Cada vez le escucho decir a un número creciente de padres de familia que inscriben a sus hijos en cursos de disciplinas deportivas o artísticas “para mantenerlos ocupados y alejados de los vicios”.
Por Gustavo Colorado
No entraré a discutir sus evidentes buenas intenciones. Pero en el fondo subyace una percepción distorsionada de las cosas: una persona hace deporte o se ejercita en la interpretación del piano para mejorar sus aptitudes o ampliar la comprensión del mundo, fortaleciendo así la capacidad para actuar en él. Lo de apartarlos de los vicios es un efecto benéfico colateral, no el objetivo principal.
En la misma dirección parecieron apuntar las declaraciones del alcalde de Pereira, Juan Pablo Gallo, durante su paso por la Institución Educativa “Alfredo García” para dar inicio formal a la jornada única en cuatro colegios públicos de la ciudad.
“Al estar nueve horas diarias en el colegio nuestros muchachos se mantendrán alejados de los peligros de la calle” declaró ante un auditorio de estudiantes y maestros.
Tampoco dudo de las buenas intenciones del mandatario local. Pero, como en el primer caso mencionado, en sus declaraciones se advierte una interpretación equívoca del espíritu de la jornada única. El objetivo del Ministerio de Educación al poner en marcha una jornada extendida apunta a disminuir el abismo existente entre la educación pública y la privada, expresado en los bajos niveles de calidad de la primera con relación a la segunda.
Ese propósito se alcanza tomando como punto de partida unas óptimas condiciones físicas de los establecimientos, de modo que a los muchachos les resulte grata la presencia allí. Bibliotecas, laboratorios, conexión a las redes de internet, campos deportivos y áreas para el encuentro y la recreación fuera del aula forman parte de esa estructura.
Después viene la parte humana: el aprovechamiento de esos elementos depende en buena medida de la presencia de un cuerpo de profesores con alto nivel de formación, vocación para la enseñanza y salarios acordes con las exigencias y dignidad de su oficio.
Igual importancia tienen la prestación oportuna y cualificada de los servicios de transporte y alimentación contemplados en el concepto de gratuidad, consignado en la Constitución Política del país cuando define la educación como un derecho fundamental, asignándole al Estado responsabilidades concretas en ese campo.
De la convergencia de los anteriores elementos y, por supuesto, del aporte de padres de familia y estudiantes, depende que se empiecen a resolver las deficiencias en campos del conocimiento tan esenciales como el lenguaje, las matemáticas, las ciencias sociales, la filosofía y la física, expresados en los malos resultados obtenidos en las Pruebas de Estado y en las evaluaciones adelantadas a nivel internacional.
“Nuestros estudiantes no comprenden lo que leen. En esa medida no son capaces de elaborar conceptos y expresarlos a través del lenguaje oral o escrito”, dicen, a modo de resumen, las mencionadas evaluaciones.
Para empezar a resolver ese problema se creó la jornada única en los colegios públicos de Colombia. Si, de paso, se evita que los muchachos caigan a edad temprana en las redes de las drogas o la prostitución, esa será una ganancia adicional. Pero reducir el objetivo a esto último implica renunciar de entrada al conocimiento como agente liberador y, por lo tanto, fundamental para formar personas autónomas, capaces de tomar decisiones pensadas y de intervenir en el destino de su sociedad.
De esa manera, los colegios pueden funcionar como auténticos centros educativos y no como correccionales. Estamos justo a tiempo de corregir ese errático discurso.


