombres.

Y lo curioso es que su activismo e insistencia en la oposición, da la impresión de que no se resigna a creer que ya terminó su periodo de mandato electoral en el país. Es como un deseo insatisfecho por concluir lo que emprendió: a los cuatro años nos vendió la idea de que necesitaba otros cuatro años para darnos la paz que esperábamos; como novia fea, quedamos con los crespos hechos.

Sí este paisa leyera se daría cuenta que Homero dijo en su Ilíada: “Es nocivo el gobierno de varios. Es necesario un solo jefe, un solo rey”. Pero la verdad es que esa máxima de Schopenhauer le encaja bien: “Ansían todos los hombres no desaparecer después de muertos del recuerdo de sus semejantes; los grandes ambiciosos aspiran a la gloria póstuma”.

Y por eso no se sabe si toda esa parafernalia que hace y el show mediático que representa, tiene fines presidenciales para el 2014. Pero una cosa es clara, y es que Álvaro Uribe está infringiendo los derechos de los colombianos al no atenerse a la filosofía del deber, de “hacer lo que esté en su libre determinación, siempre y cuando no perjudique a los otros”.

Sus ideas y arengas hostiles lo que hacen es romper la unidad política. Los colombianos, como cuerpo, lo que buscamos es un mismo fin: paz y seguridad, un largo sueño que no se ha experimentado sino en idea y anhelo desde hace más de 60 años.

El Estado es una institución que existe para proteger a sus miembros contra los atentados exteriores o los disturbios internos. Y en este punto el señor Álvaro Uribe Vélez está minando al Estado con sus intervenciones antipatrióticas.

Los colombianos perdonamos, pero no olvidamos. Uribe está perdonado, pero no hay olvido en todos esos malos procesos, malas políticas y decisiones inhumanas en contra de miles de compatriotas. Las muertes de civiles, de ninguna manera justificarán los medios políticos utilitaristas de bienestar para todos.

El pueblo colombiano pide paz, y actualmente está entrando en un diálogo de  negociación con los grupos armados con ese fin y Uribe no está contribuyendo en nada, sino a la mala imagen del país y a minar la confianza en las instituciones, que es el único bien que poseemos los colombianos, el que no nos ha arrebatado la guerra y el miedo.