Lo que muchos llaman gravedad, hoy debemos llamarlo Folclor, ese contacto con el piso, con el suelo colombiano, por más técnica que se note en nuestro cuerpo, por más calidad e inventiva en nuestro vestuario o por más grandes que sean nuestros saltos, siempre habrá, en espera, un contacto con la tierra, con el país, con Colombia.

 

Por: Víctor Mejía

Desde que estoy inmerso en el mundo de la danza, ya hace 15 años; he tenido la fortuna de recibir clases de Danza Folclórica con diferentes maestros, cada uno con una visión precisa de la historia, la memoria, los hechos; la manera “correcta” de ejecutar un paso, de expresar con el rostro un sentimiento, de agarrar a la pareja, de vestirse y de interpretar una danza folclórica como hecho social de nuestro país, en el contexto holgado y enigmático de la Danza.                                           

Desde el primer momento que ejecuté una danza tradicional, experimenté la enorme sensación de patriotismo, algo extraño que circula por las venas, sube hasta el plexo solar y sale como corriente de energía por la sonrisa, la mirada y los gritos característicos de la danza, en cada uno de los bailarines.                       

Recuerdo a mi maestra Janeth Rocha, mostrándome la postura correcta para ejecutar un Pasillo Fiestero, que sería la primera coreografía culpable de mi enorme amor y respeto por el folclor colombiano:

Decía ella: “Agáchate más Víctor, con los pies por el piso, arrastrados, moviendo la cabeza ligeramente y con fuerza agarre la muchacha, con verraquera”. Así, entonces, pasé dos largos años saliendo a eventos de danza folclórica en todo el país con mi grupo de danza del colegio Aquilino Bedoya. En mi tula, un hermoso vestuario de arriero, pantalón negro, camisa de rayas, mi pañuelo rojo, el poncho, el carriel, el machete, un tapa pinche y mis cotizas, bastante parafernalia para representar un arriero que va a un domingo de mercado o que sale de trabajar jornadas extenuantes; pero así es la vestimenta, siempre lo ha sido y por respeto se debe seguir haciendo por años.

En mi carrera como intérprete o bailarín actor, tuve muchas dudas con el folclor colombiano, pero más aún con algunos actores, maestros y personas que lo han estudiado o que por varios años de su vida de manera empírica, quizás, han conservado el legado de la danza folclórica. Dudas que hoy después de años de amistad con la danza, siguen dando vueltas y rondando en mi cabeza como una botella abandonada en el mar.

Antes de contarles sobre mis dudas, y hablar sin tapujos sobre lo que en mi contexto vivo y veo respecto de la danza folclórica, puedo hablar de la fortuna de haber conocido otras líneas de la danza, como la Danza clásica que tanto me apasiona. Esa sutileza, grandeza y agilidad que debe tener un bailarín clásico para interpretar grandes obras, la colocación del cuerpo, una postura erguida que nos lleva a pensarnos como reyes, príncipes o, en el caso de las bailarinas, como cisnes blancos agitando sus alas al ritmo melodioso de Chopin; en mi mente siempre están presentes los brazos de mi maestra, Ana María Mejía, que con amor, honestidad y pasión me enamoró aún más de la danza clásica.

Pero, detrás de la fantástica y colosal técnica, algo en mi hacía falta; la cadencia, la picardía, el sabor, el ritmo y la fuerza del folclor colombiano, así, entonces, atravieso por una indecisión de gusto, por la ejecución de la danza clásica que me exigía una postura y una rotación, o estar en armonía con las posturas y actitud de la danza tradicional. 

Y como respuesta a ello, aparece en mi proceso otra línea de la danza, la danza contemporánea, que con tan solo tres clases de la maestra mexicana Gabriela Romero terminé enamorándome por tercera vez. Encrucijada visión de la danza por la que sin remedio empecé a atravesar durante varios años de mi formación como intérprete.

Dejar de lado alguna de ellas ya me era imposible, hacían parte de mi proceso de formación como bailarín y docente; desde entonces, he querido plasmar en los cuerpos de mis jóvenes bailarines una formación integral, en donde sus cuerpos enaltezcan el folclor colombiano, la esencia de lo que somos, que lleven en sus brazos las huellas de mujeres colombianas que han levantado sus hijos con amor, que lleven en sus pies la fuerza de nuestros abuelos al labrar la tierra o al recorrer enromes campos de café o de caña. Que sus almas vibren con la música y las danzas de las dos costas colombianas, Pacífica y Atlántica, que las melodías del interior del país atraviesen sus sonrisas; resalto y enseño siempre con orgullo: danzar nuestro folclor colombiano.

