FRAGILIDAD EMOCIONAL. UN SUJETO PRECARIO

A Maxi

“El empequeñecimiento (…) del hombre europeo encierran nuestro máximo peligro, ya que esa visión cansa (…) descendemos cada vez más abajo, más abajo, hacia algo más débil, más manso, más prudente, más plácido, más mediocre, más indiferente” Nietzsche. GM. P. 58.

Escribe / Joe Stevens Rodríguez R. – Ilustra / Stella Maris

El pensamiento de Nietzsche se configura como una crítica radical contra la cultura de su época, específicamente contra este sujeto producto de su proceso de cría, una oveja en estado puro. “Cómodo, conforme e indiferente” es un ser abnegado a su lugar y función. Egoísta mientras mantenga migajas de beneficios, puede tolerar altos niveles de injusticia sobre sí mismo. Se inclina y besa el rejo que lo azota. “Mediocre” no construye una opinión propia, ni consistente. O tan siquiera cree que pueda construirla. “Débil”, habitado por el miedo, todo lo considera peligroso. Solo inclina la cabeza ante las viejas creencias y prejuicios.  

Pero este sujeto que Nietzsche ataca en el siglo XIX, se repite hoy para nosotros. El mismo producto, bajo otras condiciones culturales que lo hacen posible. Expliquémonos: hace pocos meses Julian de Zubiría (famoso pedagogo dentro del movimiento académico) y “La oreja Roja” (medio alternativo que funciona de manera virtual), expresaban como una gran ¡ALERTA! La relación entre: el uso excesivo que dan los jóvenes a las redes sociales y la fragilidad emocional que padecen. “La oreja roja” expuso como prueba de su llamado de atención, un estudio sobre el tiempo anual que están pasando jóvenes y adultos en sus dispositivos: alrededor de dos meses al año. 

De forma particular, cerca de un año antes de esta alerta, me vi involucrado con la misma inquietud. Una estudiante que padecía de ansiedad, no soltó el celular en toda la clase, aun cuando los demás le llamaban la atención. Cuando terminó la clase, solo la interpelé por el tiempo diario que pasaba conectada al dispositivo. Me dijo que días antes había sentido la misma inquietud, y abrió su dispositivo en el icono de la batería donde se guarda este registro. De las últimas doce horas, había pasado siete horas en el celular. 

Todavía más intrigado por la conducta, comencé a interrogar de forma aleatoria a mis estudiantes, preguntándoles por el tiempo que pasaban en sus dispositivos los fines de semana. El récord se lo llevó una niña con 17 horas 23 minutos. La mayoría de los sujetos que interrogué padecían o tenían tendencias hacia la anhedonia, la depresión y la ansiedad. Enfermedades del alma que hoy en la institución donde laboro, se han convertido en padecimientos comunes, palabras que transitan en el día a día. El año pasado, con una frecuencia semanal, teníamos un estudiante en crisis que no se podía controlar. 

De estas experiencias surgieron los interrogantes que impulsaron esta investigación: ¿Bajo qué condiciones la conexión exagerada a la virtualidad, tiene como efecto la fragilidad emocional de los individuos? ¿Qué puntos de anclaje permiten relacionar el uso indiscriminado de las redes sociales con la fragilidad emocional? ¿Cómo el funcionamiento de las redes sociales genera efectivamente una fragilidad emocional, cercana al sujeto-oveja descrito por Nietzsche?

FUNCIONAMIENTO

Según Byung Chul- Han las redes sociales actúan sobre el sistema límbico, llevando al sujeto a estar cada vez más conectado. Nada más cierto y más simple. Es ampliamente reconocido que las redes sociales actúan incitando la segregación de dopamina en el sujeto, utilizando los instintos de recompensa y reconocimiento. Los estudios sobre la dopamina y su relación con la conducta humana no son nuevos ni hipotéticos. En 1954 los científicos James Old y Peter Millner realizaban experimentos en los cerebros de las ratas. Por equivocación, como suele suceder con la objetividad científica, queriendo ubicar un electrodo en la zona cerebral del sueño, lo situaron en la zona que activa la dopamina. El experimento prosiguió. La función del electrodo era activar la segregación de dopamina a través de pequeñas descargas eléctricas. Ubicaron a las ratas en una caja donde, en una de sus esquinas, tenía instalada una palanca que, al apretar, realizaba la descarga para la estimulación. Desde que aprendían el estímulo se quedaban allí, en esa esquina particular de la caja. Cuando no era controlado el estímulo por los científicos, y las ratas podían actuar a su antojo, eran capaces activarlo dos veces por segundo. Y en pocas horas podían hacerlo más de siete mil veces. Los científicos trataron de pervertir esta conducta adictiva introduciendo otros estímulos de carácter instintivo: comida, sexo o sus crías. A estos últimos los abandonaban, los machos no se inquietaban con las hembras en celo, y la mayoría de las ratas morían de inanición. 

