MARTÍN RODAS IZQSantos, indudablemente es el menos “pior” de los dos, y ha sostenido las mesas a pesar de los ataques virulentos de los oscuros amigos de la guerra.

Por: Martín Rodas

El 15 de junio es una fecha trascendental para la historia de Colombia. Dos políticos que han hecho parte de los sectores que detentan el poder compiten por la presidencia de un país que apenas vislumbra la posibilidad que por fin podamos ejercer una democracia participativa e incluyente con justicia social y dignidad. Uno de ellos, hace parte de esa clase emergente que con fuerza, violencia y la manipulación del miedo de las personas ha hecho carrera inusitada y vertiginosa (el espectáculo de la barbarie todavía atrae a muchas personas). El otro, es un delfín de una oligarquía que tiene las riendas del poder hace muchísimos años. ¿Cuál de los dos menos “pior”?, es la gran pregunta que entra en escena en esta campaña electoral.

La respuesta a este interrogante ha generado posiciones que van desde el apoyo incondicional al estilo inquisidor; la recomendación de no votar o votar en blanco y la de quienes acompañan al oligarca que enarbola las banderas de la paz… ¿Por quién votar?

No voy a responder a esta pregunta recomendando votar por tal o cual, pues no me gusta ser consejero, pero sí voy a expresar mi “voto de opinión”, el mío. Yo voy a votar por el oligarca, por Santos, porque a pesar de que soy una persona de izquierda y he apoyado siempre en las elecciones a sus “múltiples” candidatos, ahora quiero darle a mi voto una “palomita” por una opción de centro izquierda que ha logrado crear un frente de partidos de diversas ideologías que le apuesta a la paz. Juan Manuel Santos, el Presidente oligarca, desde ese giro inesperado cuando asumió la Presidencia, de proponer unos diálogos de paz con la guerrilla, ha sostenido su proyecto que ha logrado lo que en cincuenta años de guerra ha sido imposible. De cinco puntos de una agenta durísima, se han acordado los tres más difíciles. Desde el horizonte y la utopía por fin nos refrescan vientos de paz.

Santos, indudablemente es el menos “pior” de los dos, y ha sostenido las mesas a pesar de los ataques virulentos de los oscuros amigos de la guerra. No es el adalid que uno espera, pero se la ha jugado, me imagino que por estrategia política, pero eso al menos demuestra que es inteligente y que está con el pulso y las tendencias mundiales del fin de los conflictos desde el diálogo, la reparación y la justicia.

León Valencia lo expresa en su columna de la revista Semana como un voto del sentimiento, una acción que sale del alma y él, que fue un guerrero en esta lucha fratricida, tiene argumentos suficientes para expresarlo, inclusive al reconocer que el hoy contradictor furibundo de la paz fue, en su tiempo, cuando era gobernador de Antioquia, uno de los impulsores del pacto que se hizo con el grupo insurgente al cual pertenecía Valencia.

Estoy seguro de que con el fin del conflicto armado en Colombia, se tendrán más oportunidades para que quienes abogamos por un estado socialista, podamos trabajar por una democracia que más que participativa sea directa, desde los principios de Thoreau, y basada en la resistencia no violenta activa que proclamaron Gandhi y Martin Luther King, con ejercicios políticos plenos marcados por el arte y la cultura, como lo hacen hoy muchos colectivos de jóvenes y de otros movimientos sociales.

Lamento profundamente que personas que he respetado, como el senador Jorge Enrique Robledo, con su posición retardataria y cerrada de ahora, al mejor estilo de la polarización de la guerra fría, proclame el voto en blanco, ¿acaso olvida el senador que también él está allí gracias a alianzas con otros grupos?… que no venga a creerse tan puro y albo como su cabellera, que en el trajinar para conseguir votos también tiene sus pecadillos, esos que se comentan en los cafés de los pueblos como el de Neira, en donde tuve oportunidad de departir alguna vez con él y con un allegado a su movimiento (persona no muy santa que digamos). En mi caso, el senador Robledo ha perdido un voto y mi admiración.

El otro caso, y que deploro con amargura de poeta, es el de William Ospina, quien peló el cobre, como aquél otro personaje que alguna vez fue el profeta de la ternura en Colombia y que ahora huye y se esconde en las sombras perversas del odio. La opción electoral de Ospina por los menos “piores” (no Santos) ha provocado que el aprecio que le tenía se convierta en un sentimiento de indiferencia, pues su falta de coherencia con lo que ha escrito hace que borre con el codo lo que ha garabateado con la pluma… ¡lástima!… en mí ha perdido un “voto” de confianza en la legitimidad ideológica de su producción intelectual.