El asunto toca los linderos de una sociedad educada en un machismo aceptado como algo normal, y donde darle opción a una mujer en un ámbito masculino es novedoso y hasta pintoresco. Mucha gente asiste los estadios a ver fútbol femenino más por esnobismo.

 

Por / Miguel Ángel Rubio Ospina

“Su mensaje excluye a las personas. Usted me excluye a mí, excluye a las personas que se parecen a mí, excluye a las personas de color, excluye a los estadounidenses que quizás lo apoyan”.

Palabras de Megan Rapinoe, capitana de la selección de fútbol femenino de Estados Unidos, a Donald Trump

Es noticia que Colombia obtuvo una muy baja calificación en la candidatura para realizar el mundial femenino de fútbol de 2023. Entre lo que más llama la atención de esta nota periodística, es que el estadio Hernán Ramírez Villegas, de Pereira, es el mejor calificado del país, o sea, el mejor entre los peores o como dirían en el argot popular, el menos pior, lo que de plano ya supone un debate sobre la infraestructura deportiva del país y le pone un reto al gobierno con el recién creado ministerio del deporte, al cual no sólo le corresponde meter mano a los estadios de fútbol, sino a todos los demás escenarios deportivos de otras disciplinas.

Sin embargo, y como todo en Colombia, el problema no se enfoca como se debe, sino como conviene, pues el debate sobre la mala calificación del país para optar a ser anfitrión de ese mundial se centró en la capacidad de los estadios, los mismos en los que durante décadas se ha jugado la liga profesional de fútbol masculino y en los últimos años se ha dado despliegue al fútbol femenino y aunque sea difícil de aceptar, le ha dado más satisfacciones al país que la liga y la selección de varones, pero  dichos triunfos no resuenan  en los medios, ni son razón para que una sociedad haga alarde de los triunfos obtenidos por estas talentosas mujeres.

Aunque algunos colegas dirán que lo siguiente es noticia vieja y no tiene nada que ver, corresponde a una realidad que es latente en Colombia, no sólo en el fútbol, sino en un gran número de ámbitos de la vida nacional, y es lo que tiene que ver sobre el concepto que de las mujeres tienen algunos dirigentes gremiales, los responsables de poner la plata para que la cosa funcione y que  imponen condiciones de contratación laboral entre otras, que se creen además con el derecho de decir cuanta cosa se les pasa por la cabeza; es el caso del presidente del Deportes Tolima, que en días pasados dijo cosas de este calibre:

“Eso no da  nada económicamente ni nada”, dijo, sobre el rendimiento económico de la Liga Femenina. “Aparte de los problemas, ellas son más tomatrago que los hombres, pregúnteles a los del Huila cómo están de arrepentidos de haber sacado el título y haber invertido tanto dinero en el equipo”

Y de colofón:

“Y fuera de eso es un caldo de cultivo de lesbianismo tremendo”

Ante una dirigencia eminentemente masculina y homofóbica, además de machista, ¿es razonable que nos merezcamos ser sede del mundial de fútbol femenino?

El asunto toca los linderos de una sociedad educada en un machismo aceptado como algo normal, y donde darle opción a una mujer en un ámbito masculino es novedoso y hasta pintoresco. Mucha gente asiste los estadios a ver fútbol femenino más por esnobismo que por disfrutar de un deporte y una competición que en nivel y en calidad de juego, muchas veces, supera a la liga masculina, pero nadie advierte en esto último.

Este tema del fútbol femenino colombiano pasa por muchas aristas, una de las cuales es la paridad salarial y laboral de las futbolistas, pues la mayoría ganan menos de la mitad de lo devengado por un jugador profesional de rendimiento futbolístico regular; eso sin contar que muchas de ellas juegan gratis y con otro trabajo u oficio deben sufragar gastos en representaciones y torneos.

Las cifras del balompié femenino hablan por sí solas, son apasionantes y muestran una tendencia a crecer y estabilizarse casi al nivel del fútbol masculino. En el pasado mundial femenino, realizado en Francia,  el pico de audiencia de partidos llegó a 7,6 millones de espectadores, eso sin distinguir si son mujeres u hombres, lo que supone que interesa tanto a ambos géneros los partidos femeninos; la sola final del campeonato tuvo una audiencia de 12 millones de telespectadores, es decir, personas que vieron los partidos por televisión, lo que supone un interés cada vez mayor de los canales en este tipo de competiciones.

Las cifras económicas no pueden ser mejores, siendo este un deporte en crecimiento y en constante evolución. La firma consultora Brand Finance calcula el potencial de patrocinio del fútbol femenino en 1000 millones de dólares al año.

Alrededor de 13.36 millones de mujeres  en el mundo juegan al futbol de modo profesional y adscrito a las federaciones, lo que supone que viven de este oficio.

Sin embargo y aun cuando las cifras son buenas tanto en lo económico como en lo profesional, la disparidad salarial y de condiciones económicas son desiguales con las del fútbol masculino en casi un 50%. Para el caso colombiano, un jugador promedio de la liga profesional de un equipo de primera división, la A, gana alrededor de 6,0 a 6,5 millones de pesos mensuales de salario, eso sin sumar el pago de las estrellas de los equipos que pueden llegar a los 100 0 150 millones en un equipo promedio como el Nacional o el Junior.

Los jugadores cuentan con todas las garantías y buenas remuneraciones, sin embargo las jugadoras colombianas ganan mucho menos. Según cifras del portal Fémina fútbol, el salario de una futbolista promedio en Colombia es de 2  a 3 millones de pesos, cuando no es que les pagan a destiempo, o incluso no les pagan.

En el panorama internacional, el asunto es más o menos igual. Las mujeres jugadoras de futbol en Europa o Estados Unidos ganan mucho menos que los hombres, al punto que han demandado y liderado luchas internas para una mejora salarial, que para el caso de Estados Unidos, cuatro veces campeón del mundial femenino, existe un sistema de contrapesos salariales patrocinado por la federación nacional, que asigna un salario base a jugadoras que, como Megan Rapinoe, muestran un nivel futbolístico alto.

Si Colombia quiere  ser sede de un mundial femenino, no basta solo con invertir en estadios; hay que propiciar que las dirigencias de los equipos  tengan más mujeres, que tengan poder de decisión sobre los fichajes, que puedan ser directoras técnicas y ser empresarias, consolidar una dirigencia futbolera femenina,  despliegue en medios, que cada domingo podamos ver fútbol de la liga femenina por TV abierta, buscar patrocinios, educar a narradoras y comentaristas, hacer una cultura de futbol femenino, tan potente como la del masculino, y ahí sí el país podría darle un aire nuevo al futbol femenino nacional que  lo posicione como un buen candidato para realizar el certamen mundialista.

@rubio_miguel