Ex-libris Martín-ChocoloSustentados en estos principios de independencia, dignidad y libertad, es que debemos permanecer unidas y unidos en la defensa de nuestros valores, para que en las ollas hogareñas se sigan cociendo las papitas criollas, el maicito indio y la gallina campesina en medio de los plátanos y la yuca que siempre han acompañado nuestra dieta.

Por: Martín Rodas

Tuve una experiencia hace mucho tiempo, cuando trabajé en el Urabá antioqueño para una empresa exportadora de banano. En aquella época, mi anhelo de aventuras y conocer mundo me llevó a esta selva portentosa que afortunadamente es un nudo entre América del Norte y América del Sur, imposible de superar hasta ahora y que ha posibilitado que se conserve todavía; a pesar de esto, no olvido la impresión que me causó cuando llegué allá en mis años juveniles al ver  los gigantescos sembrados de plátano y banano en medio de los troncos de los árboles talados o quemados, todavía humeantes, para dar paso a la agroindustria. Cuando salí de Manizales, mi lugar de origen, sentía el llamado de la selva, y como Tarzán posmoderno, esperaba encontrar una naturaleza prístina, original; en vez de eso, me estrellé contra un muro de depredación y violencia que por aquella época arreciaba con la furia del apocalipsis.

En esas condiciones, estuve algún tiempo varado en una tierra extraña y brutal, sirviendo a los intereses de empresas a las cuales no les importaba el ecosistema y en donde se manejaban prácticas perversas de cultivo. A mí me tocaba viajar todos los días al río Atrato, en turnos que intercalaban una jornada en Nueva Colonia, embarcadero del río mencionado, y otra jornada en Zungo, otro embarcadero del mismo río. Desde allí salía la fruta en los bongos, barcazas de metal que llevaban el banano, el plátano y no sé qué otras cosas, hasta el golfo de Urabá, en donde gigantescos trasatlánticos fondeaban esperando por estos productos con el fin de repartirlos por todo el mundo. Eran días de zozobra en medio del calor asfixiante, los mosquitos y el dolor de las sufridas comunidades locales de negros, paisas y costeños chilapos que se miraban desconfiados entre sí. En medio de ese ambiente hostil, mi sensibilidad se vio afectada por la indiferencia, la soledad y el abandono.

De esta experiencia, lo que más me marcó fue el paisaje desolador que dejaban estos cultivos. En las enormes fincas trabajaban en pésimas condiciones los obreros de la tierra, pues no eran campesinos, eran eso, obreros, metidos en caseríos miserables en medio de las plantaciones y bajo condiciones inhumanas. El campo estaba completamente uniformado y la geometría era exacta y milimétrica; la producción fluía permanentemente como una fábrica cualquiera. Enormes tractomulas eran cargadas con la fruta y luego iban a los embarcaderos de Nueva Colonia y Zungo en donde se revisaba aleatoriamente el contenido de cada viaje. Allí empezaba uno de los espectáculos más sobrecogedores que haya presenciado en mi vida, pues de cinco cajas de banano o plátano que eran revisadas, si alguno de los productos presentaba ciertos “defectos” de calidad, como por ejemplo ser más pequeño o tener pecas, todo el embarque era rechazado. Lo que seguía a continuación se veía a lo ancho y largo de las carreteras que surcaban las bananeras urabeñas, pues montañas de plátano y banano tirados a la vera del camino, contaminando los ríos y cañadas, creaban enormes basureros, dado que los productores, encartados con semejante cantidad de fruta rechazada, preferían arrojarla en cualquiera parte.

De esos tiempos nefastos de mi memoria, retomo las imágenes descritas para hacer un parangón con las denuncias que se hacen hoy en día frente a la prohibición de que nuestros campesinos cultiven y posean sus semillas nativas, pues como resultado de los Tratados de Libre Comercio que se están realizando con otros países, especialmente con Estados Unidos, se ha promulgado la Resolución 970 del ICA en donde se criminaliza esta práctica, porque  según su normatividad los campesinos solo pueden comprar semillas patentadas por las grandes multinacionales. En este punto es fundamental la circulación de un video en internet que muestra cómo se destruye la producción arrocera de unos campesinos en el Huila, a lo que el gobierno no ha podido dar satisfactorias explicaciones y se enmaraña en la jerga incomprensible de los técnicos agropecuarios que justifican este atropello, pues concluyen que lo que se estaba destruyendo era una producción ilícita.

Afortunadamente, las redes sociales han permitido la difusión y denuncia de estos abusos, por lo cual se aumenta la presión de la sociedad en general contra estas prácticas monopolistas y capitalistas que vulneran la dignidad de nuestros pueblos y se resisten al poder homogenizador de las empresas trasnacionales. Con estas acciones de la sociedad civil se está dando una pelea de las comunidades y los pueblos por la autonomía y la seguridad alimentaria que desde hace miles de años es practicada y ha permitido que la diversidad haga parte de nuestra identidad y cultura.

Sustentados en estos principios de independencia, dignidad y libertad, es que debemos permanecer unidas y unidos en la defensa de nuestros valores, para que en las ollas hogareñas se sigan cociendo las papitas criollas, el maicito indio y la gallina campesina, en medio de los plátanos y la yuca que siempre han acompañado nuestra dieta, porque esta ha sido una tradición alimentaria sana y libre de los problemas de salud que esa otra gente tiene, merced al consumo de semillas modificadas genéticamente, transgénicas, que los tienen al borde de una crisis de salud pública por el sobrepeso y todo tipo de enfermedades, además de la más grave, la enfermedad del alma, resultado en últimas, de la ambición de poder y de dinero.