En este orden de ideas, conviene esclarecer el concepto de educación liberal, para evitar malentendidos. Sostiene Nussbaum, retomando a Séneca, que tal educación es liberal en cuanto libera la mente de la esclavitud de los hábitos y la costumbre…

 

Por: Édison Marulanda Peña

El contubernio periodismo y poder político o económico es una tradición en Colombia. Existen excepciones de periodismo hecho para la ciudadanía como Noticias Uno, El Espectador y la difunta revista Cambio –con agenda informativa propia e investigaciones permanentes–, capaz de ser atalaya que señala la debacle moral y legal casi generalizada de las ramas del poder público, por haber aceptado el “todo vale” para conseguir el interés individual, por creer que el nepotismo y los privilegios son el atajo que depara seguridad al futuro de los hijos.

¿Qué tan conscientes somos de que se ha pauperizado nuestra democracia representativa y que de no asumir otra actitud podríamos perderla en el mediano plazo por desidia o el miedo de la mayoría, rehusando el deber de poner talanquera a la codicia de las élites de la economía, la política, los medios masivos y algunas iglesias? Sin embargo, para no asumir el esfuerzo de pensar  y trabajar para erradicar las lacras de esta sociedad distraída, para comprometerse a fondo con un proyecto de país que no tolere ninguna de las formas de violencia, de injusticia ni a los arribistas, preferimos mirar afuera, al vecino que ha caído en desgracia (¿Venezuela? ¿Haití?).

Por esto es oportuno acudir a los filósofos para que nos iluminen la senda con el pensamiento crítico y propositivo, que sirvan de puente para recobrar el diálogo con doctrinas y escuelas que hicieron aportes a la sociedad de su época. Tal es el caso de la prolífica Martha Nussbaum, pensadora y académica estadounidense, con un libro titulado El cultivo de la humanidad. Una defensa clásica de la reforma en la educación liberal (2001), quien desde entonces viene alertando sobre los cambios drásticos en la educación de la sociedad norteamericana e incluso en la heterogénea India, con reformas de currículo o planes de estudio que aprueban educar solo para el cómo conseguir lucro. Su crítica está dirigida a aquellas universidades, padres de familia, gobiernos y los tecnócratas por “expulsar” a las humanidades y las artes del proceso de formación de los jóvenes; menos ética y filosofía, más enseñanza de sistemas y nuevas tecnologías, dicen al unísono. Y advierte en otro libro más reciente, Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las Humanidades (2011):

“Sedientos de dinero, los estados nacionales y sus sistemas de educación están descartando sin advertirlo ciertas aptitudes que son necesarias para mantener viva a la democracia”. Y añade, más con lucidez que aspirando a fungir de profeta del desastre:

Si esta tendencia se prolonga, las naciones de todo el mundo en breve producirán generaciones enteras de máquinas utilitarias, en lugar de ciudadanos cabales con la capacidad de pensar por sí mismos, poseer una mirada crítica sobre las tradiciones y comprender la importancia de los logros y los sufrimientos ajenos. El futuro de la democracia a escala global pende de un hilo (pág. 20).  

En este orden de ideas, conviene esclarecer el concepto de educación liberal, para evitar malentendidos. Sostiene Nussbaum, retomando a Séneca, que tal educación es liberal en cuanto libera la mente de la esclavitud de los hábitos y la costumbre, formando personas que pueden actuar con sensibilidad y agudeza mental como ciudadanos del mundo. Es una educación superior que cultiva el ser humano en su totalidad para ejercer las tareas de la ciudadanía y de la vida en general. Ella defiende que los planes de estudio de las carreras profesionales mantengan las humanidades y las artes, para no recortar peligrosamente los espacios para cultivar la imaginación, sin la cual no se podrían explorar soluciones innovadoras tanto de los problemas de la sociedad como de las empresas, si se privilegia un pensamiento único negando el valor de reconocer la diversidad y lo particular.  

Más adelante condensa las habilidades que, según su criterio, se requieren hoy para cultivar la humanidad en el mundo.

1. Se remonta hasta el viejo y austero Sócrates para recobrar su idea de una vida examinada, la habilidad para un examen crítico de uno mismo y de las propias tradiciones de la cultura. Agrega la filósofa que esto demanda el razonar lógicamente, es decir, poner a prueba lo que lee o dice desde el punto de vista de la solidez del razonamiento; la exactitud de los hechos y la precisión del juicio.

2. La capacidad de verse a sí mismo no solo como ciudadano perteneciente a alguna región o grupo, sino como un ser humano vinculado a los demás seres humanos por lazos de reconocimiento y preocupación. Precisa Nussbaum que:

Cultivar nuestra humanidad en un mundo complejo e interconectado implica entender cómo es que las necesidades y objetivos comunes pueden darse en forma distinta en otras circunstancias. Lo anterior requiere de una gran cantidad de reconocimientos: conocimiento de las culturas no occidentales, de las minorías dentro de su propio mundo, de las diferencias de género y sexualidad.    

3. La habilidad de la imaginación narrativa. La describe como la capacidad de pensar cómo sería estar en el lugar de otra persona; ser un lector inteligente de la historia de esa persona y comprender sus emociones, los deseos y anhelos que alguien así pudiera experimentar. Es un ejercicio que suelo recomendar a los estudiantes de Humanidades II cuando leen un texto de ficción como novela, porque puede resultar provechoso para desaprender el hábito de querer juzgar siempre a los demás y remplazarlo por el esfuerzo de comprender, porque es una actividad sin fin, en constante cambio y variación.

Finalmente, si podemos llegar a compartir la tesis que la raíz de la crisis cíclica de la sociedad colombiana es de carácter ético y moral, que abarca a todos los estamentos, entenderemos con Savater que “los políticos se parecen a los que votan por ellos”.

Ya es tiempo de que en Colombia aprendamos un nuevo modo de enfocar el debate político en los problemas, votar por programas serios no por personajes funestos.