La democracia es una creación de la burguesía  para legitimarse a sí misma. El poder económico  define sus objetivos, el poder legislativo crea leyes en consonancia con esos objetivos, el poder ejecutivo las hace cumplir y la justicia funciona como arma de control y neutralización de las posibles –y probables- amenazas.

Por Gustavo Colorado

Es bien sabido que nuestra vida  está definida por relatos, tanto en lo personal  como en lo social. Dicho de otro modo: sin relatos no hay sentido.

Tenemos el relato  familiar.  Ah… los heroísmos de los “abuelos que siempre ganaban batallas”, para decirlo con palabras del poeta Joaquín Sabina.

A menudo invocamos el relato de la Edad de Oro,  “Cuando todo el mundo era feliz” y salimos a hacer estragos en busca del paraíso perdido.

Pero también los relatos se vuelven hacia el futuro y  devienen promesas de índole social o política.

Entonces empiezan a desplegarse capítulos y subcapítulos: la democracia, el socialismo, el comunismo, el liberalismo, el capitalismo, el fascismo, el nazismo, la social democracia.

A pesar de las diferencias, todos ellos están hermanados por un elemento común: la  formulación de una promesa encaminada a mejorar las condiciones de vida de La humanidad, otro concepto bien difícil de asir.

En resumen, todos están soportados en distintas formas de una abstracción  condensada en la frase: “Conquista de la felicidad”.

Publicistas, curas y políticos saben bastante de eso.

Para tener un asidero, todas esas abstracciones deben encarnar en un rostro: el obrero, el campesino,  el consumidor de clase media, las élites.

En  los últimos dos siglos esos rostros han vuelto a convertirse en una abstracción que todos invocan: El Ciudadano, así con mayúscula.

Voy  a las páginas del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española en busca de ayuda y encuentro las siguientes definiciones  de ciudadano:

–      Natural o vecino de una ciudad. 

–      Perteneciente o relativo a la ciudad  o a los ciudadanos. 

–       Persona considerada como activo de un Estado, titular de derechos políticos y sometido  a sus leyes.

–       Hombre bueno ( el hombre que pertenecía al estado llano).

–      Habitante libre de las ciudades antiguas.

Para efectos de ésta reflexión sólo me sirve el punto cuatro: la persona considerada como activo de un Estado, titular de derechos políticos y sometida a sus leyes.

¿Pero quién construye a esa persona para que asuma su rol?

En principio lo hacen la familia y la escuela. Luego llegan los partidos políticos, las iglesias y los medios de comunicación, cada uno con su propio formato, pero todos imbuidos de una idea: el ciudadano es el actor de la democracia.

Pero omiten decirnos que ésta última es una creación de la burguesía  para legitimarse a sí misma, a través de un bien conocido juego de formas: el poder económico  define sus objetivos, el poder legislativo crea leyes en consonancia con esos objetivos, el poder ejecutivo las hace cumplir y la justicia funciona como arma de control y neutralización de las posibles –y probables- amenazas.

¿Y el ciudadano?

Bueno, es el que legitima todo eso y así se siente protagonista de algo…aunque no tenga muy claro de qué.

Por eso todo el tiempo el poder invoca conceptos tan sugestivos como “El pueblo soberano”, “El constituyente primario” o “La voluntad popular”.

Esas cosas suelen  investirlo de una mezcla de magnanimidad impregnada de mesianismo: el ciudadano les dio potestad para conducirlo en busca de la promesa de felicidad: Moisés guiando a su pueblo en la travesía de El Mar Rojo.

Hasta ahí todo parece  formar parte de una estructura perfecta… hasta que uno le echa un vistazo al Mapamundi y las inquietudes empiezan a abrumarlo:

¿Qué clase de ciudadanos son los que votaron en masa por el Brexit en Gran Bretaña? ¿Nadie les informó que desde los tiempos de la Revolución Industrial el mundo camina en dirección contraria?

Si hubieran leído a Marx, el viejo sabio les habría advertido del peligro en sólo una de las páginas de El Capital.

Pero claro, como canta con ironía otro poeta- los grandes poetas lo intuyen todo- “Carlos Marx  está muerto y enterrado”.

¿Qué clase de ciudadanos eligieron presidente a un personaje como Bolsonaro, aquí nada más en el vecindario?

Sin duda, no un colectivo formado por individuos  autónomos, sino una masa acrítica aterrorizada por la violencia magnificada desde los medios de comunicación, interesados en  condicionar a los potenciales electores.

¿Quiénes escogieron al conductor de un reality show  como presidente del país más poderoso del planeta?

La respuesta salta a la vista: lo escogieron las audiencias cautivas, incapaces ya de diferenciar el espectáculo de la realidad.

Y  aquí, en el pedazo de tierra en el que intentamos sobrevivir ¿quienes eligieron volver al pasado disfrazado de renovación, avalando la voluntad de hacer trizas unos acuerdos de paz frágiles y por eso mismo necesitados de respaldo moral y material?

Bueno, ustedes ya saben: un rebaño dócil empujado por toda suerte de sectas religiosas y laicas -también son legión- y, sobre todo, por unos medios de comunicación que no escatimaron energías para darle rostro nuevo a la vieja amenaza del comunismo.

Hasta  crearon una marca registrada: “El Castrochavismo”.

Así nos encontramos al finalizar  la segunda década del siglo XXI: chapoteando entre la  difusa noción de ciudadano y la cada vez más estridente voz de los redentores.

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada