Anacrónicas / Derecho a la izquierda

Ex-libris Martín-ChocoloAhora la izquierda en particular y la democracia en general se verán fortalecidas con este logro jurídico avalado por los altos tribunales y por fin se podrá, en nuestro “Estado social de derecho”, que podamos -quienes creemos en caminos distintos a los propuestos tradicionalmente y como se dice en la jerga jurídica- transitar…  en “derecho a la izquierda”.

Por: Martín Rodas

Cuando se cumplieron las exequias de Bernardo Jaramillo Ossa en Manizales, su tierra natal, una marea humana acompañó sus despojos mortales hasta el cementerio. Más parecía una marcha política que un desfile fúnebre, pues en medio de arengas y gritos de lucha, la gente, emocionada, sabía que estaba despidiendo a una de las figuras jóvenes y prometedoras más importantes de finales del siglo XX en Colombia. Recuerdo muy bien estos momentos, pues entre la multitud me encontraba también profundamente conmovido y participaba con mi voz y mi cuerpo de las expresiones de solidaridad y dolor que sentíamos luego del magnicidio.

Tras el féretro, Carlos Pizarro Leongómez, Antonio Navarro Wolf y otros líderes se trenzaban en un abrazo solidario; sabemos de sobra qué pasó luego con Pizarro. Hoy en día paso todos los días por la casa del barrio San Jorge en que se crió Bernardo y la cual siempre me trae a la memoria la vida y la obra de una persona que desde sus andanzas por el Instituto Manizales como líder estudiantil, en la Universidad de Caldas como estudiante de Derecho y fogoso representante de las luchas populares y luego su paso en una agitada y fructífera vida de luchas sociales en el Urabá antioqueño, alcanzó el reconocimiento nacional para luego perfilarse como uno de los candidatos presidenciales más prometedores de un país que todavía sufre los horrores del poder oscuro que sacrifica a sus mejores hombres y mujeres en el altar de la intolerancia.

Muchas personas conocidas por mí fueron víctimas de la masacre perpetrada contra la Unión Patriótica, que llegó al exterminio de casi seis mil militantes de ese partido político de izquierda y que se atrevió a salir a la escena política a pesar del ambiente hostil y las amenazas de quienes siempre estarán en contra de las salidas negociadas al conflicto y la paz. Destacados líderes sociales que hacían parte de la cultura, las artes, el sindicalismo, maestros, estudiantes, en fin, un espectro muy amplio de la sociedad colombiana, cayeron víctimas de la barbarie.

Mi juventud estuvo contextualizada por hechos de este tipo y mi formación más importante en la vida (inclusive mejor que la recibida en medio de las cuatro paredes de escuelas, colegios y universidad) estuvo en las discusiones y capacitaciones políticas que recibía en Sintra Única, sindicato del cual mi hermano era presidente y en donde conocí a muchas personas gracias a las cuales hoy tengo una visión analítica y crítica de la sociedad. Uno de quienes hacían parte de este ambiente y a quien yo admiraba y respetaba profundamente por su seriedad y representatividad en el medio, era Rubén Castaño Jurado, quien fue presidente de la Federación de Trabajadores de Caldas y fundador del Partido Comunista Colombiano en Caldas y de la Unión Patriótica en la región. Fue asesinado en el año de 1985 mientras cumplía su labor permanente de defensa por los derechos de los trabajadores.

Y no debemos olvidar al gran Jaime Pardo Leal, hombre bueno y valiente y a quien rememoro cuando en sus visitas al diario La Patria de Manizales, en donde yo trabajaba, se sentaba en el bar de la esquina, “Rigoleto”, a tertuliar con los periodistas y las personas del común que frecuentaban ese sitio para relajarse del trajín cotidiano en medio del humo del cigarrillo y los efectos espirituosos de la cerveza o el aguardiente. Las balas callaron, en 1987, la voz de Pardo Leal, en medio de la más completa impunidad que continúa hasta hoy.

Desde aquella época, las voces que claman justicia tampoco se han silenciado, y lo que era un susurro ahora es un huracán que ha llevado a que, al menos, después de tantos años, se repare una gran injusticia, como fue el retiro a la Unión Patriótica, por parte del Consejo Nacional Electoral, de la personería jurídica, lo que le impidió participar en posteriores comicios electorales. Más de diez años después, el Consejo de Estado, en un fallo trascendental para la democracia y la participación política en Colombia, ha vuelto a reconocer a la Unión Patriótica como partido político, lo cual se enmarca en la popular y triste sentencia de que “la justicia cojea, pero llega”.

En este caso, quien ha llegado cojeando es este partido político, aporreado hasta el cansancio, pero con toda la dignidad y la frente en alto. Estoy convencido de que ahora la izquierda en particular y la democracia en general se verán fortalecidas con este logro jurídico avalado por los altos tribunales y por fin se podrá, en nuestro “Estado social de derecho”, que podamos -quienes creemos en caminos distintos a los propuestos tradicionalmente y como se dice en la jerga jurídica- transitar…  en “derecho a la izquierda”.