Prometí hablar de mis dudas, y aquí aparecen: ¿Qué será de nuestra generación en cuanto a la danza tradicional?  ¿Qué contarán de nosotros los hijos y nietos? Si en el transcurso del tiempo hemos de revivir las tradiciones de nuestros abuelos, a través de la postura, de la manera de movernos en el espacio, los vestuarios poco coloridos, y las coreografías que hemos visto danzar por generaciones, sin ningún derecho a modificar, a sentir o a opinar sobre ello, hemos sido silenciados ante la tradición de la tradición y quien no ejecute una danza folclórica como los abuelos de nuestros abuelos lo hacían, están amenazando con acabar con la tradiciones y la historia de nuestro folclor colombiano.

Ahí, precisamente en este punto, es donde me encuentro; no es justo que los cuerpos de niños de nuestro siglo, con condiciones físicas distintas a las de dos siglos atrás, deban adoptar posturas y dialectos que hoy en medio de la tecnología han evolucionado.

Gracias a ello, a mi deconstrucción de la danza, me he visto envuelto en críticas ofensivas, en miradas extrañas sobre la manera de ejecutar la danza folclórica colombiana, mi cuerpo ha llevado la técnica a su manejo propio de la correcta postura y alineación corporal, y mi mente ha transformado de manera contemporánea la vivencia, el sentir y la creatividad de una generación joven, inteligente y con condiciones enormes para lucir y llevar a una puesta en escena la danza tradicional. El escenario exige nuevas apariencias en maquillaje, en colores, en telas vivas, en accesorios vistosos que engalanen el acto danzario, todo en una puesta en escena contemporánea a nuestra actual identidad. 

Hoy, después de presenciar un evento de talla departamental, que busca rescatar y mantener vivas las costumbres de nuestro folclor colombiano en el municipio de Mistrató , concurso que no va más allá de un premio a subjetividad del jurado, y que no ha generado espacios de compartir conocimiento de saberes y capacitaciones a bailarines que a futuro serán maestros , como lo podría ser un encuentro de Danza, puedo decir que la Danza Folclórica o la puesta en escena de la danza tradicional, ha sufrido un proceso de anquilosamiento, en donde el hecho Folclórico raya en la monotonía, en la falta de creatividad y en la copia y pegue de libros, de trabajo de otras agrupaciones, viejos videos, y en la mayoría de los casos en el reaccionario pensar de algunos maestros de folclor que se han quedado atrás en su formación y han puesto anteojeras a sus bailarines para no permitir que ellos construyan, aporten, hablen de sus vivencias y narren con su cuerpo la forma y la manera de vivir la danza en su contexto, en su tiempo.  

La culpa no es de la danza Folclórica o de la escenificación de la danza tradicional, ni de los nobles bailarines de los municipios, agrupaciones o academias que creen y siguen los ejemplos de sus maestros. La culpa, sin lugar a duda, es de aquellos formadores que no han permitido que las distintas líneas de la danza aporten a la construcción de nuestra identidad, que la técnica brinde la  forma, línea y la flexibilidad a los cuerpos de los bailarines de hoy, que la danza contemporánea nos ubique en nuestro tiempo y espacio, y que de esa manera puedan haber deconstrucciones de la danza tradicional, que se cuenten nuevas historias y que se creen nuevas puestas en escena, en el caso de quienes navegamos en diferentes líneas de la danza, y en el caso de quienes solamente disfrutan y viven la danza folclórica, que se les permita explorar movimientos, posturas y expresiones corporales, al igual que les sea permitido un buen maquillaje, un colorido vestuario,  y una presentación personal propia de un bailarín en escena.

De esta manera los jóvenes se enamorarán más de nuestro folclor colombiano, van a sentirse parte de él y podrán llevarlo a su expresión corporal. El anquilosamiento en el que viven algunos maestros y directores de agrupaciones solo lleva a los jóvenes a buscar espacios contemporáneos a ellos, músicas alternas y espacios de juventud.

No se trata de buscar quien tiene la razón sobre cómo debe bailarse o vestirse una danza, se trata de explorar y crear nuevas formas de movimiento para danzar nuestro folclor colombiano, repensarnos de la mano con el sentir, la vivencia y la creatividad con la que los bailarines de hoy asisten a nuestras clases de danza.