CARLOS VICTORIA“Hacer política con las necesidades de los pobres es una de las principales reglas del juego del clientelismo de Estado”

Por Carlos Victoria

El presidente Santos entregó esta semana las primeras casas gratis en Pradera, Valle del Cauca, subrayando una vez más que la vivienda de interés social antes que nada es  vivienda de interés político. Cual pontífice se asomó a la ventana  -no al balcón-  de un apartamento construido a la velocidad de las metas electorales que, junto a Vargas Lleras, lo aproximan a su relección el año venidero.

Hacer política con las necesidades de los pobres es una de las principales reglas del juego del clientelismo de Estado, creando la atmósfera de una sensibilidad social por los más desaventajados de la sociedad. Los ejercicios de la teatrocracia (S. Jaimes, 2011) van a la medida con los populismos de diverso cuño. En la víspera Santos se había disfrazado de caficultor en Chinchiná. Esta vez su maquillaje se diluyó en medio de la silbatina.

En realidad lo que está en marcha es la locomotora de la reelección, aunque el combustible es altamente explosivo: mesa de negociación en La Habana, mega minería en bandeja de plata para las multinacionales, y  subsidios al por mayor. Allá sus ventrículos, acá la trapisonda leguleya para garantizar la injerencia de la capital extranjero, y entre los pobres más de lo mismo.

Es en medio de este escenario que se incrusta el proyecto de extrema derecha, encarnado en el expresidente Uribe quien utilizó una chambrana en el barrio El Codito de Bogotá, para matar dos pájaros de un tiro, disparando a Santos y a Petro, con su Sancho de cabecera: Pacho el primo de su majestad. Los actores de este teatrino mediocre usan nuestros impuestos para relegitimarse, al son de las encuestas.

En el caso de la comedia de Pradera, donde Santos y Uribe se disputan la paternalidad de la dádiva oficial, el pragmatismo del gobierno es mezquino, tras la compra de las casas construida por Comfandi no todos quedaron sonrientes en la foto oficial: 50 familias alegan un tumbis con el subsidio al tiempo que le adeudan –cada una- más $ 20 millones a los bancos. La rapiña por los votos puede con todo.

Este acto de típico oportunismo político se suma a tantos otros en los que presidentes, gobernadores y alcaldes se visten de pobres para mimetizarse entre una ralea que lo primero que vocifera es: “…Dios le pague…Dios me lo bendiga…”, como si se tratara de una simple limosna o un mendrugo de pan que cae de la mesa. Tiene razón Santos: se trata de “esas casitas”, tan estrechas y pequeñas como una caja de embolar zapatos o una lata de sardinas. El clientelismo de Estado sigue intacto y con las mismas fórmulas de ayer.