Enfocarse en los resultados, olvidando la integridad de la comunidad educativa, convierte a los colegios en fábricas de trastornos mentales.
Escribe / Christian Camilo Galeano Benjumea – Ilustración / Freepik
Los profesores del magisterio que caminan por los salones vacíos —previo al regreso a clases— se asemejan a internos que deambulan por los pasillos de un hospital psiquiátrico. Van de un lado para otro con sus trastornos, en silencio, imaginando o maldiciendo el futuro que los espera en las aulas. De lo que no se habla, aquello que unos intuyen, y otros asumen como el precio a pagar por una labor poco deseada por su carga burocrática, pero apetecida por la estabilidad laboral, es que la salud mental de los profesores está rota, como un jarrón que se ha fracturado, y está a punto quebrarse en mil pedazos que pueden cortar con su filo a quien esté a su paso.
Basta con oír el grito, utilizado como herramienta pedagógica, para intentar calmar las aguas de un salón que se mueve como la marea alta. Entonces, la respuesta de los estudiantes —en muchos casos— es la indiferencia o el temor. Se puede caer en la impotencia y la depresión de enfrentarse a una labor, cuyos resultados son escasos, o asumir la misma indiferencia como mecanismo de defensa para huir del trauma.
Ante la tormenta interior que viven estos trabajadores de la educación (a pesar de que algunos se perciban como pequeños burgueses), la respuesta institucional suele caer en el desinterés y la incomprensión. Una crisis emocional es vista como un mal menor, un resabio, una excusa para no querer trabajar —arguyen algunos directivos—, “vaya pida una cita y cálmese”. Una cita que debe pasar por un médico general, para que sea remitido a un psicólogo o psiquiatra, que podrá escucharlo con la premura de tener una larga lista de espera, y ofrecer algunas herramientas precarias para que el docente-paciente pueda aplicar en su vida cotidiana. El seguimiento a un proceso de un tratamiento psicológico puede llegar a ser traumático; la cura se suele convertir en una enfermedad más.
A su vez, las secretarías de educación no contemplan de manera clara una estrategia para afrontar esta crisis, ¿saben acaso de ella? Los comunicados, las circulares y toda esa marea de información que suele llegar a los colegios menciona horarios, permisos y necesidades; sin embargo, no enuncian la salud mental de los docentes. Los profesores son solo tuercas de un gran engranaje educativo que produce cierto tipo de sujetos —parece ser la mirada de las Secretarías—, el problema es que gran parte de esa cadena productiva tiene una avería interna, poco visible, pero con grandes efectos.
En el aula —que ya de por sí es un espacio altamente violento para estudiantes y docentes, por la cantidad de personas que se apiñan en un espacio reducido—, es común la incapacidad para afrontar situaciones conflictivas por parte de los docentes. Al estar sometidos a diferentes situaciones de estrés como la vigilancia, la exigencia de disciplina, el orden y la premura por transmitir unas habilidades; la rabieta, la pelea, el insulto, el desorden de los estudiantes… no son vistos como un síntoma del malestar del estudiante, que puede ser tramitado por parte del docente, sino que son errores en la cadena de producción que deben ser corregidos con la fuerza del grito y el estrés.
Las lógicas del sistema educativo, a pesar de los discursos innovadores de los funcionarios de las Secretarías, persisten en una lógica de la producción y no del bienestar. Enfocarse en los resultados, olvidando la integridad de la comunidad educativa, convierte a los colegios en fábricas de trastornos mentales. Esto no implica caer en una falsa contradicción, es decir, los colegios pueden —deben— ser espacios donde se entreguen las herramientas del saber para afrontar un mundo cada vez más confuso, pero al mismo tiempo deben garantizar las herramientas emocionales para que, tanto estudiantes como profesores, puedan navegar de la mejor manera por los recovecos de la salud mental. El saber no excluye lo emocional —la salud mental—, quizá solo a través del saber se pueda salvar lo emocional.
¿Cómo exigir, entonces, al estudiante una madurez emocional, cuando los profesores caen por los pasillos de la salud mental? ¿Cómo afrontar esta situación que por evidente parece invisible? En la película La mala educación, de Pedro Almodóvar, un cineasta revisa los titulares de un periódico buscando una noticia que pueda transformarse en una buena idea para una película. Allí observa la noticia de una mujer que fue atacada por unos cocodrilos. Ella se aferraba —según la noticia— a los lagartos mientras era devorada en silencio. Así, como aquella mujer, los docentes se aferran a un sistema educativo que los devora mientras enseñan.
Twitter: @christian.1090


