Estado políticamente descentralizado y socialmente federalista. Nación habituada a ver la tierra bañada de sangre y reticente a cultivar semillas de paz.

JUAN ALEJANDRO ECHEVERRIPor: Juan Alejandro Echeverri

Mi compañero de residencia —oriundo de San Salvador de Jujuy, capital de la provincia de Jujuy, limítrofe con Chile y Bolivia, ubicada en el extremo norte de la República Argentina— me invitó a recorrer las calles de su localidad utilizando Google Street View.

En un punto del recorrido, no importa cómo llegamos al tema, comenzó a contarme que en su ciudad, y en Jujuy, se realiza durante el mes de agosto un rito ancestral llamado ‘La Pachamama’. Buscamos imágenes del culto en Google y el resultado de la búsqueda, según él, fueron retratos estrafalarios que no concuerdan con la realidad.

Nos costó varios segundos encontrar una imagen fidedigna. “Así es nuestra gente”, dijo mi colega refiriéndose a los indígenas autóctonos que se veían en la foto colocando ofrendas (comida) alrededor de un hueco cavado en la tierra. No me sacudió lo que dijo, sino cómo lo dijo: cuando vio esas personas se vio él, como si hubiese visto su reflejo en un espejo. Aunque use otra ropa, tenga otros rasgos y su lengua sea distinta, sin decirlo, él dijo: “Yo también soy eso”.

De inmediato pensé en Colombia. Estado políticamente descentralizado y socialmente federalista. Nación habituada a ver la tierra bañada de sangre y reticente a cultivar semillas de paz. Tierra donde el extranjero se siente como en casa y el nativo que emigra a otro lugar del territorio se siente forastero. País compuesto de pequeños países ególatras.

Por esas razonas, y las que he pasado por alto, en este país —que puede ser distinto al del lector dependiendo de la región— un youtuber estadounidense, radicado hace tres años en Colombia, es merecedor de ser llamado colombiano; mientras las comunidades indígenas, que llevan siglos implorando por ser incluidas (o al menos respetadas) en ese plan político y social de país, solo es digna de recibir la desidia de sus “compatriotas”. Como si no fuera bastante inverosímil la situación, el rubio yanqui —incitado por los miles de “me gusta” que obtienen sus videos y las alabanzas de los medios— da cátedra, pronunciando un español postizo y adulterado, de “cómo ser más colombiano”. Mientras ellos, que pueden gritar en mil idiomas y no serán escuchados, son tratados como extraterrestres porque adoran la madre tierra.

Claro que sorprende, pero mi país me ha enseñado a creer lo increíble. Basta recordar que Colombia siempre miró avergonzado el pasado. Por ende, echa tierra a sus raíces y planta un árbol importado con el propósito de parecer cualquier cosa, menos lo que en realidad es y fue. No obstante, para una nación partidaria de buscar consuelo en lugar de encontrar soluciones, es un bálsamo saber que no es la oveja negra del continente.

Minutos después le preguntaría a mi compañero si en su país los indígenas reciben el valor que merecen. “Son vistos como una atracción. Se los cuida para ponerlos al servicio del turismo”, respondió él. Aunque la nube tienda a ser cada vez más negra, no es descabellado soñar en el país de los imposibles posibles, que si un compatriota ve o es consultado por un indígena (o un colombiano de cualquier región) responda: “Así es nuestra gente”.