Como la ciencia no para su desarrollo, prontamente el experimento se adelantó en humanos. El caso es conocido como el paciente B-19, y fue realizado por el director del departamento de neurología de la universidad Tulane en Nueva Orleans. El experimento se llamó “Estimulación septal para la estimulación de la conducta heterosexual, en un paciente homosexual”. Mediante electrodos implantados en su cerebro – como en el caso de la rata- el paciente recibía estímulos para la segregación de dopamina. En el paso a paso progresivo del experimento, primero se mostraban imágenes eróticas de encuentros heterosexuales, luego videos con contenido pornográfico y, por último, un encuentro sexual con una mujer. El experimento fue positivo en todas sus fases. El paciente B-19 tuvo erecciones ante las imágenes, se masturbó con los videos pornográficos y accedió a tener sexo con una prostituta. Eso sí, dentro del laboratorio. Incluso, luego de haber sido dado de alta, el paciente convivió por un año con una mujer, pero se prostituía con hombres. La estimulación de la dopamina en el sistema de recompensa, tuvo como resultado un cambio en la conducta sexual del sujeto. La perversión de un instinto profundo. 

Por mi parte, y en un entorno para nada científico, pude observar un cambio de comportamiento similar en un estudiante del colegio en el que trabajo. En las gradas del patio principal, evitando la mirada de otros estudiantes que lo acompañaban, el pillo observaba en su celular una serie infinita de videos porno. De todos los videos que pasaba rápidamente haciendo scroll, escogía uno cada diez o quince segundos (Quizá menos). De estos videos que escogía, solo observaba las partes que le interesaba, haciendo un zapping rapidísimo. Así, aún cuando los videos porno de las redes sociales han reducido estratégicamente su tamaño, a dos o tres minutos -una película porno, o una escena de 15 min con diálogo es completamente obsoleta, digna de un victorianismo de los años ochenta o noventa- el chico los reducía a pocos segundos, diez o quince como máximo. Con una atención sobre-captada, que cuando se detenía en cada video realizaba múltiples, muy rápidos y coordinados, movimientos de digitación sobre la pantalla táctil. Se notaba concentrado e hiperactivo, cabalgando un deseo que buscaba ansiosamente su objetivo. Tensión y vértigo estaban asociados a una red numerosa de estímulos, solo contables en las veces que dio click deslizando sus dedos sobre la pantalla táctil. No sé exactamente cuántas veces pudo haber dado click, pero puede estar cercano al número de veces realizado por la rata en el experimento de Old y Millner. 

Cuando sonó el timbre para ingresar a clase, el chico hizo todo lo posible para no entrar y quedarse conectado. El placer del estímulo sobre la segregación de dopamina pervirtió su conducta, su deber. Pero contrario a la rata o al paciente B-19, el estudiante no necesitó de un electrodo implantado en su cerebro, para estimular el sistema dopamínico de recompensa y cambiar su conducta. La estimulación ya no es invasiva, ni requiere pequeñas descargas eléctricas que actúan directamente sobre la corteza cerebral. A partir de los gustos y deseos más instintivos del sujeto, y a través de un dispositivo suave y ergonómico que no ofrece molestia alguna, hoy se logra de una manera más que eficiente. 

ESTÍMULO

Este placer pequeño, instantáneo, que se obtiene como recompensa en la interacción con las redes sociales, funciona a partir del estímulo. La palabra es muy importante. Ella viene del latín stimŭlus, que en su origen era el nombre asignado a una vara puntiaguda con la que se picaba el costado de los animales de carga, para obligarlos a moverse. Pero la palabra también era empleada como reconocimiento, o la recompensa que se tiene por un logro alcanzado stimŭlus gloriae. En el caso de las redes sociales, el estímulo funciona en estas dos acepciones: como lo que instiga, excita o gatilla el deseo-placer dopamínico, y como la recompensa pública que se espera recibir. Cada pulsación en la pantalla parece tener esta doble connotación, de excitación-ansiosa-de-recompensa. Un ejemplo claro son las notificaciones. No importa si el sujeto está dormido o en clase, si se encuentra en una reunión o en misa, cuando suena la notificación, o siente su vibración en el dispositivo, el deseo se activa junto a la ansiedad de recompensa. Es importante que el deseo que media entre la excitación y la recompensa esté cargado de ansiedad. Incluso, no importa que la recompensa se logre o no se logre, siempre y cuando se reaccione ansiosamente al estímulo. Comprendemos un poco por qué la ansiedad es una psicopatología común del alma contemporánea. 

