¡Venid, comprad y follad!, decía el grafiti pintado en un muro de La gran Vía, como resumen último de esa nueva religión forjada con los millones que no paraban de circular.

 Por: Gustavo Colorado Grisales

 El periódico El País de España publicó la historia de un joven colombiano afectado de esquizofrenia, golpeado como miles de sus compatriotas por las últimas medidas del gobierno español contra a los inmigrantes indocumentados residentes en su territorio.

 A  pesar de  encontrarse en estado grave el hombre fue despojado de cualquier tipo de atención en salud, en evidente violación de los más elementales derechos de las personas. Su tratamiento demanda productos de alto costo. Desde entonces, igual que en muchos otros casos similares, una organización no gubernamental de derechos humanos se encarga de la atención médica básica y del suministro de  los medicamentos esenciales para el control de la enfermedad. Como no disponen  de presupuesto, no pueden comprar los de última generación y eso conlleva efectos colaterales en la salud del paciente.

 De ese tamaño andan las cosas para un alto porcentaje de ciudadanos del mundo llegados a la península en el último cuarto de siglo, alentados por  las ofertas de empleo  promocionadas por los sectores público y privado. “Hay laburo en España”, exclamaban los argentinos acorralados por el descalabro de comienzos del siglo XXI. “Camello es lo que sobra en la madre patria”, repetían por el teléfono los colombianos instalados en Madrid, Bilbao, Valencia o Barcelona, animados por las coloridas visiones de un mundo donde la siempre aplazada promesa del consumo y la prosperidad se hacía por fin realidad.

Pero en los últimos dos años los colores se desvanecieron y el tono gris de la incertidumbre pasó a ocupar el pleno de la vida social. El Partido Popular, en cabeza de Mariano Rajoy, retomó el poder después de un amargo paso de los socialistas por el gobierno en una España obligada a despertar de un solo golpe  a la dura realidad. Su copartidario José María Aznar había sido el encargado de capitanear la nave de los nuevos ricos que surcaba la geografía entera de Europa, al modo de una Armada Invencible rediviva. Los detalles los conocemos de sobra: Una industria de la construcción creciendo a ritmos demenciales. El sector turístico acogiendo más visitantes que nunca. El campo reactivado y atrayendo a jornaleros internacionales que hablaban en todos los idiomas.

En fin, los restaurantes y las discotecas multiplicándose al ritmo del espíritu hedonista exacerbado por las décadas de penurias  padecidas durante los tiempos del franquismo ¡Venid, comprad y follad!, decía el grafiti pintado en un muro de La Gran Vía, como resumen último de esa nueva religión forjada con los millones que no paraban de circular. A su vez, los voceros del establecimiento parafraseaban sin darse cuenta el llamado de un viejo y barbudo enemigo, cuyo fantasma no tardaría en recorrer de nuevo los caminos de una Europa asustada por las sucesivas bancarrotas de sus optimistas socios. Trabajadores de todos los países, venid a nosotros, era la consigna. Al fin y al cabo se precisaban miles, millones de brazos para levantar el edificio del progreso.

Con los síntomas iniciales surgieron las primeras voces de advertencia provenientes de unas pocas mentes lúcidas. “En realidad no hay tal crecimiento económico. Se trata  de un espejismo provocado, entre otras cosas, por el ininterrumpido flujo de dinero proveniente del lavado de divisas en sus distintas modalidades”. “Si no ponemos el freno a tiempo, a la vuelta de unos meses estaremos peor que los griegos”, sentenció en su columna de El País un agudo profesor catalán de apellido Oriol. Como era verano y la mitad del país -incluidos varios millares de inmigrantes  empecinados en parecer españoles derrochadores- se encontraba en las doradas playas de la Costa del Sol o alucinando en un festival de música electrónica en Ibiza, casi nadie leyó la columna. Ni siquiera los tecnócratas de los ministerios se detuvieron a pensar. Después de todo, según  su mística particular, el tren del desarrollo no lo detiene nadie.

Por eso mismo, nadie quiere asumir responsabilidad frente a los inmigrantes llegados por millones a la tierra prometida donde el  Real Madrid y el Barcelona fungen como las últimas divinidades sobrevivientes. Un día los invitaron a  trabajar y hoy los echan por la puerta de atrás. Pragmatismo político, llaman algunos a eso. Cinismo puro y duro, claman en las plazas los atrapados sin salida.