GUSTAVOCOLORADOMucho me temo entonces que el profesor Cortés, poseído de  un caudal de buenas intenciones, como tantos activistas, decidió apelar al viejo y conocido mito del buen salvaje…

Por: Gustavo Colorado G. 
En uno de los foros sobre restitución de tierras adelantados por estos días, un profesor cuyo nombre no deja de contener una buena dosis de ironía, Hernán Cortés, planteó una curiosa fórmula para devolverle la paz al campo colombiano: regresar a los modos de propiedad y producción de las tribus precolombinas que, según él, hicieron posible la coexistencia pacífica entre los pueblos y la explotación sana y saludable del medio ambiente.
Dada la excentricidad de la propuesta, pues los modelos no son aplicables a un país de casi cincuenta millones de habitantes con problemas endémicos de violencia rural y menos a un planeta que supera los siete mil millones, me di a la tarea de revisar la historia de los pueblos indígenas de América.
Para  empezar, no encontré rastro alguno de “coexistencia pacífica”. Todo lo contrario: si algo facilitó la conquista de  México fue el carácter imperialista de los aztecas. El  resentimiento provocado por sus invasiones y despojos, hizo  que muchos pueblos se unieran al conquistador como una manera de liberarse del yugo.
Trasladados  más al sur,  al actual territorio  de Colombia , Ecuador, Perú y Bolivia  hallamos una pugnacidad permanente expresada en sangrientas guerras de sucesión ligadas al anhelo de propiedad y dominio. Por su lado, lo del “respeto al medio ambiente” resulta explicable por la desproporción entre el número de  habitantes y la cantidad de tierra disponible. La noble idea  de  permitir el descanso de la Pacha mama mientras se cultiva  en otro lado es impensable hoy en un planeta sitiado por el hambre y por la concentración de las riquezas.
Eso para no hablar de la estructura familiar de muchas tribus, signada por la situación subordinada de las mujeres, reducidas en muchos casos a la condición de vientres reproductores  y bestias de carga. Si a eso le sumamos la legitimación de los asesinatos rituales no tenemos propiamente un panorama alentador.
Mucho me temo entonces que el profesor Cortés, poseído de  un caudal de buenas intenciones, como tantos activistas, decidió apelar al viejo y conocido mito del buen salvaje como salida frente a una encrucijada colombiana en la que grandes poderes económicos y criminales se proponen asfixiar cualquier intento de reforma agraria.
Como bien lo sabemos, los filósofos de la ilustración fueron los encargados de darle soporte discursivo   a un viejo anhelo de la humanidad: el retorno a una improbable edad dorada, tierra de promisión o paraíso perdido donde los hombres vivían en perpetua armonía con el entorno y con el prójimo, es decir, en  un estado de letal aburrimiento equiparable a la parálisis física y mental. ¿A quien se le ocurre semejante idea? Pues a una criatura  sitiada todo el tiempo por la desesperanza, la frustración y el miedo producido por el simple hecho de estar viva.
Desde finales del siglo XIX una legión entera de sociólogos, antropólogos y líderes políticos se encargó de reforzar la idea. Según sus teorías los pueblos aborígenes -que desde luego nos legaron  muchas cosas buenas  de  su cosmovisión, sus costumbres y su manera de organizar la vida pública y privada- expresan lo  incontaminado y bueno de la condición humana, mientras los conquistadores, bárbaros y evangelizadores serían lo sucio, lo corrupto y por tanto condenable.
Por fortuna para la salud física y mental de todos, la realidad  no es tan maniquea. Lo que llamamos  cultura es el resultado de  dolorosos  y fructíferos encuentros entre  aborígenes y bárbaros. Entre nómadas y sedentarios. De esas confrontaciones a veces mortales surgieron las músicas, las teogonías, las formas de gobierno y de organización económica, así como la gastronomía, las distintas expresiones del arte y las múltiples maneras de explorar y disfrutar la sexualidad. Como resultado de ello tenemos el Popol Vuh pero también El Quijote; el sonido melancólico de las quenas y los acordes de la música de cámara europea; la paella valenciana y las tortillas mexicanas; las esperanzas de las comunidades utópicas y los horrores del capitalismo extremo. Para bien y para mal, ese  es nuestro  mundo de hoy. En todo caso la solución al acertijo no la encontraremos a través de un salto mortal hacia ese pasado donde habita, bien lo sabemos, la trampa de la nostalgia que todo lo empaña.