La forma de estímulos pulsionales que hacen funcionar el placer instantáneo, sólo medible en segundos o milésimas de segundo, hace que el deseo-placer ingrese en un proceso de erosión. El sujeto ya no forja placeres que requieren esfuerzo y dedicación, o una perseverancia de la voluntad. Aprender a tocar un instrumento, leer una novela, desarrollar el gusto por la escritura o la pintura, se ven desplazados por esta red de recompensas instantáneas. Si partimos de una idea básica del deseo como una fuerza que nos lleva a hacer algo, el deseo- potencia del sujeto adicto a las redes se nutre de estímulos fugaces e intensos, sin un temple que los cohesione, los haga fuertes y profundos. Por esto cuando el sujeto adicto a las redes no está conectado y se enfrenta a la realidad cotidiana, donde no está expuesto a esa cantidad de estímulos y requiere cierto grado de esfuerzo, tiende a aburrirse y decepcionarse. Así, vuelve rápidamente a conectarse. Esta erosión del placer-deseo parece la forma de la fragilidad emocional contemporánea. 

Fragilidad relacionada con la ansiedad, la anhedonia y la depresión. Es extraño que un sistema de estimulación placentero, hedonista, tenga como consecuencia patologías psicológicas caracterizadas por el vacío y la falta de sentido. Un alma sobre- excitada que no encuentra, dentro de las múltiples cosas que posee, algo que la colme y la calme. La otra, un alma cansada que pace con su enorme vacío en el estómago. Caracterizada por la inacción y la anorexia, es cercana a la muerte. Es tierra mustia donde solo germina un deseo mortífero. 

El sujeto depresivo o ansioso intenta llenar este vacío conectándose indiscriminadamente a su dispositivo. Pero la conexión es el placebo de una sed que no sacia, de una adicción. Un sujeto en condiciones precarias que, como la rata en el experimento de Old y Millner, se conduce cada vez más, hacia la esquina de la caja donde se conecta a la red de estímulos. La nomofobia justifica este juicio: el término indica el miedo irracional que siente una persona cuando, por algún motivo, no puede utilizar su teléfono celular. Si usted mira constantemente el teléfono para ver si le han escrito, si roba horas de su sueño para estar conectado en la noche, si no quiere ir a un lugar donde hay pocas posibilidades de cobertura o conexión, o en cualquier lugar que se encuentra busca un enchufe para recargar su dispositivo…  Usted padece síntomas de nomofobia, y está expuesto a ansiedad, estrés y miedo, cuando tiene que desconectarse. 

Sin embargo, así el sistema de estímulos que activan el placer esté dispuesto para encubrir el aburrimiento, la decepción, la molestia o el dolor; éste y todas sus formas, hacen parte indispensable del ser humano. Epicuro, el filósofo antiguo que baso su pensamiento sobre el principio del placer, decía que el dolor era necesario. Sin la dimensión del dolor no reconocemos bien la dimensión del placer. La valoración del placer, su justa medida, depende de haber experimentado el dolor para contrastarlo. Un alma acostumbrada al placer, sin la dimensión del dolor, no tiene distancia de sí misma, la objetividad de verse bajo otra forma. Es un alma enferma. Bing Chull Han opina algo similar. 

“La negatividad mantiene la vida en la vida. El dolor es constitutivo de la experiencia. Una vida que consiste únicamente en emociones positivas o vivencias optimas no sería humana. El alma humana debe su profunda tensión precisamente a la negatividad”. 

Quizá el dolor del que tanto huye la generación de cristal, sea el camino que debe transitar, en un proceso de purga, para despertar del sueño anestésico de las redes sociales. 

ESTÍMULO COMO FORMA DE GOBIERNO

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Entre 1977 y 1978 Foucault se desplaza del concepto de poder hacia el concepto de gobierno. Éste no es asumido como una facción política e ideológica que intenta alcanzar el poder, para administrar el estado. Gobernar, para el filósofo francés es “estructurar el posible campo de acción de los otros”. El gobierno tiene entonces como objetivo particular, estructurar el campo de acción de los sujetos mediante tácticas, estrategias, discursos, normas, códigos etc. La Razón de Estado, el Liberalismo y el Neoliberalismo, han sido formas de este tipo de gobierno de las acciones. Y en todos ellos se repite una estructura que Foucault llama pastoral, heredada del cristianismo. El gobierno pastor está pendiente de la totalidad del rebaño y de cada una de las ovejas. Conoce estadísticamente la población, quiénes están ubicados en las diversas partes del territorio, los pobres que se encuentran en los márgenes o comunas, las zonas de tolerancia, las zonas campestres que habitan los sujetos adinerados etc. Pero también hay un conocimiento más íntimo del individuo: historia clínica, historia laboral, historia crediticia, historial educativo etc. Y sobre este conocimiento específico, toda una serie de códigos, normas, leyes. En el trabajo, en la escuela, en las diversas instituciones. Un ordenamiento reticulado del tiempo y del espacio. Todo esto hace que la acción de los sujetos se module y se regule, intentando siempre predecirla, adelantarla, para mejorar su conducción dentro de los límites de la normalidad. 

