Cinco minutos no son suficiente para alcanzar la ilusión

NATHALIA COLUMNAPor: Nathalia Gómez Raigosa*

La vida juega contigo a su antojo. Ese día histórico, tenía cita en el salón de belleza, de esas que ya no puedes seguir evitando, que no dan espera. Mi estilista se estaba demorando más de lo normal con sus  clientes y por ende, yo me tardaría mucho más en la peluquería. Había llegado a las 11 de la mañana con la firme intención de irme, a más tardar, a las 2:30 de la tarde, caminar unas cuadras hasta donde estaba mi auto y conducir con dirección a la casa de mi abuela, donde mi familia me esperaba para ver el partido.

Como no llegaba mi turno, le pedí a una manicurista que pusiera mis uñas a tono con la pasión tricolor. Las manecillas del reloj no daban tregua para descontar el tiempo. Ya con las manos pintadas de patriotismo, por fin la estilista se apiadó de mí y parceló mi cabellera en culebras de aluminio que me hacían ver como una medusa de película de ficción. El ritual fue más eterno que nunca, temía no alcanzar a salir justo antes del duelo contra Brasil. Estaba inquieta, los 40 minutos se multiplicaron por tres. Los ánimos estaban prendidos, las vuvuzelas se escuchan por doquier, la ola de camisetas amarillas y rojas inundaban los rincones en una mareada de transeúntes que iban y venían.  Pese al día gris, había ambiente de trópico. Éramos un uniforme, un solo corazón.

A la hora que debía marcharme apenas me juagaban los químicos del cabello, quería salir sin terminar el proceso, pero permanecí al ver un televisor instalado en una placita afuera del local, donde maquiné verme el primer tiempo.

Rápidamente y con toalla en mano, me secaron el pelo, el himno de Colombia resonaba en todo el mundo. La cita había comenzado y yo no estaba con los míos, la peluquera me propuso salir del salón y hacerme el corte en las mesas ubicadas frente al único televisor.

No podía negarme, mientras me pasaban el peine por las hebras enmarañadas, llegó el minuto siete y el tiro de Thiago Silva, hizo que por la confusión de colores, los espectadores de la plazuela celebraran el balón en la red. Me encontré gritando con personas desconocidas que habían llegado hasta el lugar -gol de Brasil- alguien rezongó.

Enmudeció la expectativa, una persona dijo: apague y vámonos. En la pantalla chica se veía como Brasil se imponía por su fuerza y la permisividad del colegiado.  El equipo colombiano era tímido, aunque por momentos la maquinaria del reloj, funcionaba. La estilista toma las tijeras y mientras James está siendo ahogado por sus rivales, ella le da forma a la cortina de cabellos.  Finaliza el primer tiempo y me despido de los extraños, como si todos fueran la familia con la que proyectaba verme el clásico. Olvido cerciorarme de que no me trasquilaron.

Corro despavorida por las calles desiertas, la gente comienza a dispersarse para expeler la tensión. Las cuadras han reproducido sus distancias y el pánico de no llegar a tiempo, se funde en un hoyo negro en la mitad de mi pecho.

La zona comenzó a ser familiar, mi carro brillaba a lo lejos, los altoparlantes anunciaban la reanudación del segundo tiempo.

¿Ahora qué hago? Mi auto ya no era el objetivo, tenía que conseguir una pantalla lo más pronto posible, pensé entrar a mi apartamento y vérmelo en casa, pero al atravesar la recepción, el portero estaba equipado con un plasma de 30 pulgada. Me instalé junto a él, ya nada importaba, ni la comodidad, ni el parentesco.

Colombia es otra en la arena y delimita su terreno, Neymar cuelga el balón y un jugador con la roja casi embiste contra su propia puerta. Hulk es un monstruo en la cancha, pero las tarjetas amarillas no se descobijan.

Cuadrado baila cumbia con el brazuca, el equipo se muestra mordaz, arremete pero el balón se escurre en los pies de un nudo de jugadores durante los tres minutos más largos del enfrentamiento y es Yepes quien patea directo al arco, la palabra mágica aflora de mis adentros y la felicidad me hace saltar sobre la mesa de la recepción, abrazo a don Carlos -el celador- quien está vestido igual que yo, nunca antes habíamos tenido tantas cosas en común, ni habíamos sido tan cercanos.

 El “hijueputazo” no se hizo esperar, al enterarnos de la anulación del gol. Velasco Carballo, el hombre más odiado por los colombianos, ha tardado una eternidad en señalarlo.

La zancadilla que James le pone al gigante Hulk  nos pone en aprietos, el tiro libre y contundente de David Luiz es un balazo imposible de atajar por nuestro “Ospiderman”. Los superhéroes contemporáneos también flaquean, pienso.

Hay agresividad y juego sucio. James se hace con el balón. Hulk, el pesado, coordina con Julio César para quitárselo sin conseguirlo,  ‘el niño maravilla’ se comporta como crack y la rompe con una definición certera. GOOOOOOOOOL retumba la ciudad, en un sólo gemido, la esperanza cambia de color, tiemblan las piernas de los brasileros, Colombia aprieta, los amarillos pierden los minutos en jugadas para ninguna parte. Zúñiga termina con el sueño de Neymar de un rodillazo. Los rojos intentan una y otra vez, pero la jugada no se da. Yepes sube y Brasil sufre, remata con toda, pero el balón no quiere entrar, cinco minutos no son suficientes para alcanzar la ilusión. El partido termina. El silencio es ensordecedor y mi energía se la traga el suelo. Don Carlos vuelve a su rol y  abre la puerta a las personas del edificio que comienzan a salir. Ya no hay rechiflas, el país está de luto. James se hace niño y llora en el piso porque le quitan su caramelo, el papá Pékerman lo consuela. Salgo del lugar y con triste complicidad me despido de Don Carlos. Mientras camino hasta mi vehículo, medito sobre lo que significaron estos muchachos, se acabó el mundial para una selección de titanes, que le enseñó a creer a un país confundido por la paz, porque sólo entiende de guerra,  a ser familia, a creer en el juego limpio.

*Comunicadora Social – Periodista, tesista de la maestría en literatura, corresponsal de la Fundación para la Libertad de Prensa (Flip) y ganadora de la convocatoria Estímulos del Instituto de Cultura y Fomento al Turismo en la categoría de periodismo cultural, crónica y reportaje.