Solicito el favor a los lectores para que me disculpen este texto criticón, pues voy a referirme a uno de los acontecimientos culturales por los cuales hoy está el país orgulloso: la nominación de “El abrazo de la serpiente” a los premios Oscar como mejor película extranjera, cinta que considero tiene los méritos suficientes para obtener dicho galardón.

MARTÍN RODAS IZQ

Por Martín Rodas

Voy a referirme a la misma desde una de las aristas que poco se mencionan cuando todo el mundo está alegre por un acontecimiento grato como este, pero considero que el análisis descarnado de las cosas también aporta a la comprensión de los fenómenos vitales, sociales y culturales.

Desde la mal llamada “conquista” de América (más bien brutal masacre), el tema de nuestras culturas indígenas ha sido aprovechado para continuar la expoliación desde lo que se podría llamar “extractivismo cultural”. Tanto los cronistas como los exploradores se dieron a la tarea de describir un “mundo nuevo”, que realmente podría ser más antiguo que el de los mismos europeos. Y en este descubrir-describir lo que hicieron fue inventariar las riquezas de determinadas regiones para quienes tenían y tienen interés en explotarlas. Y es que esta explotación no solo fue y es material y económica, también es simbólica. Adentrarse en las entrañas selváticas para buscar los tesoros perdidos y ocultos de los chamanes es una de las vetas más apreciadas por la globalización, que nos muestra a los modernos exploradores en las aventuras más extremas y descarnadas. Éstos llegan hasta los límites para demostrar la supremacía del “hombre blanco” (en este sentido el color de piel es lo de menos frente al color de la mente y del alma) tanto sobre las otras culturas como sobre la naturaleza. El mito de Tarzán perdura y es más espectacular que nunca, pues tiene en sus manos los medios tecnológicos para lograrlo y mostrarlo al mundo.

Es ahí en donde producciones como “El abrazo de la serpiente” se convierten en una mercancía más de nuestra sociedad de consumo representada en ese hipermegamercado mundial que tiene dependencias para todo y en el cual lo relacionado con los misterios chamánicos y selváticos es de gran valor dada la demanda que tienen. Estoy casi seguro, por ejemplo, que con esta película se va a disparar el consumo de yagé, el cual se está convirtiendo, desgraciadamente, en otra de las plantas sagradas que irá seguramente a parar a los laboratorios del narcotráfico para su consumo masivo e irresponsable o a las empresas farmacéuticas trasnacionales que la utilizarán como la medicina mágica contra los males que ellas mismas provocan.

Yo he probado el yagé, no sé si con el respeto debido, y tuve la experiencia de las “pintas” como las que se ven en la película, pero ahora, después de ahondar en estos fenómenos mediáticos, he llegado a la conclusión de que estamos abusando de sus “poderes” en una dudosa búsqueda espiritual y ecológica.

La realidad de nuestros pueblos originarios es su pobreza y degradación por la influencia y el avance de la sociedad occidental que los transforma en seres sometidos a costumbres que destrozan sus culturas, pues les estorban en el camino de obtener los recursos naturales que están en su mira: el agua, la biodiversidad, los minerales… y sus símbolos, que son atractivos para quienes disfrutan de estos “realities” cómodamente sentados en las salas de cine o en patéticos viajes turísticos en donde las comunidades indígenas son vendidas como parte de los paquetes promocionales que se pagan con la tarjeta de crédito en favorables cuotas mensuales.

Espero, como todos los colombianos, que la película gane el Oscar, pero también anhelo que este tipo de reflexiones se realicen para que su mensaje no pase de ser el “abrazo de la serpiente” al “abrazo del business”.