NO ME IDENTI-FICO

Si Fico gana la presidencia, como es probable que suceda, el síntoma volvería a presentarse una y otra vez: un padre delirante que quiere poner orden en la casa a toda costa.

 

Federico Gutiérrez tiene un discurso incapaz de nombrar la complejidad social para intentar transformarla, ya que solo le alcanza para juzgar y, en vano, querer ordenar.

 

Escribe/ Christian Camilo Galeano Benjumea – Ilustra Stella Maris

“Plata es plata”,

Federico Gutiérrez.

“Me identi-fico”, es el eslogan que se lee en las vallas del candidato presidencial Federico Gutiérrez, a lo largo de la vía que va de Cerritos a Pereira. La saturación de propaganda es tal, que tiende a despertar leves tendencias esquizofrénicas en pasajeros y conductores que deseamos –pese a los trancones– llegar a Pereira por el occidente de la ciudad.  El rostro del candidato paisa resalta sobre la vía, el paisaje muta para convertirse en publicidad política pagada.

Después de un tiempo viendo una de las vallas de Federico, queda la sensación que la figura de aquel protohombre paisa, fuerte, que no está atado a ningún formalismo –prueba de ello es su cabello sin peinar– y con el viento a favor, es prenda de garantía para dirigir esta casa llamada Colombia. Que con su determinación y desparpajo puede solucionar –¡esta vez sí!–, los problemas de pobreza, violencia y desigualdad que aquejan a Colombia.  Sin embargo, esta casa –como lo destaca Pedro Adrián Zuluaga al hablar de la casa antioqueña– es un lugar ambivalente donde el deseo de orden choca con los deseos inconscientes de destruir el lugar donde encontramos refugio unos y otros. El deseo de gobernar a Colombia y ponerla en “orden” ha estado ligado a esa manía de acabar con todos aquellos que se muestren inconformes o expresen una simple duda; en esta casa algunos líderes desechan lo que no sirve, pero al hacerlo corren el riesgo de incendiarla.

Ese deseo de habitar una casa perfecta, en completo orden, termina por llevar a un discurso plástico, es decir, un discurso habitado por lugares comunes de felicidad, trabajo y concordia social. Un discurso incapaz de nombrar la complejidad social para intentar transformarla, ya que solo le alcanza para juzgar y, en vano, querer ordenar. ¿Quién puede enunciar un discurso así? Un sujeto político construido sobre una imagen exagerada de sí mismo.

La manía de grandeza es el fenómeno que se da a partir de una identificación directa con una figura ideal. En el caso de Fico, la identificación es consigo mismo; sin embargo, como bien lo analizó Freud, estas formas de identificación son respuestas a la pérdida o disolución del Yo, como ocurre en gran parte de las esquizofrenias. El padre que quiere representar Fico delira al no querer identificarse con nadie y termina por trastabillar una y otra vez con los otros. Se produce, en términos de Estanislao Zuleta, una reacción reactiva del Yo, donde toda la libido se traslada a esa figura ideal, a costa del mundo y los otros. Identificarse con Fico es apostar al delirio político. Porque se niega el pasado y la tradición política de donde viene, mientras se aceptan –taimadamente– los apoyos no tan ocultos de Uribe Vélez y la política tradicional. Niega al padre para afirmarlo una y otra vez, se acepta y se oculta, se es y no se es al mismo tiempo; los caminos que recorre Federico llevan a la locura política.

Identificarse con Federico es asumir una imagen primigenia de aquel que no quiere identificarse con nadie, solo consigo mismo, desconoce el legado de ese ideal del padre que lo antecede, la figura de Álvaro Uribe Vélez le pesa, pero al mismo tiempo la niega. Un padre omnipresente que está en cada rincón de la casa, no es posible evadirlo, en realidad, su mirada siempre está presente, la casa del padre no es una casa, es una cárcel con un panóptico donde nada puede ser dicho sin que él se entere. Al surgir de la política tradicional, Federico está en el punto de mira de Uribe: toda decisión, palabra o idea debe pasar por la aprobación del padre negado.

Federico no alcanza a ser Federico, solo llega a ser Fico, una construcción imaginaria de sí que lucha con el deseo de aceptar la tradición política que ha desbaratado las relaciones sociales del país, al tiempo que rechaza el ojo vigilante de los otros que lo ven con recelo. Este paisa, ante la imposibilidad de marcar una diferencia con el pasado, simplemente lo niega, como aquel joven que cree que, por no nombrar a alguien, este desaparece; una forma muy infantil de hacer política.

Si Fico gana la presidencia, como es probable que suceda, el síntoma volvería a presentarse una y otra vez: un padre delirante que quiere poner orden en la casa a toda costa. Los otros, los que no encajen o no se identifiquen con el ideal que proclame el padre, estarán condenados al desprecio o a la violencia –que es siempre la misma respuesta–, con que se quiere limpiar esta casa llamada Colombia. El síntoma de la violencia se repetirá compulsivamente en los territorios con la llegada de un padre que promete organizar el desorden de los últimos cuatro años repitiendo las mismas prácticas de la tradición política colombiana.

El trancón impide que los carros y las motocicletas avancen, mientras que la mirada perdida de Fico no parece enfocar ningún lugar. Ese no-lugar al que mira, a donde apuntan sus proyectos políticos, no parece ser un espacio donde lo otro y diferente tenga cabida, parece que la casa que quiere dirigir Fico está vacía y en silencio. Porque cada uno de los habitantes de esa casa está encerrado en su habitación, sin expresar una idea o armar un alboroto. Todo marcha bien en tanto prime el orden y la limpieza. Esa profilaxis social que beneficia a los dueños del capital y quienes pueden coincidir en la expresión fiquista de “plata es plata”, ya que el problema no son los otros y sus necesidades, sino el dinero.

En este punto del trayecto, y habiendo visto el rostro de Federico tantas veces, ya no puedo identificar claramente quién es quién, todos se me asemejan al ideal de hombre paisa. Mientras que las vallas de Federico y el mundo se pierden en ese no-lugar que es una carretera, tampoco me es posible llegar al destino, todo queda a mitad de camino si la identificación con ese arquetipo antioqueño se conjuga. Ante el delirio y el miedo que proclama Federico, una reacción puede ser la no identificación con un yo delirante que juega a ser omnipotente, pero solo le alcanza para prometer la continuidad de las formas de desprecio en las que vive Colombia. Detrás de todo yo con manías de grandeza, se oculta un hombre tan pequeño que solo le basta su imagen para proclamarse el padre de una casa maltrecha que aún está por construir.

Adenda 1: mientras termino esta columna, observo con preocupación cómo el senador electo Juan Pablo Gallo, el senador reelegido Samy Merheg y el concejal Pablo Giordanelli, según una imagen que rueda por redes sociales, supuestamente, obligan a contratistas a ir al evento de la campaña de Fico en la plaza de Bolívar el día 14 de mayo. No sería extraño que esto fuera verdad, teniendo en cuenta el prontuario de la política tradicional pereirana.

Adenda 2: recomiendo la investigación presentada por el diario El Espectador sobre “Calzones”, el hombre fuerte del uribismo en Risaralda y sus negocios con narcotraficantes (ver). Calzones y su hijo se mueven al interior de la política local y apoyan la candidatura de Fico a la presidencia.

ccgaleano@utp.edu.co

@Christian.1090