SIMON BLAIR (IZQ)Ahora en Colombia se está viviendo un momento que algunos analistas llaman “Campaña sucia” contra cualquier candidato. Es casi que ineludible: ad portas de las elecciones resulta que se destapan escándalos que la hacen muchísimo más interesante.

Por: Simón Blair

Contrario a toda la polarización en torno a la política, un descontento despiadado de parte de muchos jóvenes e incluso adultos que no quieren arriesgarse a participar en las elecciones (ya sea en las pasadas al Congreso o a la Presidencia) creo, me atrevería a decir, que esta actitud no provoca nada más que una continuación de las ideas de gobernantes que se han mantenido por siempre en el poder. Comenzando porque es una actitud contradictoria: quieren cambio, pero no buscan los medios para lograrlo. ¿De qué otra manera podríamos explicar esta apatía sino por la clase gobernante que llevamos en nuestros hombros?

Muchos jóvenes han reprochado a otros porque se atreven a aprovechar una ideología política o porque sienten una necesidad inherente de querer participar políticamente en el país. Me parece que es muy sano que los jóvenes se vean casi que obligados a pensar en el futuro de sus países y, por supuesto, aquel que diga que la política no cambia nada está muy equivocado.

No es simplemente apoyar un candidato o un partido por una tradición familiar, ni mucho menos por ideas que vienen de los demás. Un verdadero cambio político (si es lo que se desea) debería estar siempre animado por el análisis y la información, por la historia y sus contradicciones, por los actores que participan en ella y los ciudadanos que se sienten espectadores. Pues como sabemos las tradiciones en sí mismas nunca pueden decirnos nada acerca de la verdad; por el contrario, es común participar de la hegemonía política por simple adoctrinamiento y pocas fuentes. Es también muy común observar y escuchar decir que todos estamos cansados con la manera como ha sido gobernado este país y que entre los nuevos candidatos no hay ninguno que valga la pena. Pregunto, ¿cuántos se han tomado la molestia de analizarlos, de contrastar información, de revisar hojas de vida e historiales, de aplicar diferencias, de definir quién va con nuestra ideología política? Creo que solo cuando se ha hecho eso es necesario y oportuno -en el caso de que nadie nos parezca adecuado- decir que votaremos en blanco o desparecer de la faz de la tierra con el famoso abstencionismo.

De esto se trata votar conscientemente: sin prejuicios, sin desconocimiento, sin importar qué tradiciones.

Ahora en Colombia se está viviendo un momento que algunos analistas llaman “Campaña sucia” contra cualquier candidato. Es casi que ineludible: ad portas de las elecciones resulta que se destapan escándalos que la hacen muchísimo más interesante. Por un lado Uribe acusando a Santos de que su campaña fue financiada con dineros del narcotráfico y por el otro lado los santistas acusando al uribismo (exactamente a Óscar Iván Zuluaga) de que en sus campañas se trabaja con saboteadores del proceso de paz y líderes neonazis, por no extenderme a comentar el reciente destape del video grabado con el diálogo entre el hacker, el candidato Zuluaga y su “coordinador espiritual”.

Me parece que a pesar de todos los sesgos y anuncios aún no se han comprobado ni uno ni otro lado de las acusaciones. Lo más prudente es dudar y esperar. Pero este tipo de acusaciones e historiales pueden también ayudarnos a dilucidar el espectro político en el cual vivimos y cuál queremos elegir. Por ejemplo, ¿queremos dirigentes que acusen sin pruebas o dirigentes que lleven ideas adelante e intenten ponerlas en práctica? Todos estos altercados pueden mostrarnos las características de nuestros dirigentes: ¿serán mesurados o déspotas? ¿Gritones o argumentativos?

Cada uno sacará sus conclusiones. Pero son nuestras decisiones responsables las que cambiarán este país.