Hoy, con la forma de funcionamiento de las redes sociales, nos encontramos con un modelo novedoso del arte de gobernar. Cada respuesta placentera al estímulo dopamínico, cada deseo, es captado por una red de algoritmos. Un algoritmo básico puede sistematizar operaciones y hacer cálculos sobre ellas para resolver un problema que tiene como objetivo. Los algoritmos más avanzados, son los algoritmos de “machine learning” o de aprendizaje autónomo, los cuales no necesitan una intervención directa del programador humano. Pueden corregir sus propias fallas, optimizando operaciones y respuestas. Estiman, comprenden, categorizan y clasifican la información, escogiendo entre múltiples variables, la respuesta más aproximada. Otros simulan redes neuronales para analizar variables múltiples que están interconectadas. Redes que pueden trabajar al unísono para optimizar el tiempo de respuesta. Incluso, según la cantidad de información, hay sistemas superpuestos de redes neuronales que funcionan como filtros, para depurar posibles respuestas. Estos algoritmos de aprendizaje son la base de la I.A.

La red de algoritmos identifica los patrones del comportamiento del usuario. El tipo de gustos, las personas con las cuales interactúa con mayor frecuencia, el horario en el que está más disponible para conectarse. Con base en esta información presenta contenido similar fomentando la interacción. Incluso, no hay que dar necesariamente “click” para que el algoritmo capte el interés del sujeto. Basta con que se demore un poco en la imagen o el video, para que lo distinga del tiempo normal del scroll, leyendo este espacio como un posible interés. Y al identificar patrones y tendencias, gustos e intereses, el algoritmo crea la famosa burbuja informática que se retroalimenta por un movimiento en bucle. Cada posible interés estimulado, es repetido dentro de la serie del scroll, con intervalos de tiempo. La acción del individuo no solo es conducida sino anticipada a niveles muy, muy detallados.

Esta parcelación de la información adecuada al perfil del sujeto, limita la exposición a nuevas ideas, reforzando creencias y opiniones preexistentes. Al limitar las ideas, limita el contraste, la capacidad de ver otra posición. Al reforzar creencias y opiniones, limita el análisis racional y la creatividad. Tenemos entonces como resultado, la producción de sujetos precarios conducidos por opiniones y creencias. El perfil que guarda esta oveja es el siguiente: un deseo erosionado donde no germinan placeres profundos y exigentes, lo hacen cómodo e indiferente. Enclaustrado en sus propias opiniones y prejuicios, lo hacen mediocre, sin capacidad de análisis. Y con un carácter poseso por la ansiedad y la depresión, se torna tímido y miedoso

Es un sujeto que guarda la misma caracterización del sujeto descrito por Nietzsche en el siglo XIX.  Por eso la fragilidad de nuestros estudiantes se caracteriza por la comodidad, la indiferencia, el miedo al dolor y la mediocridad. Mediante técnicas virtuales de funcionamiento algorítmico, se realiza la producción y conducción del sujeto contemporáneo. Somos dirigidos hacia un rebaño uniforme que borra la diferencia. 

APERTURAS

La mayoría de los hechos expuestos en el texto son ampliamente conocidos. Ya el documental de Netflix “El dilema de las redes sociales”, o los cortos animados de Steve Cutts, nos presentan el panorama ético y político del problema que hoy nos afecta. Mi trabajo ha consistido en ampliar el foco de los hechos a través de algunos lentes conceptuales. Por esto finalizo con algunas preguntas que pueden inquietar futuras discusiones. 

Si las redes sociales y los sistemas virtuales funcionan teniendo como base el placer y la seducción ¿Cómo puede el sujeto resistir para distanciarse, inquietarse y promover la crítica? ¿Bajo qué condiciones puede un tipo de pedagogía, como mínimo, desestabilizar y poner en falta el hedonismo precario y frágil de los sujetos que tenemos en el aula?

¿Debemos enfrentar el viejo deseo de saber basado en el amor al conocimiento, que requiere un esfuerzo de la voluntad, contra un placer que está al alcance de una pantalla táctil y un click? O ¿habrá que minar el hedonismo con su lado escuro, ansioso y depresivo, en un proceso de depuración de sí mismo? ¿Nos conducimos hacia una pedagogía de las emociones que encuentra en el dolor y la fragilidad su espacio de especulación e intervención? ¿O la fragilidad hedonista será tratada por algoritmos de conocimiento autónomo y la IA, en una especie de psicopedagogía virtual?