La población colombiana quiere ser testigo de verdaderas políticas públicas, que se genere un ambiente de prosperidad, de oportunidades, de principios éticos y morales de los elegidos.
Escribe / Adriam Bastida – Ilustra / Stella Maris
Cuando más ricos somos, más egoístas nos ponemos y vemos la preocupación de tener que repartir la mesa.
José “Pepe” Mojica
Está claro que el discurso insulso, repetitivo y predecible de la lucha contra la corrupción en cada campaña presidencial se viene escuchando desde hace más de tres décadas. Además, como una más de las tantas paradojas que pululan en Colombia, venimos ocupando desde hace rato los primeros lugares entre los países más corruptos del mundo y, al parecer, es sinónimo de orgullo para aquellos que ostentan el poder político y económico, aquellos egocéntricos, arrogantes, los intocables, los atorrantes que miran con desprecio a sus subalternos, por no comentar sobre las miradas que disparan con sevicia contra el pueblo, los que no conocen la humildad producto de la ceguera ramplona contagiosa nacida desde el lujo, la erudición traqueta, el confort, la ignorancia y la estupidez; son estos personajes lapidarios quienes se enorgullecen de hacer parte de una cultura corrupta.
Podríamos afirmar que afortunadamente, y para el beneficio de la sociedad colombiana, dicho nido de hampones van de salida, el pueblo los bloqueó a punta de votos en las urnas, esperando que nunca más regresen a gobernar para sus amigos y familiares. Ahora bien, si es verdad que el país cambió, es momento de dejar a un lado comportarse como una vil secta, y acercarse a la imparcialidad y objetividad por más descontinuado y complejo que sean estos términos.
A los que llegan, a los que ganaron, a los que proclaman ser el cambio y vociferan ser los cuidadores de la vida y demás derechos humanos, se les debe pedir -casi que obligar- a ser trasparentes, a ser demasiado honestos. Damas y caballeros, estimados y estimadas senadores, representantes a la Cámara, ministros, vicepresidenta, presidente, y demás representantes del nuevo mandato que llega, si desean lucrarse, si desean yates, mansiones, negocios inmobiliarios, robar playas públicas, comprar haciendas, tener autos de alta gama y demás parafernalias que inflan los egos, dedíquense a otra profesión, bájense sus sueldos considerablemente, se puede hacer, y es fácil hacerlo, no se pongan con rodeos, ni con demagogias tóxicas, conéctense con la gente, caminen las calles, miren a los ojos con amor, y no con desprecio, conozcan la realidad de aquellos que ustedes han llamado los nadies.
Necesitamos que den ejemplo de humildad, no son superiores, no son de la realeza, edúquense, lean, instrúyanse para que el poder no los nuble, comprendan de una vez por todas que la ciudadanía está asqueada de los políticos usurpadores, ya no tolera más a los que se amamantan de la teta del erario sin disimulo, chupan y chupan cual ternero huérfano, y en realidad son unas gárgolas carroñeras; despierten el valor de la honradez, sean ejemplo, piensen y actúen con decoro, y si en alguno momento tienen algún traspiés, allí estaremos, vigilantes y punzantes, los queremos ver cuando dentro de sus filas se presente alguno acto de corrupción, queremos ver cómo será el proceder, queremos ver si tendrán las agallas suficientes para reconocer con magnanimidad su error y enviar a la cárcel a la rata con trajes finos, sin importar su cargo, su linaje, ni mucho menos sus amistades.
La población colombiana quiere ser testigo de verdaderas políticas públicas, que se genere un ambiente de prosperidad, de oportunidades, de principios éticos y morales de los elegidos, se quiere un trabajo digno de estos nuevos personajes de la política nacional. Deseamos austeridad y humildad por parte de ellos para quienes son sus verdaderos jefes, que entiendan de una vez por todas que son servidores públicos, y que toda esa arrogancia y prepotencia que se oxigena en esos espacios en los que se mueve dicha clase rancia politiquera sea expulsada en forma de purga.
Es una cuestión de honestidad, la política no es para enriquecerse, la política del siglo XXI debe nacer desde la empatía, de la solidaridad, de la comprensión del diálogo, y es deber de todos construir unas nuevas competencias ciudadanas.
Si en el nuevo discurso de los que llegan se está hablando de paz con los distintos actores armados al margen de la ley, debemos asimilar desde ya que habrán muchos sapos que tendremos que devorar y pasar sin agua, como ocurrió con la paz de Santos y las FARC, pero la historia ha demostrado que ningún proceso de paz es perfecto, y siempre serán bienvenidos los diálogos que produzcan tranquilidad, que por fin se viva sabroso, y es allí donde todo colombiano debe ser muy inteligente, no dejarse confundir, consultar, investigar, indagar, estar bien informado, no cegarse por el triunfalismo, ni sectarismos, también debemos ser honestos con nosotros mismos, vigilantes de quienes nos representan en lo legislativo y ejecutivo, críticos constructivos entre todos. Así que, estimados representantes del Pacto Histórico, sean dignos y trabajen con decoro, los estamos observando, ya no tragamos entero.


